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Alergias: El precio de los países ricos

02/09/2007 - Autor: Marta Iglesias - Fuente: Revista Fusión
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Una Niña inhala un medicamento para la alergia respiratoria (Foto Clínica Subiza)
Una Niña inhala un medicamento para la alergia respiratoria (Foto Clínica Subiza)
Es difícil determinar exactamente cuántos alérgicos existen en el planeta, pero tenemos dos certezas: su número aumenta cada año y viven casi exclusivamente en los países occidentales. Las teorías médicas afirman que se han disparado por la gran higiene y la mala calidad del aire. Para algunos psicólogos, nuestro estado mental contribuye a agudizarlas.

Es primavera y el pañuelo es mi inseparable compañero. Estornudo, tengo mucosidad, me lloran los ojos y no respiro bien. Incluso me han salido unas desagradables erupciones que estaría rascándome todo el día... He pasado a engrosar las filas de los alérgicos españoles. Ya somos seis millones de afectados por algún tipo de alergia, aunque menos de medio millón consulten regularmente al alergólogo y sigan algún tratamiento. A unos les afectan los ácaros del polvo, a otros determinados alimentos, el polen, los medicamentos, o sustancias en contacto con la piel como el látex o el níquel. Incluso hay a quien el asma le deviene en alergia. Pero, aunque se habla mucho de ello, ¿qué es, al fin y al cabo, una alergia?

Nuestro cuerpo, una máquina perfecta

Estamos diseñados según un plano guardado en nuestros genes. Ese plano, que muchos consideran creado por una mente superior, indica que nuestro cuerpo está preparado para defenderse de los ataques del exterior permanentemente gracias a los linfocitos, un tipo de glóbulos blancos. Los enemigos a combatir serían los virus y las bacterias, que generan enfermedades si nuestro cuerpo no responde adecuadamente o no logra ganarles. Esta respuesta de los linfocitos se llama TH1 y produce determinados anticuerpos para defendernos de estos microorganismos. Esta incesante batalla pone a punto nuestro sistema inmunológico, es como un gran campo de entrenamiento que lo mantiene en forma. Puesto que el cuerpo está diseñado para funcionar de esta manera, si le sacamos los virus y bacterias que nos rodean, el linfocito busca un nuevo ‘enemigo’ con el que entrenarse. Puede ser un alimento, el polen, un material sintético... Ante ellos tiene otra respuesta, la TH2 y genera otros anticuerpos diferentes para defenderse que dan lugar a una reacción alérgica. Esta respuesta de nuestro cuerpo frente a algo aparentemente inofensivo es el origen de nuestra alergia. 

Las dos respuestas de los linfocitos son antagónicas, es decir, o se defiende de virus y bacterias, o ataca a un enemigo imaginario para no mantenerse inactivo. Entonces, ¿qué ha sucedido para que crezca tanto el número de alergias?

Un mal de países ricos

Preguntamos a Javier Subiza, especialista en Alergología e Inmunología Clínica, por qué nuestro modo de vida genera unas alergias que no paran de crecer. Su respuesta es que “se barajan varios factores. Una es la hipótesis de la higiene, que indica que la culpa la tiene el exceso de ella en la temprana infancia. Ahora los niños nacen en un medio estéril, se les da una comida estéril y prácticamente padecen muy pocas enfermedades infecciosas serias gracias al calendario de vacunas. Entonces el sistema inmunológico en lugar de exponerse a virus y bacterias, tal como ha sido diseñado, está en situación de stand by, de falta de actividad. Pero no sabe muy bien qué hacer en esa situación de pereza y produce otro tipo de respuesta inmunológica, que es la respuesta alérgica”. Y es que los estudios más recientes afirman que el sistema inmunológico se desarrolla en la temprana infancia, en ella está la clave. Si un niño vive expuesto a virus y bacterias, es bastante probable que no desarrolle alergia. Si por el contrario vive encerrado en una casa ultralimpia, comiendo alimentos esterilizados y con un calendario de vacunaciones al día, tiene bastantes posibilidades de convertirse en alérgico.

Subiza apunta un segundo factor como desencadenante del aumento de alergias: “Concretamente, la alergia a los pólenes se piensa que es producida por un cambio cualitativo en la contaminación atmosférica de los países industrializados”. En la década de los cincuenta en Europa y Estados Unidos se vivía bajo la polución del carbón. Entre los sesenta y setenta se cambió esta fuente de energía por el petróleo. Eso generó una atmósfera aparentemente más limpia pero cualitativamente trajo otro tipo de contaminación. Bajó el dióxido de azufre, pero aumentaron muchísimo los dióxidos de nitrógeno. El gasoil pasó a ser la principal fuente de combustible para los coches y eso añadió un nuevo contaminante: las partículas diesel, que actualmente constituyen el 70% de la contaminación particulada de las grandes ciudades. “Se ha demostrado que estas partículas diesel -informa el doctor Subiza-actúan a varios niveles. Por un lado, se quedan impactadas al grano de polen y entran en nuestro cuerpo. Por otro, se ha demostrado que estas partículas han llegado a incrementar hasta veintisiete veces más la alergenicidad del grano de polen”. ¿Resultado? Hay más personas alérgicas al polen en las ciudades que en el campo, pese a que en este último hay más polen. Concretamente hay tres veces más alérgicos al polen en las ciudades que en el medio rural. Y el aire que respiramos cada vez está más sucio. El pasado mes de julio los datos del Ministerio de Medio Ambiente confirmaban que el aire que respiramos se vuelve insalubre año a año. Cincuenta grandes ciudades de España superan los límites legales de contaminación del aire, con lo cual hay por lo menos diecisiete millones de personas sometidas a aire polucionado. Y el 71,9% de la población española vive en ciudades con más de treinta y cinco días al año con concentraciones excesivas de partículas. 

