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Religiones y hambre cero. Reflexiones sobre el Encuentro de las religiones por la paz y la erradicación de la pobreza

06/05/2006 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Junta Islámica Catalana
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encuentro religiones pobreza
Instantanea del “Encuentro de las religiones por la paz y la erradicación de la pobreza”

Los días 27 y 28 de abril de 2006 se ha celebrado en Valencia un “Encuentro de las religiones por la paz y la erradicación de la pobreza”, convocado por la Cátedra de las Tres Religiones de la Universidad de Valencia. Al encuentro han asistido miembros de las religiones mayoritarias en el mundo, con una importante presencia internacional. Quiero destacar la participación del Reverendo Markus Braybrooke, presidente del Congreso de las Religiones del Mundo, una presencia luminosa. Entre los musulmanes, Riay Tatary (Secretario de la Comisión Islámica de España), Najib Abu Warda (Universidad Complutense de Madrid) y Ahmed al-Rawi (Presidente de la Federación de Organizaciones Islámicas de Europa).

Cuando Marcial Martínez, director de la Cátedra, me invitó a participar en el encuentro, lo hizo con una frase lapidaria: “mientras haya hambre en el mundo, todo lo demás es secundario”. A veces lo obvio merece repetirse, sobre todo si nos damos cuenta de que la lucha contra el hambre no aparece como una prioridad de los gobiernos que más podrían hacer en este campo, ni la muerte por hambre y desnutrición de millones de personas merece grandes titulares, ni apenas atención mediática.

Así pues, le agradezco de corazón a Marcial Martínez por haberme dado la oportunidad de participar en los debates, a pensar en la implicación de las religiones en la lucha contra el hambre, a recordar e interiorizar las cifras que aparecen fríamente en los informes de los organismos internacionales. 840 millones de personas que viven en situaciones de hambre crónica, 30 millones de personas mueren cada año a causa de la mala distribución de los alimentos, 11 millones de ellos niños menores de 5 años. Unas cifras que nos sobrepasan y nos abochornan, que nos sumen en la desesperación y nos obligan a replantearnos nuestro modo de estar en el mundo.

En este campo, toda actuación debe venir precedida por un estudio serio sobre las causas reales del hambre. Las causas nos remiten a ámbitos económicos, políticos, sociales. Durante las jornadas, Gustavo Suárez Pertierra habló de las campañas de la ONU contra el hambre, Alfredo Marhuenda sobre la campaña Pobreza Cero, y Arcadi Oliveras sobre la aplicación de la Tasa Tobín, la lucha por una banca ética y la erradicación de los paraísos fiscales. Este nivel de combate es esencial, pero una explicación política o económica no logra explicar en última instancia la falta de compasión que nos rodea, la frialdad con la que se permite e incluso se provoca la muerte de millones de personas.

Existen razones espirituales profundas relacionadas con el hambre, y es la propia experiencia del hambre la que las revela. Desde las tradiciones religiosas, creo que este estudio de las causas debe venir de la mano de una interiorización del hambre, de una toma de conciencia de lo que significa la privación de alimentos, de los estados a los que conduce al ser humano.

El ayuno es una práctica común a todas las tradiciones, aunque en algunos casos sea una práctica olvidada. La privación voluntaria es una decisión espiritual que tiene por objeto hacerse consciente de la precariedad del cuerpo. A través del ayuno, los creyentes encontramos en el camino de Al-lâh aquello que nos libra de todas las ficciones y nos devuelve a nuestra condición de ser humano consciente de sus límites, de criatura sometida a unas determinadas condiciones espacio-temporales, a una corporalidad precaria y destinada a su acabamiento.

Es importante conocer el hambre, ayunar como un acto de adoración, un acto voluntario que nos revela el escándalo que constituye el hambre forzosa impuesta a millones de personas. Se trata de hacernos conscientes de los derechos de nuestro propio cuerpo y mostrar nuestra solidaridad con todos los desheredados de la tierra. Nuestro ayuno voluntario se mezcla con el sufrimiento de los que no tienen otra elección que el hambre, de los que sufren el castigo de la usura, o de las inclemencias de la naturaleza. La experiencia del hambre nos hace conscientes del absurdo de un sistema que produce en grandes cantidades, pero al mismo tiempo no crea los mecanismos para que los alimentos producidos lleguen a sectores importantes de la población.

