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El hamman, historia de un rito.

20/08/2006 - Autor: Javier Ortega Vizcaíno
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El hamman, más que una necesidad higiénica o una imposición religiosa, fue, en la España medieval, una costumbre social, un privilegio para la época al que todos tuvieron acceso: mujeres y hombres, mayores y pequeños, ricos y pobres, musulmanes, judíos y cristianos.

Desde tiempos remotos ha sido conocido y reconocido el valor del agua y su relación inseparable con la subsistencia de la vida; pero, y también desde el principio, todos los pueblos le supusieron otras utilidades y ventajas. En los Libros Sagrados de las distintas religiones, reglamentado a través de ritos o prescripciones, la recomendación del baño con el preciado líquido es indicado en ocasiones tan convenientes para la higiene como tras el uso del matrimonio o cuando la mujer vive los días del periodo menstrual. El bautismo cristiano no es más que un ritual espiritual que simboliza la limpieza del cuerpo como reflejo de la purificación del alma. Las abluciones de los musulmanes representan el mismo papel purificador previo a la comunicación con Dios. Sin olvidar la importancia purificadora que, aún en nuestros días, tienen las aguas del río Jordán para palestinos e israelitas, o las del Ganges para los hindúes.

Fue el griego Galeno quien dedujo que no habría nada más purificador que un baño combinando lo frío y lo caliente, lo seco y lo húmedo y lo esencial del Cosmos: tierra, agua, aire y fuego.

Para los griegos, el baño tenía un fin medicinal, reparador del cuerpo y, por consecuencia, de la mente y espíritu. Para comprobarlo sólo tendremos que seguir el esquema que para tal fin ideo Galeno: “Un inicial baño en seco, de vapor, tendrá como misión calentar y fundir las materias nocivas del cuerpo y limpiar la piel de impurezas y desigualdades que serán expulsadas con el fuerte sudor provocado”. Como se observa, era ya conocida la propiedad que tenía la sudoración provocada para eliminar las toxinas del cuerpo. Continua diciendo Galeno: “el baño de agua muy caliente limpiará los resquicios de la epidermis, entrando por los poros limpios y devolviendo una humedad pura a las partes sólidas del cuerpo (carne y huesos) en sustitución del humor sudado”. Y termina su prescripción indicando: “Un baño posterior con agua fría, refrescará el cuerpo contrayendo la piel y cerrando los poros ya limpios”. Este baño frío tenía como fin, también, provocar una vasoconstricción compensatoria de la vasodilatación de las fases cálidas del baño.

Pero fueron los romanos, con sus conocimientos en ingeniería y la construcción de los acueductos, los que acercaron el agua allí donde era necesaria, dando forma y estructura definitiva a los baños o termas romanas, convirtiéndolas en lugares de esparcimiento y centro de la vida social de la época (el emperador Agripa mando construir en roma ciento setenta termas), legando estos conocimientos a todas las culturas que tuvieron relación con ellos: de árabes y turcos, a rusos y finlandeses.
Los árabes, acostumbrados a vivir en mares de arena, eran conscientes del valor fundamental que tenía el agua. Seguramente fue por esta razón que, cuando llegaron al sur de Hispania y descubrieron los acueductos y las acequias, los patios con surtidores de agua y las termas, hicieron suyos estos elementos que también contenían y sintetizaban aquel bien preciado para ellos, desarrollando y ampliando el estudio de las técnicas relacionadas con el agua.

Los árabes españoles difundieron el uso del baño y lo llevaron a todos los rincones del país, popularizándolo y haciéndolo accesible a toda la sociedad: reyes y labriegos, comerciantes y militares, monjes y religiosas; tanto llego a extenderse que para todos formaba parte de su vida cotidiana. Los musulmanes no concebían ciudad sin baño. Este concepto de llevar el baño al pueblo, allí donde estuviera, llevó aparejado un cambio en las dimensiones y estructuras de las monumentales termas, dando paso a los denominados “baños árabes”.

