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Aprender a convivir

Lección Inaugural del curso 2006-2007 de la Universitat Oberta de Catalunya

19/10/2006 - Autor: Mustapha Cherif - Fuente: www.uoc.edu/uocpapers
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Mustapha Cherif
Mustapha Cherif

Todos los pueblos aspiran a la justicia, al progreso y a la paz. Sin embargo, el camino para conseguirlo es largo y difícil. Parece que hoy en día sufrimos una grave crisis de referencias, valores y derechos. Las esperanzas que han fracasado como resultado de la deriva del progreso y de la modernidad reflejan el estado de ánimo en el que se encuentra la humanidad. Aún así, se han conseguido progresos decisivos en bastantes ámbitos, principalmente científicos, técnicos y sociales; pero las desigualdades, las fracturas, la intolerancia y la ley del más fuerte siguen omnipresentes.

Cada vez hay menos gente feliz y más gente que sufre, que es agredida y se encuentra perdida. Los fundamentos de la felicidad o simplemente del progreso se basan en tres dimensiones fundamentales: la lógica, la justicia y el sentido. Si con respecto al primer punto, la lógica, ha habido progresos inestimables que han permitido la elevación de la condición humana gracias a la investigación en ciencias de la vida, ciencias exactas y tecnología, por otra parte, las carencias y contradicciones respecto a los dos otros puntos, justicia y sentido, siguen siendo importantes.

Al saber moderno todavía le queda bastante trabajo por hacer. Por lo tanto, hay que ser modestos y humildes y no imaginarnos que somos los únicos que tenemos las llaves del progreso. El estado del mundo contradice nuestras propias pretensiones. Como dice José Ortega y Gasset: «Hoy en día el hombre fracasa porque no puede quedarse al nivel de los progresos de su propia civilización». Necesitamos alianzas e intercambios.

Hacemos un llamamiento a las personas que están en posesión del saber y del conocimiento. ¿Cuáles son los valores, las referencias y el sentido que hay que dar a la vida? ¿Cuál es el proyecto válido de sociedad en el que la lógica, la justicia y el sentido
son coherentes y responden a los deseos de la gente? ¿Cómo aprender a vivir de forma equilibrada, conjunta, respetando las diferencias? Dado que el mundo actual está marcado por la pérdida de sentido, las injusticias, la violencia ciega, la complejidad, las contradicciones y una metamorfosis descontrolada, ¿quién puede guiarnos? Pensar juntos, trabajar juntos para aprender a convivir es un camino prometedor. Ante las incertidumbres y los riesgos de la existencia, partimos de cero. Así pues, no hay que menospreciar ni ignorar nada, y menos aún lo que permite elevarnos a lo Abierto.

 Los debates entre filosofía y religión, razón y fe, especificidad y universalidad, modernidad y tradición, nos conducen a la pregunta de la validez de la verdad universal y de la autonomía de la razón. ¿Cómo ponerse de acuerdo sobre unas normas universales comunes y protegerse de la influencia de los mitos y las ilusiones? ¿Cómo vivir razonablemente? ¿Cómo asegurar la armonía entre el pasado y el presente, entre la lógica y el sentido? Es decir, ¿cómo conseguir lo universal? Lo universal es posible. Por ejemplo, la filosofía árabe y la teología lo consiguieron hace tiempo, con Averroes, Maimónides, Ramón Llull, Juan de Ávila y otros dentro de la vida en sociedad, una época que tuvo su esplendor en Andalucía, en los reinos de Cataluña y Aragón, Magreb, Bosnia, Sicilia, Tachkent, Mali y en otros lugares en los que la pluralidad y el derecho a la diferencia eran naturales.

