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Los judíos y el sistema otomano de las minorías

28/07/2006 - Autor: Abdennur Prado
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Grabado otomano
Grabado otomano

Nos situamos en 1492, año en el cual el rey de España decreta la expulsión de los judíos. En este momento asistimos a un fenómeno migratorio extraordinario: miles de judíos sefarditas se refugiaron en los territorios del Califato Otomano. Las condiciones de libertad religiosa y de autonomía de las diferentes confesiones en Dar al islam (la tierra del islam) eran un aliciente para los judíos europeos, víctimas de persecuciones sistemáticas. Grupos de judíos españoles emigraron a los territorios otomanos tras las masacres de 1391. Las condiciones para la implantación de los judíos en los territorios del caído imperio bizantino aumentaron poco después de la toma de Constantinopla por Mehmet II en 1453. El Sultán realizó un llamado a los judíos de Europa, que vino a sumarse a otros llamados anteriores, como atestigua la célebre carta del rabino Isaac Tsarfati:

“Sé de las terribles desgracias, más amargas que la muerte, que afligen a nuestros hermanos de Alemania —los decretos tiránicos, los bautismos forzosos y las penas de destierro son su pan de cada día—. Me dicen que cuando huyen de un lugar, un destino aún más trágico les espera allá donde van. ... En ningún sitio encuentran otra cosa que angustias para el alma y tormentos para el cuerpo, exacciones cometidas por unos opresores despiadados. El clero y los monjes, esos falsos sacerdotes, se alzan contra el desventurado pueblo de Dios .... Han promulgado una ley según la cual todo judío descubierto a bordo de un navío cristiano con rumbo a oriente será echado al mar. Desgraciadamente, los hijos de Israel son maltratados en Alemania; las fuerzas los han abandonado. Se ven zarandeados de un lugar a otro, perseguidos más allá de la muerte .... ¡Hermanos y maestros, amigos y conocidos! Yo, Isaac Tsarfati, aunque de ascendencia francesa, nací en Alemania, donde crecí a los pies de mis venerados maestros. Yo os digo que Turquía es un país de abundancia, donde, sí queréis, encontraréis la paz. Desde aquí, la ruta a Tierra Santa está expedita. ¿Acaso no es mejor vivir bajo la dominación de los musulmanes que bajo los cristianos? Aquí cada hombre puede llevar una existencia apacible a la sombra de su viña o de su higuera. Aquí nadie os impedirá portar los atavíos más hermosos, mientras que en el mundo cristiano no osáis vestir a vuestros hijos de rojo o azul, colores tan caros para nosotros, por miedo a exponerlos a los golpes y a los insultos .... ¡Oh Israel! ¿Por qué duermes? ¡Levántate y abandona por siempre ese país maldito!”
(Citada por Esther Benbassa en ‘Historia de los judíos sefardíes’, ed. Abada, p. 79-80).

Esta carta muestra el estado de ánimo de los judíos europeos, hostigados por la judeofobia característica de la cristiandad occidental, y la puerta que se les abría en el mundo islámico. Existen otros testimonios similares. Estos llamados no tuvieron respuesta masiva hasta 1492, fecha de la expulsión de los judíos españoles. Elias Capsali (1450-1523) escribió una crónica de aquellos tiempos:

“Así fue como el Sultán Bayaceto, rey de Turquía, que había oído hablar de todos los males que el soberano español había infligido a los judíos, y sabía que estos buscaban un refugio y un puerto de acogida, sintió piedad de ellos, y escribió cartas y envió mensajeros para hacer saber por todo el Imperio que ninguno de sus gobernadores podría negar la entrada a los judíos o expulsarlos. Al contrario, éstos debían ser graciosamente acogidos”.
(Seder Eliyahu Zouta, citado por Esther Benbassa, p. 84).

Se conservan numerosos testimonios similares, como la carta de los judíos provenzales de Salónica a sus correligionarios de Francia: “Venid a reuniros con nosotros en Turquía y viviréis, como nosotros, en paz y en libertad”. Toda la historiografía sefardí ensalza a los sultanes otomanos por la acogida que les dispensaron. Las crónicas sefardíes señalan la estupidez de los católicos y lo que ganó el califato con su buena acogida de los refugiados:

“Muchos destos desterrados passaron a Levante, los cuales fueron acariciados de la casa Othomana, maravillándosse todos los Reyes sucessores della, de que los españoles que hacen professión de prudentes, echassen de sus reinos tal gente. Antes Sultán Bayazit, y Sultán Soleiman, los recibieron muy bien, y les fue gratísima la venida de dichos Hebreos y ansí lo hicieron todos sus sucessores viendo de cuan grande utilidad y beneficio les era la estancia de ellos en sus estados.”
(Nomología, de Imanuel Aboab publicada en 1.626 en Amsterdam, p. 317.)