De la misma manera que les ocurrió a los romanos, los árabes españoles también “exportaron” la costumbre de bañarse y la tipología del “baño árabe” a las vecinas tierras de África. Hoy día, en Marruecos, Argelia y Túnez, se sigue practicando y utilizando como si los siglos no hubieran transcurrido.

Ubicación

Si el agua era escasa o la población reducida, un solo baño servía, forzosamente, a todos: cristianos, musulmanes y judíos, hombres y mujeres, ricos y pobres, habiendo de ser regulado su uso con horarios semanales que trataban de impedir relaciones perniciosas, siendo muy normal el siguiente régimen: lunes y miércoles, día de mujeres; martes, jueves y sábados, días de hombres; viernes y domingos, días disponibles para los judíos. Fue el rey Alfonso, el sabio, quien, por ley, prohibió el baño conjunto de cristianos y judíos, (“que ningunt judío non sea osado bañarse en baño, en uno con los cristianos”). Si, por el contrario, el agua era abundante, caso de Granada, el número de baños se multiplicaba con el de barrios, comunidades o grupos sociales. Tantos como hiciera falta, buscando la comodidad y la cercanía para el cliente, ya que el baño requería un ambiente de vecindad. Hay que tener en cuenta que con mezquitas, sinagogas o iglesias, eran el único centro de reunión social.

Régimen económico

Los había de muy diferente precio y categoría social, y no hay que olvidar que en el medievo español había una gran demanda, habiéndose convertido en un servicio de primera necesidad.
Así lo demuestra el hecho que desde antiguo se le aplicase el mismo régimen de monopolio que a molinos y hornos, como fuente de seguros y fáciles ingresos para el fisco real o señorial. Los baños, como otros bienes reales, podían ser cedidos, mediante privilegio, a una minoría racial o a algún noble o persona a quien se quería compensar. Tal es el caso de don Hernando de Zafra, secretario de los Reyes Católicos y artífice de las capitulaciones de Granada, buen conocedor de los beneficios de esa merced y de los sustanciosos emolumentos que ésta generaba, llegó a tener la mayoría de los baños de Granada. Estas rentas podían ser cobradas en especia, como por ejemplo ocurría con los baños de Jerez o los de Ferreira, por los que los Señores del Marquesado del Zenete recibían de los moriscos 550 y 200 fanegas de cebada, respectivamente.

El edificio

El baño árabe se edificaba con gran solidez, habida cuenta de las enormes diferencias de temperaturas que tenía que soportar entre su interior y su exterior, así como unos elevadísimos índices de humedad. Para su construcción se empleó la mezcla de cal y arena (también heredada de los ingenieros romanos) con la que obtenían una argamasa dura como la piedra y el tiempo. Su planta era un rectángulo casi cuadrado, dividido en tres naves: sala vestidor, sala templada (la mayor), y sala caliente, comunicadas entre si por arcos abiertos; anejas se encontraban las dependencias auxiliares que albergaban la caldera con el horno que la alimentaba, la leñera y el almacén. El edificio carecía de ventanas por las que pudiera escaparse el calor, salvo en los techos, por lo general abovedados, en los que se practicaban pequeñas claraboyas de forma octogonal o de estrellas de ocho puntas, cerradas con vidrios de color rojo que podían retirarse desde el exterior en caso de necesidad. El color rojo de los cristales y las decoraciones de los techos con pinturas del mismo color, contribuían, psicológicamente, a aumentar el ambiente cálido.