La necesidad de tratar la cuestión de la relación y de la apertura al otro, sin la cual no hay universalidad, es urgente. Nadie tiene el monopolio de la verdad. La política y, como consecuencia, la relación con el otro diferente dentro de la Ciudad han mantenido la atención del pensamiento de un modo singular, para buscar la verdad a través del debate y de los intercambios. De Aristóteles —«El hombre feliz necesita amigos»— a Averroes —«El hombre necesita al otro para adquirir la virtud. Por lo que es un ser político por naturaleza»—, el pensamiento meditativo ha enfatizado la importancia del diálogo, la coexistencia, el vínculo entre los dos niveles, el particular y el universal, la relación con el otro diferente. En el islam, por testimonio, la schahada, el musulmán es testigo entre los otros seres humanos; no puede negarse a vivir con los otros; es la condición de validez de la fe durante toda la vida.

 Es un compromiso, una responsabilidad, una marca de incondicionalidad que empieza con la negación y el rechazo (la) de todas las actitudes de intolerancia, de cierre, de idolatría y de referencias relativas. Hace tiempo, partiendo de esta base, pensadores árabes clásicos se preocuparon de cuestiones de sentido y justicia. Se trata de abrir horizontes, para acoger al Otro completo y al otro. Así como lo hicieron los pensadores catalanes, andaluces y otros pensadores de las bellas regiones de la península Ibérica, quienes intentaron tener en cuenta la cuestión de la justicia y del sentido, como Juan Luis Vives y Miguel de Unamuno. En referencia a la fidelidad en la apertura al otro, hoy en día podemos afirmar que no comprenderíamos nada de la vida si opusiéramos o confundiéramos la razón y la religión, uno mismo y el otro, el sentido y la lógica, lo igual y lo diferente.

Oponer sin matices, confundir sin límites: eso sí que no es ni objetivo ni moderado.
Grandes pensadores árabes, como Averroes, afrontaron el problema de la ciudad política, interesándose solamente por la metafísica y por algunos otros temas de moralidad ideal sin consecuencias directas sobre el problema político y ético de la relación con el otro. «La interpretación verdadera», nos dice Averroes aludiendo a un versículo del Corán, «es la misión que se encargó al hombre». El ejercicio de la razón es inevitable, tenemos que escuchar al otro, entender las otras culturas. Pocas veces la verdad radica sólo en A, o en B, sino que radica en el vínculo y la relación entre A y B. La diferencia, la distancia y la relación son los conceptos que exigen el ejercicio del pensamiento, una lectura susceptible de ayudarnos a entender el sentido de la humanidad, que es una, y de nuestro destino plural. Por eso, el Corán, por ejemplo, no sólo está destinado al creyente, al musulmán, al monoteísta, sino al Hombre, al ser humano; el objetivo no es ambiguo: afecta a toda la humanidad. Sin la relación con el otro, la vida pierde sentido. Por eso la palabra final del Corán es Nass, la humanidad, la gente. Hoy en día, el problema radica en el hecho de que las interpretaciones ideológicas y cerradas de la revelación contradicen el sentido del texto. Al igual que filosofía griega está cada vez más marginada por cuestiones comerciales y de poder. Es decir, que no dominan ni la vida en el sentido espiritual y abrahámico ni la vida en el sentido humanista y filosófico. Se plantea la cuestión de retomar una reflexión sobre el sentido de la vida, abierta, coherente y justa, búsqueda a la vez libre y respetuosa del derecho a la diferencia.

Averroes demostró la necesidad de reconocer que el hecho de pensar no debía sufrir ningún límite previo y que la relación con los otros diferentes era la condición inevitable para la búsqueda de la verdad: «Nuestro deber tendría que ser empezar por el estudio, y el deber del que sigue, pedir ayuda al anterior, hasta llegar a un conocimiento perfecto .... Sin duda tenemos el deber de ayudarnos en nuestro estudio de lo que han dicho sobre este tema, aquellos que lo han estudiado antes que nosotros, pertenezcan o no a nuestra religión .... Sólo es necesario que cumplan las condiciones de validez». La globalización, que es uniformidad e imposición de un único modelo sin forma, plantea el problema de la validez universal. Hay que reencontrar un universal común, una nueva civilización que hoy en día no tenemos. Las condiciones de validez, de acceso a lo universal son todavía, hoy en día, el problema de los problemas.