Ante esta situación, nos damos cuenta de la necesidad de reorientarnos hacia Dios, Al-lâh, la Realidad Única, quien nos ha creado, quien nos sostiene y nos da vida a cada instante. Orientarse a Al-lâh es hacerse consciente de los dones de la creación, de que esos dones no pueden ser una propiedad exclusiva de unos pocos, sino un bien para toda la humanidad. El ayuno nos aporta una mayor conciencia sobre nuestro cuerpo, del milagro de la respiración, de la sístole y diástole, expansión-contracción que están en la base de cada nuevo nacimiento. Esta atención a lo orgánico nos revela que no hay nada esencial que nos separe de nuestros semejantes. Todos tenemos un corazón y un vientre, ojos y manos y piernas y mirada. Todo ser humano vive sometido a las mismas condiciones eternas de la vida. Esta sensación nos humaniza. Para el hombre que se entrega voluntariamente a Dios cada vida es un don irremplazable, no existen jerarquías sociales que puedan ponerse por encima del hecho de que todos los seres creados, al mismo tiempo que individuos completos, somos uno. Más allá de todas las barreras (religiosas, culturales, doctrinales, ideológicas, nacionales o raciales), todos somos hijos de Adán, todos somos uno.

La conciencia de la hermandad universal no es un pensamiento, es una llama. Tampoco es un mero sentimiento, sino un estado de conciencia. Es el principio de toda compasión, de la misericordia, la solidaridad para con los que pasan hambre, hacia aquellos que sufren situaciones de injusticia. Una misericordia activa, un impulso hacia la lucha, a comprometernos en el yihad (esfuerzo) contra un sistema generador de masas de excluidos. No es necesariamente una llama de carácter religioso, aunque las religiones la guardan en su interior como un tesoro. Es la intimidad donde el hombre se encuentra con su Creador, y de ahí con la Creación en su conjunto. Allí, en esa intimidad, no existen barreras de ningún tipo, reconocemos nuestra pobreza ontológica, nuestra desnudez esencial de criaturas.

Es desde esta pasión que une a las cosas desde el cual creo necesario abordar la cuestión de la pobreza. Cuando hablamos del hambre en el mundo, demasiado a menudo los europeos pensamos en términos sectarios. Primer mundo, segundo mundo, tercer y cuarto mundos. Utilizamos estos términos para alejar de nosotros el problema, como si el hambre se diese en Marte o en la Luna, como si no fuera algo que sucede en nuestro mundo, en esta tierra de Al-lâh que habitamos para compartir y conocernos, para reconocernos en la mirada de los que pasan hambre.

El mundo es uno, el ser humano es uno. No podemos pensar disgregando, jerarquizando, como si nuestra riqueza fuese independiente de la pobreza del vecino, como si la tierra no fuera una, como si los campos de Indonesia no produjesen pienso para alimentar al ganado en Canadá, comos si los precios de las semillas que ha de plantar un agricultor en Corea no se decidiesen en Chicago, como si los medicamentos que pueden salvar a los niños de una aldea de Zambia no estuviesen patentados en Lausana.

Desde la conciencia de que todos somos uno, debemos decir bien claro que el hambre no es una casualidad o un accidente de la naturaleza. Existen situaciones concretas de catástrofes naturales que provocan hambrunas, pero el hambre crónica de poblaciones enteras del que estamos hablando no es un accidente, sino el resultado de estructuras económicas determinadas, de relaciones internacionales establecidas con criterios criminales. Como dijo Arcadi Oliveras en su intervención, estamos gobernados por criminales.