El número total de judíos acogidos en todo el califato ha sido calculado por diferentes estudiosos entre 50.000 y 150.000. Algunos se instalaron en las ciudades portuarias, mientras otros fueron orientados hacia direcciones específicas. Las nuevas comunidades fueron exoneradas de ciertos impuestos, para facilitar su asentamiento. Según Isaac Abarbanel, llegaron a Estambul unos 10.000 judíos sefarditas. En 1.594, un siglo después de la expulsión, un viajero inglés afirma que hay en Estambul 150.000 judíos, coincidiendo la capital del califato con la ciudad con más judíos de la tierra.

Durante cinco siglos, los judíos sefardíes y sus descendientes gozaron de la protección de los califas otomanos. Esta protección (el tan denostado régimen de los dzimmíes) consiste básicamente en: libertad religiosa, derecho a la protección, derecho a la vida física, derecho a la propiedad, derecho al honor, así como garantía social en caso de incapacidad, vejez o pobreza. Un sistema de seguridad social (sin duda rudimentario) existía en tierras islámicas desde el siglo VIII después de Jesucristo. Además de estos derechos básicos, el sistema de las minorías incluía: derecho a mantener las propias instituciones, derecho a acudir a los propios tribunales, derecho a la propia lengua, derecho a la propia enseñanza. Esto no quiere decir que no existiesen tensiones, o que estas libertades fuesen siempre respetadas. De lo que se trata es de exponer el sistema en un nivel teórico, siendo conscientes de que la política real distó mucho de cumplir todos los presupuestos del sistema. Lo mismo nos sucede a los musulmanes en Europa: se proclama bien alto la libertad religiosa, pero en la práctica los musulmanes sufrimos todo tipo de exclusiones.

En el califato Otomano, cada minoría era denominada millet, del árabe milla, palabra coránica que tiene el sentido de “palabra”, traducida por el griego logos. Esta palabra ha creado dificultades a los orientalistas, pues no comprenden que en el lenguaje coránico cada comunidad es en si misma un mensaje divino, una palabra, una cosmovisión, un logos. La dificultad de los orientalistas es la siguiente: ¿qué sentido tiene designar con el mismo nombre a entidades tan diferentes como son las creencias, las religiones o las etnias? Pues una millet es tanto la Iglesia Ortodoxa como las comunidades aramea o kurda. Todas ellas tenían representación ante el califa. En la Turquía actual la palabra millet ha adquirido el sentido de ‘libre’: la escuela libre es llamada madrasa e-melli.

Sobre el régimen otomano de las millet se ha escrito mucho. Este tema es clarificador sobre las relaciones entre musulmanes, cristianos y judíos, entre las diferentes concepciones de gobierno y sus actitudes hacia el pluralismo. Puede resultar instructiva la comparación con la actual situación de los musulmanes en Europa. Lo que sigue es una breve exposición, a partir de la obra “Christians, Jews, and Muslims in the Ottoman Empire: Lessons for Contemporary Coexistence”, de Avigdor Levy, profesor del Departamento sobre el Próximo Oriente y Estudios Judíos de la Universidad de Brandei:

El sistema de las millet constituía una extensión de las prácticas administrativas generales. En una época en la que se carecía de las actuales tecnologías de administración, los otomanos trataron corporativamente con la población, permitiendo que cada comunidad se administrara a si misma, y centralizando las administraciones locales en un gobierno fuerte. El sultán otomano tenía como consejeros al Patriarca Ortodoxo de Estambul y al Gran Rabino de la ciudad, entre otros. El Jajam Bashl (rabino principal) era asistido por un Majlis Rujam (comité espiritual) de ochenta miembros, y un Majlis Mani (comité secular) formado por nueve integrantes. El califato garantizaba la coexistencia de las diferentes comunidades, reguladas según unos principios de libertad religiosa y autonomía que todavía constituyen un modelo a tener en cuenta (de hecho, Avigdor Levy lo recomiendo como una solución que permitiría la co-existencia en Israel de palestinos, judíos y cristianos, sin tener que territorializar estados diferentes).

Aparte de ciertas áreas, como la seguridad y los impuestos, los otomanos adoptaron la política de no inmiscuirse en los asuntos interiores de las comunidades. Su gobierno se basaba en la idea de estas se gobernarían a si mismas mejor que desde fuera, y que llegarían a un consenso que poder hacer valer ante el gobierno central. Así, esta consideración llevó a los califas a desarrollar y apoyar las estructuras administrativas autónomas de las diferentes comunidades.