Para comprender la cuestión de la relación con el otro, del extranjero, de la diferencia de valores, de nombres y de lugares de cada uno, el pensamiento moderno debería preocuparse de delimitar la cuestión de la validez universal, y así, sobrepasar los antagonismos producidos por las diferencias entre las civilizaciones, las culturas y las religiones. Para tratar el tema de la relación entre filosofía y religión, no sólo debemos intentar ponerlas de acuerdo, tal y como la tradición y el orientalismo repiten. Sobre este tema existe un momento importante del pensamiento opuesto a la dificultad de la validez de la verdad: «La verdad no puede ser contraria a la verdad; está de acuerdo con ella y testifica en su favor», proclama Averroes.

El acceso a la verdad universal exige un tipo de comparecencia ante el otro, el mismo, el diferente. No es universal quien quiere. El pensamiento de la apertura cuestiona a los que imponen condiciones, practican el cierre, la oposición y el rechazo, y a los que se complacen en una supuesta conciliación que no asume la coherencia universal. Los términos decisivos, como dice Averroes, son los verbos atar, unir, relacionar (wasl), distinguir y separar (fasl). Se trata de relacionar, de distinguir sin oponer, o de unir sin confundir, el otro y yo, lo temporal y lo espiritual, la razón y la fe, todo lo que, dentro de la articulación puede tener sentido para conseguir una forma de incondicionalidad que reconoce que necesito al otro, y no niega que nadie tenga el monopolio de la verdad. Evidentemente es necesario no convertirse en rehén del otro. Así pues, practicar la apertura al otro y la vigilancia.

El acto de pensar tiene como objetivo concienciarnos de estos movimientos simultáneos de apertura al otro y relacionar para obtener una perspectiva objetiva. El pensador objetivo sólo puede considerar que abrirse al otro sin condiciones previas es la manera adecuada de conocer a los individuos: a través de la obra de arte, conocemos al artista. Se trata de permitir que cada uno sobrepase los límites y las condiciones impuestas por la subjetividad y los egoísmos ciegos. El pensamiento objetivo invita al conocimiento racional, razonable, sin pretensiones desmedidas, para que los humanos correspondan, en la medida de sus posibilidades, a lo que se les pide. Necesitamos el pensamiento objetivo, meditativo y no calculador, el cual, más que nunca, está de actualidad. Puede ayudarnos a enfrentarnos a la dificultad compleja de cómo convivir de un modo responsable.

Razonar no es abdicar o renunciar al misterio. Es todo lo contrario, aceptar el riesgo de vivir, la rareza de la vida, de manera responsable, creando el vínculo. Una razón que no es acogedora, que no crea el vínculo, contradice, por un lado, lo que pide la razón y, por otro lado, los valores del espíritu. De Aristóteles a Heidegger, pasando por Averroes y José Ortega y Gasset, el pensamiento meditativo se preocupó de mantener vivo un punto de contacto entre la razón y la fe, sin llegar nunca a confundirlas. Se trataba de unir la singularidad, la diferencia y el mismo; la fe como acto de confianza y el acto de razonar como riesgo que hay que correr para asumir la vida. En esta época oscura, en la que se pretende poner el acento sobre la propaganda del choque, en la que quieren aislarnos, oponernos para evitar los problemas de fondo, aprender a convivir depende de nuestra capacidad de pensar de manera conjunta. Los hay que, por miedo a la sinrazón, prefieren confiar sólo en la fe y, otros, por miedo al oscurantismo y al fanatismo, rehuyen el punto de vista de la fe y sólo confían en la razón. En este tiempo de desorientación, debemos volver al diálogo, al debate y al respeto por la diferencia. El punto central radica en el hecho de que debemos reconocer que la libertad es el fundamento de la existencia. No hay que creer que hacer todo lo que queremos, sea lo que sea, es la libertad. La función del saber y del conocimiento es ayudarnos a tener un comportamiento que conduzca a la responsabilidad y a la plenitud y no a callejones sin salida y a rupturas de todos los vínculos, bajo el pretexto de la emancipación.