Sabemos que la producción de alimentos actual podría alimentar dos veces a la población mundial, que el aumento demográfico no es una causa directa del hambre, y que muchos de los países que han sufrido terribles hambrunas son en realidad exportadores de alimentos. Sabemos que en Europa y Norteamérica cada año se desperdician o se tiran toneladas de alimentos con el fin de mantener los precios establecidos por grandes compañías, precios que son inasequibles para los menos desfavorecidos. Hemos visto a países enteros pasar de situaciones de bonanza a situaciones de pobreza en pocos años, a causa de políticas económicas impulsadas desde organismos internacionales. Hemos visto como los servicios sociales se deterioraban en países ricos en materias primas. Hemos visto como la deuda contraída por gobiernos dictatoriales para comprar armas ahogaba la vida de los campesinos, dobles víctimas de una política internacional irracional, que ha perdido todo criterio ético o humanitario.

Se trata de un sistema basado no en la satisfacción de las necesidades básicas del individuo y la búsqueda del equilibrio, sino en la exacerbación de las pasiones y la creación de necesidades artificiales que esclavizan al individuo, manteniéndolo en un estado de insatisfacción constante. Desde un punto de vista religioso, esta claro que este sistema es rechazable. No pretendo caer en una retórica anti-capitalista hueca y trasnochada. La capacidad creación de riqueza y el desarrollo tecnológico son instrumentos imprescindibles para la erradicación de la pobreza, un logro de la humanidad. Por primera vez en la historia nos encontramos en una situación de sobreproducción, en la cual el ser humano es capaz de producir alimentos para satisfacer con creces las necesidades básicas de la población mundial. A partir de este conocimiento, es necesario realizar una crítica lúcida sobre los fines de esta creación de riqueza y de este desarrollo de la producción, que no puede ser el de la mera acumulación de capital al margen de las necesidades de la gente.

Hace ya unos años asistimos al surgimiento de un movimiento social transnacional que pretende hacer frente a los retos de la globalización, que se ha dado cita en torno al Foro Social Mundial. Los movimientos sociales se sitúan en la vanguardia, y esto implica mirar hacia delante, más allá de la coyuntura política presente. Esto implica situarse contra del sistema económico y político dominante, tal y como se desprende del manifiesto final de las jornadas, en el cual los miembros presentes de las tradiciones religiosas nos comprometimos a realizar una serie de acciones en contra del hambre y la pobreza, la mayoría de ellas en la línea iniciada por los movimientos sociales. Reproduzco íntegramente los compromisos adquiridos:

§ Sumarnos a las iniciativas y campañas que promueven la reforma de las Naciones Unidas, hacia una democracia participativa que posibilite la consecución de sus objetivos fundacionales.

§ Colaborar con el Foro Social Mundial.

§ Apoyamos aquellas campañas que promuevan la condonación de la deuda externa.

§ Apoyamos aquellas campañas tendentes a garantizar el acceso al agua potable de todo ser humano.

§ Apoyamos la campaña para la aplicación de la Tasa Tobin.

§ Nos sumamos a la campaña Pobreza Cero.

§ Nos comprometemos a denunciar el negocio de la guerra, y a exigir a nuestros representantes políticos que combatan el comercio de armamento.

§ Nos comprometemos a apoyar aquellas iniciativas tendentes a acabar con el SIDA.

§ Nos comprometemos a denunciar aquellas situaciones de connivencia de las religiones con el poder económico y político tendentes a perpetuar situaciones de injusticia

§ Nos comprometemos a moderar nuestras necesidades y a realizar esfuerzos para erradicar el consumismo.

§ Nos comprometemos a velar por que las inversiones que hagamos sean éticas, y que no entren en contradicción con una cultura de la paz.

§ Nos comprometemos a velar por que las empresas se doten de códigos éticos, que respeten los criterios del comercio justo.

§ Nos sumamos a las campañas que promueven la erradicación de los paraísos fiscales.

§ Nos comprometemos a trabajar en favor de la reducción de las energías contaminantes y en favorecer el uso de energías alternativas.

§ Nos comprometemos a reclamar la incorporación al currículo educativo en todos los países del mundo de una asignatura de cultura de las religiones.

§ Nos comprometemos a favorecer la incorporación de los jóvenes de diferentes tradiciones religiosas en proyectos de paz y solidaridad.

