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El sentido de vivir

18/07/2006 - Autor: José Carlos García Fajardo - Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias
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Para un número creciente de jóvenes indios norteamericanos y canadienses, el suicidio es la única salida que encuentran ante una vida que para ellos ha perdido significado. Los suicidas representan el 1% de todas las muertes en Norteamérica, pero la realidad es que cada 40 segundos se suicida una persona en el mundo y cada tres, otra lo intenta, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Es la segunda causa de fallecimiento de los jóvenes, tras los accidentes de tráfico. Le siguen las personas muy ancianas que ya no se soportan ante una enfermedad discapacitante o de dolor insoportable creyéndose una carga para los demás, cuando no es sino el rechazo de una soledad insoportable.

Muchos suicidas han sucumbido a la desesperanza, más que a la desesperación. Como sucede con muchas personas que mueren en accidentes de tráfico o víctimas de toxicomanías, o en enajenaciones que a tantos llevan a engrosar las filas de ejércitos, de guerrillas o de mafias urbanas. Pálidas alternativas para unas vidas a las que no han encontrado un sentido, el suyo, no el impuesto por una sociedad, una religión, otra ideología, o por una presión ambiental insoportable para quienes ya no pueden dialogar ni con ellos mismos.

Vidas carentes de sentido y ante las que no han sabido sobreponerse como dijo André Malraux ante la mayor desgracia en la vida del escritor, “puede que la vida no tenga sentido, pero tiene que tener sentido vivir”.

Esta denuncia de la OMS quiere cambiar las actitudes sociales que consideran el tema como un tabú del que no conviene hablar. Como si fuera algo vergonzante, no sólo para el protagonista sino para su familia y para su entorno. Como lo fueron las enfermedades de transmisión sexual, la esquizofrenia, el alcoholismo, la homosexualidad, las relaciones prematrimoniales o con familiares próximos, o como la depresión hasta hace unas décadas. El descubrimiento de los fármacos antidepresivos hizo descender las cifras de suicidio en muchos países. Un elevado porcentaje de los actos suicidas está relacionado con algún tipo de trastorno psiquiátrico, pero no siempre es ese el origen del suicidio.

El elevado número de suicidios entre los indígenas se da no sólo en EEUU y de Canadá sino en muchos otros países del continente americano. Pero en el norte han acometido el estudio de esta plaga silenciosa que hay que tratar como una epidemiología. Cuenta mucho el desarraigo y la estructura desintegrada de muchas culturas autóctonas tradicionales. Mientras estas hecatombes se producían en los países empobrecidos del Sur, parecían no afectarnos en las antiguas metrópolis. Ahora producen alarma social en las capitales de grandes países africanos y asiáticos, y no afecta sólo a las personas hacinadas en barrios marginales sino que es una de las mayores afecciones entre la población universitaria. Jóvenes que han alcanzado ese estadio sostenidos por sus familias y comunidades como esperanza salvadora para todos, no soportan la presión a la que se ven sometidos y sucumben fracasados recurriendo a la droga, a la depresión y al suicidio.

Los instintos ya no le indican al hombre lo que tiene que hacer, y las tradiciones no le muestran lo que debe hacer, hasta el punto de que muchas personas ya no saben lo que quieren hacer. De ahí, el hacer sólo lo que los demás quieren o empeñarse en querer lo que hacen los demás, formas ambas enajenantes en la sumisión o en el conformismo. Pero el fenómeno que se atribuía al desarraigo en las inhumanas ciudades de los países descolonizados, lo llevan consigo muchos emigrantes que sucumben ante el desgarramiento entre lo que soñaron en sus lugares de origen y la realidad que encuentran en los paraísos donde no eran esperados ni se sienten queridos. La epidemia del suicidio se gesta en una sociedad excluyente, en unas formas de vida aceleradas, deshumanizadas, en las que todo parece poder comprarse, en dónde la búsqueda del placer como único fin da el salto a una búsqueda de poder como única forma de supervivencia. Es el resultado de una voluntad frustrada de sentido. Al nihilismo se le llama reduccionismo, en forma de fundamentalismo religioso, ideológico, consumista o destructivo de todo lo que se escapa a nuestro control. En nuestros días, muchos no necesitan ni el cielo como recompensa ni el infierno como castigo, sino saberse queridos y respetados aquí y ahora, en primer lugar por nosotros mismos.

Vivir con voluntad de sentido, porque no se trata de dar sentido a la vida o de aceptar el que nos impongan, sino de descubrirlo en nosotros mismos. Para eso necesitamos ayuda y apoyarnos solidariamente, no sólo en los demás sino en las instituciones sociales que tienen su razón de ser en la felicidad y el bienestar de los ciudadanos. En la que la educación debe ser el motor fundamental que nos ayude a descubrir en cada situación el desafío para asumir la responsabilidad que nos corresponde. Cuanto más vivo es el sentimiento de responsabilidad de una persona y el reconocimiento de su valor personal, mejor preparado estará contra ese vacío existencial que se extiende en un modelo de desarrollo que produce sociedades carentes de sentido.

Ser uno mismo significa aceptarse y quererse para actuar con responsabilidad, aunque el suicidio suponga para muchos, en palabras de Erasmo de Roterdam, “una forma de manejar el cansancio de la vida”.

* José Carlos García Fajardo es profesor de Pensamiento Político y Social (UCM) Director del CCS

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