También debemos reconocer que es necesario no confundir las diferentes dimensiones de la vida, la privada y la pública, la espiritual y la temporal, la específica y la general. Hay que distinguirlas. Sin embargo, también debemos comprender que no hay que oponerlas, hasta llegar a desequilibrar la vida. Como consecuencia, es necesario hacer balance. ¿Cuáles son las desviaciones, los retos y las incertidumbres que debemos dominar y denunciar para intentar difundir nuevos conceptos y horizontes para el futuro? ¿Cuáles son, pues, los riesgos y las oportunidades de la crisis de valores, la deriva de la modernidad y la globalización que influyen en nuestro futuro?

En primer lugar, respecto al ámbito del sentido de la vida y de la muerte, el primer punto inquietante es de orden espiritual. Para los que se adhieren a un tipo de lectura que deja un lugar a los valores del espíritu o al sentimiento religioso de la vida y de la muerte, la globalización deja de lado la vida. La espiritualidad ha salido de la vida, a pesar del retorno aparente de las reivindicaciones religiosas, a menudo expresadas a través de formas retrógradas y con ecos de pasado. Cada vez hay menos vínculos posibles entre la concepción del sujeto o del ciudadano moderno que implica la globalización, por un lado, y el sentido de la vida religiosa al que a menudo los pueblos monoteístas, y los musulmanes en concreto, están aferrados, por otro lado. Obviamente, no es el fin del mundo, pero es el fin de un mundo y debemos comprenderlo y asumirlo para intentar inventar otro que evite cualquier cierre e idolatría.

La globalización del capitalismo provoca un laicismo a ultranza; se cuestionan la práctica de la religión y los valores espirituales abrahámicos. Ya no son las referencias morales las que gobiernan el mundo, como ha sido, durante siglos, en el monoteísmo, sino una racionalidad sin sentido.

En este ambiente de agotamiento, sin raíces ni fundamentos, es cierto que proliferan supuestos grupos religiosos, fanáticos e identitarios que se esfuerzan por expresarse según la ciencia y, a veces, influyen en la ideología neoliberal dominante: pero todo eso ocurre en una especie de vacío en detrimento de la moral, la auténtica espiritualidad y el humanismo. La armonía, la coherencia, la complementariedad entre las creencias y la vida, las relaciones abiertas al tiempo y al espacio, al más allá del mundo, a lo invisible, al misterio de la vida, parece que se alejan cada día un poco más.

La secularización, es decir, la distinción entre los diferentes sectores de la vida, temporal/espiritual, público/privado, naturaleza/cultura es un paso obligado, una oportunidad real para liberarse, una forma de conducta compatible con los valores espirituales verdaderos; para acceder al progreso y al universal moderno. Sin embargo, la separación radical, la ruptura definitiva, la marginación de los valores religiosos, la oposición entre la lógica de la razón y el sentido espiritual pueden crear un desequilibrio fundamental en el ser humano, que conduce a la pérdida de la espiritualidad, a la deshumanización, a la desorientación, a la dificultad de enfrentarnos a las tensiones, de dominar la relación con uno mismo, con el otro, con el mundo. La dificultad se agrava cuando, por reacción, por miedo al cambio y por temor a una actividad ilimitada de la razón, algunos espíritus simples, tentados por el cierre, confunden los dos niveles de la lógica y del sentido.