Un programa sin duda ambicioso, casi utópico, pero sin embargo necesario. Para trabajar en esta línea, se propuso a la Cátedra de Tres Religiones la creación de una comisión de expertos, que diseñen acciones que permitan visualizar nuestra implicación con estos objetivos.

Todos los que han estudiado el problema del hambre en el mundo, y los esfuerzos de Naciones Unidas por reducirla, saben de las dificultades a las que estos intentos se enfrentan. Desde las instituciones la situación parece bloqueada. Las instituciones internacionales encargadas de la lucha contra la pobreza están muy influidas por los propios interesados en perpetuar las desigualdades. Departamentos de Naciones Unidas son tanto el Fondo Monetario internacional como la FAO. La contradicción entre las medidas que uno y otro organismo promueven no puede ser más desconcertante.

Es imposible pensar la contribución de las tradiciones religiosas a la erradicación de la pobreza dentro del sistema y de espaldas a los movimientos sociales. Es ilusorio pensar que estos objetivos vayan a lograrse sin la incorporación de las tradiciones religiosas a la construcción de una sociedad civil planetaria, una sociedad civil que ya no encuentra su vía de participación política a través del marco de los estados-nación, sino a través de una nueva ética global emergente, fundada en el amor a la pluralidad, en la lucha de los pueblos por su supervivencia.

La colaboración de las tradiciones religiosas con los movimientos sociales es tanto más difícil en un momento en el cual trata de imponerse como un dogma de fe la idea de la separación entre la religión y la política. Se trata de relegar la religión a una extraña “esfera privada”, negándonos el derecho de reclamar justicia desde nuestra fe. Por ello, desde las tradiciones religiosas debemos aclarar cual es nuestra motivación en el proyecto de construcción de una sociedad civil planetaria. Debemos desterrar toda sombra de duda que planea sobre nuestras tradiciones, disipar las dudas que esta colaboración suscita. Por suerte, ya no estamos en la época del marxismo-leninismo dogmático y anti-religioso. Por el contrario, existen muchos elementos de espiritualidad dentro de los movimientos sociales. Aún así, desde las tradiciones religiosas debemos reconocer que las sospechas están justificadas, que la religión se ha convertido a menudo en el opio del pueblo, un instrumento ideal para el control ideológico de las masas.

A través de este re-encuentro con lo social las religiones vuelven a su origen, a la experiencia espiritual de desnudez que las genera, a entrar en el flujo de misericordia creadora que todo lo recorre. Como me dijo hace unos días el jesuita Jaume Flaquer, la implicación en la justicia social es un criterio de validación de la experiencia religiosa. Es urgente reestablecer el vínculo entre práctica espiritual y transformación social. Con esto, todos podemos salir ganando. A través de esta colaboración, los movimientos sociales se espiritualizarán y encontrarán una vía de legitimidad entre los creyentes, que no son sino la mayoría de los habitantes de la tierra. La lucha contra la pobreza es la lucha por la dignidad de todo ser humano, y es del todo inviable pensar esta lucha sin tener en cuenta la religión como el vehículo que dota de sentido a la mayoría de los habitantes de la tierra.

Como musulmán comprometido en la consecución de la justicia, por la causa de la paz y la erradicación de la pobreza, abogo por el encuentro y colaboración entre las diferentes religiones y los movimientos sociales. Muy importante: este lucha no es ideológica, ni únicamente política, sino espiritual y humanitaria. Es importante mantenernos cerca del principio de compasión universal, mantener viva la llama de amor por encima de toda rivalidad o tentación de construcción de un discurso ideológico cerrado. Es importante evitar el sectarismo tanto entre las religiones como entre los movimientos sociales, las disputas ideológicas estériles. Es importante que esta nueva sociedad civil emergente sea consciente del valor de las diferencias, del carácter abierto y dinámico de la creación, que sea capaz de crear y reinventarse a cada paso, mantenerse fiel a sus objetivos iniciales. Estoy convencido de que esto no se logrará sin el aliento espiritual que las grandes tradiciones religiosas de la humanidad pueden aportar.

Pero sólo Al-lâh sabe


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