A todo ello se añade la predisposición genética que cada persona tenga para desarrollar una alergia, el consumo de frutas exóticas a las que nuestro cuerpo no está acostumbrado e incluso influye la supresión temprana de la lactancia materna.
De todo lo dicho por Javier Subiza y los estudios consultados se deduce que las alergias sólo se dan en los países ricos, son generadas por nuestro modo de vida y no tienen visos de cambiar. Sus palabras lo confirman: “El estudio más importante en lo que a alergias se refiere, indica que en los países subdesarrollados, donde el grado de infecciones es muy alto, como sucede en África o el Asia pobre, la prevalencia de enfermedades alérgicas es mínima. A medida que los países se van desarrollando, vuelve a incrementarse el número de alergias”. Hablamos de circunstancias físicas que caracterizan a nuestra sociedad, pero evidentemente hay componentes psicológicos que son ya inseparables de nuestra sociedad de consumo, como el estrés, la ansiedad, la tensión, las manías, fobias, miedos, limitaciones, frustraciones... ¿Estas características también influyen en la alergia?

Factores psicológicos, catalizadores de alergias

“No se ha demostrado que las personas con estrés, por ejemplo, desarrollen una mayor prevalencia de alergia al polen -indica el doctor Subiza-, pero sí hemos comprobado entre nuestros pacientes que la mitad de ellos ven agudizada su asma por causa del estrés. Y lo mismo hemos observado en las urticarias, dermatitis atópicas... No es un factor que cause alergia, pero sí la agudiza. No se ha podido demostrar que la alergia es una enfermedad psicosomática, aunque algunos psicólogos afirmen lo contrario”.
En esa línea, un estudio realizado el año pasado en Estados Unidos sobre algo más de tres mil adultos sugiere la existencia de una relación entre las alergias y los rasgos neuróticos de la personalidad. Las personas con depresión tenían un 50% más de probabilidades de tener alergias, mientras que las nerviosas o ansiosas tenían un 22% más de probabilidades que una persona tranquila, que asume la vida sin grandes tensiones. La lectura que el Doctor Renee D. Goodwin de la Universidad de Columbia (NY), hizo de esos datos es que la depresión puede contribuir al desarrollo de la alergia al deteriorar el sistema inmunitario o mediante otro efecto biológico. Mientras que las personas ansiosas podrían percibir los síntomas alérgicos leves de modo más intenso.
También los doctores Lauter y Wallrafen especulan sobre la idea de la alergia como una enfermedad psicosomática. Han publicado un libro al respecto que pretende orientar a los pacientes, ofreciendo información seria que contraste entre la multitud de informaciones con fines comerciales que circulan en los medios de comunicación.
Sean unos u otros los orígenes, lo único comprobado es que estamos ante una ‘plaga’ de la sociedad civilizada cuyos niveles siguen incrementando año a año. ¿Dónde parará?

Un túnel sin final

Las alergias eran prácticamente desconocidas en el siglo XIX. Fue el médico inglés Bostock quien en 1819 diagnosticó la alergia al polen. Sólo encontró en todo su país dieciocho pacientes, mayoritariamente de la clase aristocrática. Pero el número fue creciendo año a año y el siglo pasado adquirió tintes epidémicos. En 1956 ya afectaba al 0,4% de la población europea y cada cinco años ha ido subiendo la prevalencia. Hoy el doctor Bostock se echaría las manos a la cabeza, ya que la alergia al polen afecta en Europa a un 15 ó 20% de los europeos. No se sabe dónde terminarán estás cifras. Para el director de la Clínica Subiza: “La verdad es que desconocemos dónde está el límite, y se calcula que probablemente de aquí a unos años más de la mitad de la población sea alérgica. El porcentaje incluso puede ser mayor. El límite vendrá determinado por el porcentaje de población que tiene capacidad genética para desarrollar una alergia, si el estímulo es el adecuado”. Más allá de evitar la exposición o la ingesta del alimento que produce la alergia, las soluciones son muy lentas y están lejanas. Hoy en día los constructores de motores diésel trabajan en el desarrollo de motores con filtros que eviten que las partículas que generan alergias y producen cáncer salgan al exterior. Otra posible solución es cambiar progresivamente el combustible de los medios de transporte hacia el hidrógeno. “Luego, a nivel general, en EEUU se está invirtiendo muchísimo dinero en encontrar vacunas de DNA bacteriano -completa Subiza-. Su función será engañar al sistema inmunológico y hacerle creer que está expuesto a bacterias. De este modo los linfocitos producirían la respuesta TH1 de modo artificial y así se evitaría que produjera la respuesta TH2, la que genera las alergias. Porque lo que no va a suceder es que se deje de vacunar a los niños, algo que salva muchísimas vidas. Digamos que la alergia es un precio que hay que pagar por no tener infecciones. El precio que tiene el desarrollo, la civilización”. ¿Es esto un avance
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