Todo lo contrario, se trata de distinguir sin oponerlos ni confundirlos, la razón y la fe, la lógica y el sentido, lo cultural y lo natural, lo temporal y lo espiritual. La situación nos obliga a repasar los vínculos entre las diferentes dimensiones de la vida. La globalización no solamente no se preocupa de la cuestión del sentido y de los valores culturales y religiosos, sino que también intenta invalidar todas las culturas, todas las religiones y todas las ideologías —no ahorra nada— creando otras culturas prácticas sin efecto con el paso del tiempo. Es en este punto donde la realidad es cruel y donde se perfilan fuertes amenazas, pero también la posibilidad de cuestionarlas. Los musulmanes, por ejemplo, a pesar de ser, contradiciendo los prejuicios, de origen secular y pueblos de término medio, por esencia, por naturaleza, intentan resistir a la ruptura, a la dicotomía, a la oposición entre lo temporal y lo espiritual. Los musulmanes entienden la marginación de los valores espirituales, proceso de tipo fáustico, como una deriva de la modernidad y la globalización.

Ni confusión ni oposición, este es el reto que los seres preocupados por el equilibrio y aferrados a los valores del espíritu no quieren perder de vista, ya que el ser musulmán, por ejemplo, no es un simple tipo antropológico, ni una simple humanidad natural.
Dispone de valores que le han permitido vivir, durante más de mil años, más o menos según su propia esencia: una capacidad para hacer historia, una historicidad verdadera, y no sólo un tipo de historia natural. El islam ha producido sentido científico, objetivo y teórico; en otras palabras, ha contribuido a orientar a la humanidad hacia la verdad. Hoy en día, la globalización no es sólo la secularización como movimiento positivo, sino la falta de espiritualidad, la pérdida de significado del mundo y de la vida. Eso plantea un problema a todos los creyentes del mundo, y en particular a los musulmanes aferrados a un sentido espiritual de la vida.

No debemos confundir las acciones políticas arcaicas o criminales de los que actúan en nombre del islam, regímenes o grupos, cuando de hecho son el antiislam.

En segundo lugar, en el ámbito político, el problema de la modernidad tal como se vive hoy en día y la globalización, es que la masa social se percibe esencialmente como una masa productiva, sometida a los únicos intereses de los que poseen el capital. Este riesgo de despolitización de la vida no tiene precedentes: vuelve a poner sobre la mesa la posibilidad de hacer historia, de ser un pueblo responsable en el sentido noble de la palabra, es decir, capaz de decidir, de resistir en nombre de la libertad, de tener sus razones y de tener razón, de dar fuerza y realidad a un proyecto de sociedad escogido después de un debate.

De hecho, en el mundo desarrollado, y a pesar de las apariencias, los debates democráticos, la legitimidad de las instituciones, el predominio de los derechos humanos, la libre empresa, la proliferación de normativas jurídicas, incluso a nivel supraestatal, la posibilidad de existir como pueblos y ciudadanos responsables y libres, participando en la búsqueda colectiva y pública de la justicia, la belleza y la verdad, parece cada vez más hipotecada y problemática. El futuro depende cada vez menos de la decisión de cada ciudadano, y cada vez más de los sistemas que controlan los capitales. Centros de decisiones lejanos escogen en lugar de la gente afectada.

Estos cambios son tan importantes que sin duda nos equivocaríamos si, examinando el estado de las libertades en el mundo, no viésemos en él la razón principal de situaciones sociales como el desempleo, pero también la permisividad, la laxitud, el exceso de libertades, el libertinaje, el liberalismo y las perversiones de todo tipo. Lo que pasa es que, aunque la democracia es «cada uno hace lo que quiere», el resultado puede inquietarnos y plantear un grave problema. Somos conscientes de que chocamos con el carácter especialmente problemático de estas cuestiones. El mundo dominante es el del mercado, y no el de los valores humanos, culturales o espirituales.

La hegemonía pasa a ser la de la ley del más fuerte y del más rico. Los movimientos que buscan otra globalización y más justicia, autonomía, de su región o persona, son conscientes de las injusticias y los desequilibrios. Si la democracia es efectiva en Occidente, ¿qué sentido tiene si la libertad, los derechos y el saber no están compartidos en las relaciones con otros pueblos? La libertad compartida es el objetivo de la vida en la Ciudad del mundo. A la globalización y a las relaciones internacionales todavía les queda mucho para llegar a ser democráticas.