Uso del baño

El establecimiento se abría hacia las dos de la tarde, permaneciendo abierto hasta muy entrada la noche. Cuando el visitante acudía el baño se encontraba escrupulosamente limpio y deliciosamente perfumado con el aroma del tomillo o romero que se quemaba en los hornos. El bañista pasaba a la primera sala destinada a vestidor, que era la más fría del baño, donde se desvestía y se le entregaban dos paños blancos: uno para cubrirse las partes vergonzosas, ciñéndoselo a la cintura, y el otro para la cabeza a modo de turbante, y unas sandalias altas de madera o corcho llamadas chapines, que les protegía del calor que el pavimento desprendía al estar sobre una cámara de aire que recibía el calor de las calderas. De esta guisa, con las pantuflas, un paño en el hombro (ya que pocos eran los que se avergonzaban de exhibir sus vergüenzas), y otro sobre la cabeza, pasaban a la sala central y principal del establecimiento, muy caliente y saturada de vapor. Allí se tendían en una tarima especial en donde comenzaban a sudar en reposo, y los bañeros, que en los palacios podían ser sustituidos por esclavas especializadas, favorecían la sudoración mediante fricciones enérgicas. Al fin de esta operación el bañista pasaba a la tercera sala y más caliente, por estar junto y casi encima de la caldera de cobre y el horno.

Siempre en cuclillas, era enjabonado de pies a cabeza, con abundante espuma, que se hacía desaparecer lazándole gran cantidad de agua muy caliente, con recipientes de madera resistentes a la transmisión de calor, levantando esta lluvia gran cantidad de vapor al caer al suelo caliente. Tras esta fase, muy importante en el ritual del baño, era necesario volver a la sala templada para reposar y reponerse, a lo cual los empleados ayudaban con expertos masajes. Esta transición era obligada antes de volver de nuevo a la sala caliente a tomar una nueva ducha, esta vez de agua bien fría, para después regresar nuevo a la sala central a reposar y tomar nuevos masajes reactivos acompañados de aceites y perfumes, dependiendo su calidad de la posibilidad económica del cliente. Ya reconfortado, el bañista se envolvía en una especie de albornoz de algodón, quedando en reposo en la sala central, con una sensación de ligereza, charlando con los amigos de religión, de política o sobre los chascarrillos de la vecindad. En este maravilloso ambiente era frecuente que algunos comieran o cenaran.

Como se ha visto, el baño árabe, era más un baño de vapor, no existiendo la inmersión como en las termas romanas, donde el agua, caliente o fría, era tomada en piscinas en las que era posible nadar, ejercicio éste considerado innoble por los árabes.

Restos arqueológicos

Muchos son los restos existentes de los denominados baños árabes. Mas, especial mención merece, por el notable interés, el llamado “Bañuelo”, sito en la Carrera del Darro de la ciudad de Granada. Se trata de los más antiguos baños árabes conservados completos en España. Los mando construir el visir judío Samuel Ha-Levy ibn-Negrela en la época zirí (siglo XI). Fue expropiado a su anterior propietario D. Gonzalo Enríquez de Luna, quien, en un gesto de generosidad que le honra, se conformó con quince mil pesetas de las diecisiete mil en que fue tasado por la Administración en mayo de 1928. Restaurado ejemplarmente por D. Leopoldo Torres Balbás, se trata del edificio más venerable de Granada, no pudiéndose resistir uno a pensar en la cantidad de historia que encierran sus muros: conjuras políticas, disconformidades religiosas, inconfesables intrigas sociales, culto a la amistad, amores encontrados...

Su interior conserva capiteles procedente del derribo de Medinat al-Zara, en Córdoba. Pero no son estos capiteles la mayor riqueza que tiene este monumento, conocido en su tiempo como “baños del nogal”, ni ninguno de sus demás restos arqueológicos, sino que su gran tesoro es Dª. Concha, la guardesa y portera del edificio. Su padre, asignado por el propio Torres Balbás, fue el primer portero que tuvo el Bañuelo, y Dª. Concha nació en él, se crió jugando en su patio, se casó, tuvo tres hijos, enviudó y perdió en él al benjamín de sus hijos. Una historia más de alegrías y tristezas para sus veteranos muros. Todos los días limpia Dª. Concha amorosamente “su” Bañuelo, y lo perfuma con incienso para que los visitantes se sientan como en otro mundo que transgrede las leyes del tiempo. Dos reliquias.

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