Este sistema permitió a las minorías establecer y mantener sus propios templos o casas de adoración, a menudo con la ayuda de exenciones de impuestos. Las minorías también controlaban sus propias instituciones educativas: el plan de estudios y el idioma en estas escuelas eran determinados por cada comunidad. Cada comunidad también podría desarrollar sus propias instituciones de beneficencia que dependían de sus propios recursos financieros. Para apoyar estas instituciones, se permitió la recolecta de sus propios impuestos. Los impuestos que recogía el gobierno central eran evaluados colectivamente en conjunto por las autoridades otomanas locales y cada comunidad, basándose en el número y riqueza de sus miembros, a través de negociaciones entre la dirección de la comunidad y las autoridades locales.

Cada millet gozaba de una autonomía judicial considerable. Se permitía mantener tribunales que podrían juzgar entre sus propios miembros en temas relacionados con la familia y los derechos civiles. El matrimonio, el divorcio, la herencia, e incluso las transacciones financieras, eran consideradas cuestiones internas de cada comunidad. Esto, que a los ojos europeos suena extraño, no lo es desde el punto de vista del islam, ya que estos temas son considerados como partes del dîn. Dado que el Corán prohíbe terminantemente cualquier imposición del islam (haqiqa y sharia), era lógico permitir que los no-musulmanes se rigieran por sus propias leyes. A la diversidad de tribunales de diferentes millet hay que añadir la variedad de escuelas de jurisprudencia dentro del islam. Esta diversidad de leyes constituye para nosotros un hito, acostumbrados a la uniformidad en materia jurídica: un territorio, una ley, una nación, un pueblo.

El ciudadano, fuera cual fuera su religión o etnia (su millet), podía acudir a los tribunales centrales. La administración de justicia de los otomanos se hizo célebre por su rapidez. Era extraño que una causa durase mucho tiempo. La idea de los juristas era la de la aplicación inmediata de las recompensas y castigos, con el fin de evitar el sistema carcelario, considerado degradante para el individuo. Sobre esto existen los testimonios admirados de viajeros europeos. Aunque los miembros de las minorías usaron de sus propios tribunales, era común que prefiriesen traer sus casos ante los tribunales musulmanes, que eran reconocidas como tribunales del califato.

Este sistema tiene sus virtudes y tiene sus defectos. Entre los defectos, se señala el de la segregación social, con todas las tensiones que esto produce entre comunidades. Los musulmanes y las minorías tendieron a vivir en sus propios barrios, congregándose alrededor de sus casas de adoración e instituciones. Sin embargo, existía una movilidad considerable de un barrio a otro como resultado de las tendencias de la población. En general, los límites entre las diferentes comunidades eran fluidos y existían barrios dónde la población era mixta. Había también espacios públicos dónde la población se mezclaba. El más importante de estos lugares era el bazar, al cual acudían tenderos, empresarios, artesanos y compradores de todas las comunidades. Los edificios gubernamentales, y sobre todo el palacio de justicia, también eran importantes como espacios públicos dónde una intensa actividad intercomunitaria se desarrollaba. Como resultado de estas condiciones, los diferentes grupos sociales vivieron considerablemente segregados, aunque dentro de cada comunidad existían segmentos importantes que actuaban de puente.

El sistema de las millet refleja el carácter de Anatolia como un lugar de asentamiento, puente entre oriente y occidente. El califato otomano fue un inmenso lugar de encuentro: desde Albania hasta el interior de Asia, incluyendo partes de África del Norte. En este vasto territorio convivían numerosos pueblos. Aunque la mayoría de la población era musulmana, hay que señalar que en distintas zonas predominaba el cristianismo, e incluso se dio el caso de ciudades mayoritariamente judías, como es el caso de Salónica. Bosnios, serbios, kurdos, armenios, turcos, cristianos nestorianos, monofisitas, ortodoxos, judíos sefarditas, judíos árabes, judíos musulmanes, tártaros, búlgaros, kazakos, cosacos, uzbecos, chechenos… cada una de estas palabras designa a un grupo de personas según su origen, su religión, su lengua o su raza. Cada una de ellas es un mundo, una comunidad más o menos diferenciada del resto, según su propia idiosincrasia, pero partes de la misma humanidad, Hijos de Adan. Todas estas millet lograron sobrevivir bajo la protección de los otomanos, conservando sus lenguas, sus idiosincrasias y sus tradiciones, hasta la llegada de la modernidad:

“En el Imperio Otomano, cuya estructura fue bastante especial… En un mosaico de culturas y religiones, con un poder central alejado y una organización confesional de las poblaciones, tanto el cristiano como el judío tenían su lugar, incluso si ese lugar no siempre estaba tan bien definido como a veces creemos. Al romperse ese equilibrio, más adelante, a causa del nacimiento de los estados-nación y la consiguiente fragmentación del Imperio, las cosas se echaron a perder”.
(Esther Benbassa en ‘¿Tienen futuro los judíos?’, ed. Riopiedras, p.123)

El califato respetó las diferencias, permitiendo el contacto y el libre desarrollo. Para el musulmán la variedad es un signo de la actividad creadora de Al-lâh. No hay nada más ajeno al islam que la homogenización de los diferentes en base a un patrón inamovible. ¿Qué hubo momentos en los cuales estos principios no se aplicaron correctamente? Sin duda, sobre todo teniendo en cuenta que muchas veces las minorías protegidas actuaban de puente para las potencias enemigas: Rusia, el Imperio Austro-Húngaro o el Irán safávida. ¿Qué el califato estaba en un estado decadente a principios del siglo XX? ¿Qué fue un estado guerrero? Tal vez, aunque no más que los antes mencionados, ni que los estados español, inglés o francés de su época. No tratamos de defender el califato, ni su política de minorías. No consideramos que el sistema económico-social imperante entre los otomanos represente al islam, ni su concepción de una sociedad igualitaria. Lo que pretendemos resaltar es lo siguiente: es un hecho incuestionable que las condiciones que hemos expuesto facilitaron que el Califato Otomano llegase al siglo XX formado por una miscelánea de pueblos, lenguas y costumbres.

El escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez visitó Estambul en 1907, y constató esta realidad:

“En ninguna ciudad del mundo existe la libertad religiosa que en Constantinopla. En Constantinopla viven todos los cultos con entera libertad, y todos sus ministros gozan de igual respeto. El patriarca griego, el patriarca armenio, el gran rabino, el arzobispo armenio católico y el arzobispo católico romano, todos son funcionarios del Imperio, iguales en respeto al Gran Imam y retribuidos por el Sultán con generosa largueza, según el número de adeptos que cada religión cuenta en sus Estados.”

“Es más: el Comendador de los Creyentes, el heredero del Profeta, que muchísimos occidentales se imaginan como un mahometano feroz e intolerante, tiene en su Consejo de Estado y entre los altos pachás que le rodean a hombres de todas las religiones, para poder atender a los diversos servicios sin lastimar las creencias de sus súbditos.”

“Si ha de nombrar el gobernador del Líbano, elige siempre a un pachá católico, por ser esta la religión de los pobladores de dicha provincia; si se trata de Samos o cualquier isla turca vecina del Archipiélago, designa a un pachá griego; y así hace con los demás ‘vilayetos’ de su vasto Imperio.”

“Los turcos no sienten la fiebre del proselitismo. A sus imames no se les ocurre jamás catequizar a nadie... Siempre hablan con respeto de las religiones ajenas.”

“En los países que monopolizan el título de civilizados, en las naciones de mayor tolerancia religiosa, Inglaterra y los Estados Unidos, por ejemplo, los diversos cultos gozan de libertad, pero ven limitados sus derechos cuando intentan salir a la vía pública.”
“En Constantinopla la libertad es más completa, pues ni siquiera existe dicha limitación. La gran calle de Pera podría titularse la calle de las religiones. En la misma acera, y casi tocándose, existen una mezquita de derviches danzantes, la iglesia de San Antonio de los frailes franceses, el pequeño convento de franciscanos españoles de Jerusalén, dos sinagogas, un templo armenio, una capilla evangélica alemana y otra inglesa.”

“Por interesante que sea el futuro, no llegará a serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus ciudades cómodas y uniformes, no podrá borrar de mi memoria el recuerdo de esta aglomeración de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y despotismos irresistibles, que ofrece la metrópoli del Bósforo.”
(Oriente, ed. Plaza y Janés, p. 228 y s.).

Blasco Ibáñez resalta el contraste entre la uniformidad de las sociedades occidentales y el pluralismo característico de las sociedades musulmanas. Hay que tener en cuenta que escribe en 1907, el momento de mayor decadencia del califato, en el cual existían fuertes tensiones entre las comunidades, ocasionadas por las guerras fronterizas y las consiguientes ingerencias extranjeras. Poco después, el movimiento laicista y pro-europeo de los Jóvenes Turcos acabó con todo esto, perpetrando el genocidio armenio y estableciendo un estado turco según el modelo de Estado-nación monolítico característico de la europa de principios del siglo XX. La entrada en la modernidad no significó sino el aumento de las dificultades para las minorías (tanto étnicas como religiosas) en todo el territorio otomano.


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