La consecuencia es que no tenemos existencia política ni en el sentido griego ni en el sentido espiritual. Más allá de las incertidumbres, la cuestión del derecho como referencia fundamental en las relaciones humanas y entre los pueblos vuelve al primer plano de la vida. Hay un reto que debemos superar, porque es en la percepción del riesgo que puede crecer lo que salva. La globalización que despolitiza, que impone la ley del más fuerte y niega las responsabilidades nos obliga a revisar nuestros saberes, nuestros conocimientos y nuestras referencias. Múltiples interferencias perturban el aprendizaje de la convivencia; debemos neutralizarlas y superarlas.

En tercer lugar, en el campo del saber y del conocimiento, propiamente dicho, el tercer aspecto inquietante de la deriva del desorden mundial actual y de la globalización es el hecho de que cuestiona la posibilidad de pensar y de pensar de otra forma. De hecho, hoy en día, la posibilidad de pensar libremente ya está reducida por razones coyunturales en bastantes países del sur. Pero la globalización, que se define por su carácter tecnicista, antirreligioso y capitalista, intenta dominar todos los aspectos de la vida mediante la explotación de los resultados de las ciencias exactas, consideradas las únicas que son pertinentes para la lógica del desarrollo. A pesar de la floración de las artes y la cultura, estas joyas de Occidente, el saber moderno privilegia, como herramientas del conocimiento, la técnica, las matemáticas y sus aplicaciones, y las utiliza a merced de la lógica del mercado.

Esto provoca la marginación progresiva del pensamiento, de la crítica objetiva y de la pluralidad, vitales para corregir la falta de horizonte, los desvíos y las incoherencias, para decidir libremente los objetivos de la búsqueda y dar forma a la existencia y al mundo. La desvitalización o la recuperación de las ciencias humanas y sociales, la ausencia de interculturalidad e interdisciplinariedad, la debilidad de las traducciones de la cultura del otro son el reflejo de esta marginación. En un pasado reciente, el fascismo, el nazismo, la Segunda Guerra Mundial, el estalinismo, el gulag y el colonialismo; hoy en día, las nuevas formas de dominación basadas en la ley del más fuerte, la ausencia de derechos al servicio de centros de poder cuyo objetivo es tener a todo el mundo bajo control, en otras palabras, el terrorismo de los poderosos, pero también el terrorismo de los fanáticos y de los débiles.

¿Son accidentes de la trayectoria del mundo moderno o bien son así por naturaleza? Y además, aunque no se pueda reducir todo al sentido, hoy en día pocas actividades ofrecen un horizonte de lógica, justicia y sentido. El trabajo de la razón que, a pesar de ello, es la llave que permite ir más allá de la simple supervivencia, no parece que favorezca mucho la apertura y el respeto a la diferencia. La dominación del dinero y la ignorancia parecen más fuertes. Aprender a convivir debe empezar por el interconocimiento.

No es necesario añadir una estrofa a la queja sobre la decadencia, sobre la crisis, sobre la deriva; a pesar de los progresos evidentes, el desorden del mundo moderno es abrumador. La globalización que impide que nos conozcamos verdaderamente y que aceptemos la diferencia, a pesar de los progresos de las nuevas tecnologías, deshumaniza y es totalitaria. Así pues, requiere una movilización total, aunque este totalitarismo ya no se presente bajo la forma brutal de antaño. Se trata de adaptar todos los sistemas —educativos, culturales, sociales— a las necesidades únicas de las empresas comerciales y en beneficio de una minoría: «El proceso infinito de crecimiento de la producción ya ha pasado el límite más allá del cual ya no puede disimular la necesidad de totalidad que le es inherente», nos dice un filósofoso de un modo muy justo. Globalización, totalización: estamos inmersos en este proceso; todos somos frágiles e incomprendidos ante las responsabilidades.

El individuo moderno ya no sabe como fundamentar la validez de sus actos y de sus proyectos; tampoco sabe actuar ante los acontecimientos, hacerse entender, decidir su futuro, verificar lo que es bueno y útil para él y para su sociedad. Sinrazón, despolitización, desespiritualización, tres caras del no-mundo o de un mundo sin horizonte que se perfila. Soledad dominante, solidaridad real ausente. Asistimos impotentes a situaciones incontroladas e injustas.

Sin embargo, un ser razonable debe vivir según su conciencia, debe buscar las justificaciones fundamentales, el razonamiento, el acto de pensar, la relación con la apertura y con lo universal. Por culpa de los riesgos de la deriva� de la globalización y de las reacciones ciegas de cierre sobre nosotros mismos, debemos mantener el rumbo sobre las oportunidades y el futuro, actuar conjuntamente, y no separadamente, dialogar para reinventar en todos los ámbitos nuevas articulaciones y síntesis inéditas. Una de las ventajas de la globalización es que pone al descubierto todas nuestras acciones, tanto las buenas como las malas, las pone a la vista y en conocimiento de todos; es una ventaja que tiene que permitirnos no ilusionarnos más ni fingir la neutralidad, sino practicar la autocrítica y pensar lo que no debe hipotecarse anticipadamente, el futuro.

 La situación no tiene precedente, es la inmensidad, lo imprevisible que conduce nuestros destinos. Es verdad que el mundo moderno ya no nos permite extraer el sentido de la historia, como pasaba antes; la liberación de la existencia, en esta época oscura, se produce de una manera terriblemente arriesgada: debemos asumir todo eso, porque todavía podemos decidir que el tiempo que vivimos es el nuestro y que nunca está determinado, que no pertenece ni a una tradición cerrada, ni a una autoridad central, ni al mercado- mundo. A partir del espacio euromediterráneo, donde se decide el futuro del mundo, puede nacer una red de redes, una asociación de asociaciones, hasta informales, de investigadores y agitadores de conciencia. La globalización, gracias a las nuevas tecnologías de la información, también nos ofrece la posibilidad de crear nuevos vínculos, de relacionarnos con todos aquellos que buscan la justicia e intentan encontrar el bien y la verdad de manera pública y común.

Pensadores, intelectuales, practicantes de todo el mundo pueden trabajar juntos, para que el diálogo sea fundamental, para que la inquietud se transforme en esperanza y para que el reino de la cantidad, del beneficio por el beneficio, del nuevo canibalismo, del placer a toda costa, o del fanatismo y del racismo, no venza a la vida. La Universitat Oberta de Catalunya, como otras instituciones similares, es una ventana abierta al mundo, un puente que nadie puede destruir.

Ya no vivimos en la época de «¡Proletarios de todo el mundo, uniros!» ni de «¡Creyentes de todas las religiones, luchad!», ideas que todavía pueden sernos útiles, sino en una época con un denominador común lo más simple y vital posible: «¡Gente de todo el mundo, preocupados por la libertad, la justicia y el sentido, sed solidarios!». Aunque inquietos, pero esencialmente humanos, sedientos de saber, abiertos a la vida y a la generosidad, no podemos abandonar, es decir, cerrarnos en una única idea. ¿Es que el poeta no nos exhorta a vivir según «el duro deseo de durar»? Y Ibn Arabí, el maestro de la iluminación, a difundir a nuestros seres perdidos o dudosos: «Oh, tú que buscas el camino que conduce al secreto, da marcha atrás, pues todo el secreto está dentro de ti» Mediterráneos, personas humildemente aferradas a la reflexión, a la razón razonable, ciudadanos del mundo herederos del «espíritu de Cataluña y Andalucía», tenemos que negarnos a admitir que ha llegado la hora del silencio.

El mayor peligro es el cansancio. No es demasiado tarde para estar a la altura de la exigencia, para pensar y aprender a convivir. Nosotros tenemos la orientación; no pertenece a ninguna geografía, a ninguna ideología, a ninguna frontera, es nuestra voluntad serena, nuestra fuerza insuperable: la apertura al otro.

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