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La Peregrinación a Meca

Sabed que todo musulmán es un hermano para otro musulmán, y que ahora formáis una gran fraternidad.

21/07/2005 - Autor: Mario Satz - Fuente: Webislam
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La Piedra Negra, en la Kaaba
La Piedra Negra, en la Kaaba

En el centro mismo de la ciudad musulmana de La Meca se levanta el cubo de la Kaaba, sagrado edificio que consta de una sola estancia completamente vacía. Cubierta por una cortina negra de brocado que se renueva cada año, ese tono al que los místicos del Islam llaman fehm, el color del carbón, alude a la sabiduría, pues quien toca la piedra santa tras un peregrinaje que le ha llevado meses y hasta años, ése ha tocado el eje que une el cielo a la tierra.

El cielo es negro y sus estrellas son santos ascendidos. Es vasto e infinito y tiene, a su vez, un cubo en la estrella polar, cubo en el que se inserta el eje que sube en ángulo recto desde la Kaaba, de tal modo que existen dos ruedas, la humana que forman los peregrinos que dan siete vueltas alrededor del monumento, y la divina que llevan a cabo las estrellas en torno a la polar. De este modo, en la culminación del peregrinaje, en su punto álgido, hombres y mujeres, vestidos de un impoluto blanco, imitan a los astros y pierden para siempre su mirada humana en el negro más hondo del espacio sideral representado por el manto de brocado que cubre el cubo santo. Se aniquilan ante Dios o Alláh, dejan de ser átomos separados y por unos momentos viven la reconstrucción cosmogónica del universo a partir de un encendido punto de luz. Peregrinar es, para un musulmán, morir al espacio y al tiempo, pues una vez que el viajero llega a la orilla del mundo y se zambulle en la corriente vertical de su eje, el Creador lo recibe en su océano de paz.

Más que cualquier otra obligación o precepto, el que todo creyente musulmán ortodoxo debe realizar al menos una vez en su vida es la peregrinación o hadj a La Meca, la cual ha resultado ser el gran vínculo que une entre sí a los musulmanes de todo el mundo. Durante el hadj todos llevan las mismas ropas blancas sin costuras, se abstienen de comercio sexual, no se afeitan ni se cortan el pelo y no infieren daño a ningún animal ni a ninguna planta. No basta con visitar la ciudad santa y cumplir con los ritos, pues el peregrino debe sentir que se disuelve, que se funde a un vasto cuerpo que lo supera, el de la Umma o gran familia islámica que no distingue sexos, razas ni clases sociales.

Una vez ante el sagrario, es preciso cumplir con tres preceptos fundamentales. Tan pronto el peregrino llega a La Meca debe dar siete vueltas a la gran piedra, en uno de cuyos ángulos existe un meteorito que contiene hierro extraterrestre, en memoria de Alrukaba, la estrella polar, de la cual procede. Tres vueltas se deben dar a toda carrera y cuatro a paso ligero, porque el tres resume, como cifra, los movimientos del cielo, las fases a través de las cuales el Uno se manifiesta; y cuatro son las direcciones de los cuatro orientes, más fijos, al estar en el horizonte, de lo que están las referencias celestes. Cada vez que el peregrino pasa delante de la piedra negra se detiene para besarla o - si hay demasiada gente- para tocarla con una mano o con su báculo de viajero.

El segundo de los ritos que se prescriben se llama "peregrinación pequeña", ceremonia en la cual los participantes evocan a Agar, la madre de Ismael, que buscaba agua desesperadamente para que su hijo no muriera de sed. Siete veces se recorre el pelado y calcinado valle que separa las colinas Safa y Marwa. Finalmente, llega el momento de la peregrinación a la llanura de Arafat, en donde está la Montaña de la Gracia. Allí los peregrinos, y desde el mediodía hasta el ocaso, "permanecen ante la faz de Dios", y con este movimiento culminan el viaje hacia el Uno Mismo, el Misericordioso, el Clemente, eje de los ejes del mundo. Quien no cumple con esta parte del peregrinaje, se dice, no completa su destino, y todo el mérito que podría haber acumulado en el hadj es nada si no se sube a la Montaña de la Gracia. Allí, un monolito blanco recuerda el lugar donde Adán y Eva volvieron a juntarse tras la expulsión del Paraíso. Se cree que Mahoma predicó desde aquí su último sermón, el de despedida, en el que dijo:

"Sabed que todo musulmán es un hermano para otro musulmán, y que ahora formáis una gran fraternidad." Este monte debe subirse descalzo y el esfuerzo que representa no es poca cosa, por cuanto sus aristas pedregosas queman tanto de día como de noche. Al parecer, para un musulmán no hay privilegio mayor que pasar un viernes rezando junto a la Kaaba. Así, y tras beber agua del pozo de Semsem, cuya existencia se remonta a los días de Abraham el patriarca, el viajero impregna su túnica con ella y decide que será tu mortaja, pues en el fervor de sus plegarias le promete al Único que ese viaje no es sino el modelo de una entrega posterior, ya que llegada su hora tendrá la mente firme y ligada a la Kaaba.

En el mundo de los símbolos-y el peregrinaje lo es en grado sumo-, nada es ni puede ser casual. Las figuras ancestrales se hacen presentes, lo desunido se une, lo incoherente adquiere sentido. De la piedra negra de la Kaaba al monolito blanco del Arafat el peregrino reeditará, por lo tanto, la revelación de su androginia original, vívida en el primer hombre, el Adán bíblico que es también el coránico. Puesto que si Adán y Eva se reunieron allí tras la expulsión, él mismo unirá en su interior su parte femenina a su parte masculina a semejanza de los ancestros míticos. Más aún: la Kaaba y muy especialmente su meteorito, son como un desdoblamiento de Alrukaba, la estrella polar, en la que en un principio todo estaba subsumido. Masculino el astro, femenina la piedra; activo el cielo, pasiva la tierra, pero unidos ahora por la imaginación y la fe, constituyen una especie de invisible Escala de Jacob cuyo ascenso está garantizado a los muminim o creyentes que lleguen a La Meca, pues no todos arriban a destino aunque todos sean convocados a cumplir con el hadj.

Tal vez no exista mayor aproximación emocional a la experiencia del peregrinaje humano desde el punto de vista musulmán y monoteísta que este fragmento del poeta Farid Uddin Attar, quien en su Mantir Uttair o Lenguaje de los pájaros, anotó (1):

"El alma de estos pájaros se anonadó por completo de temor y vergüenza, y su cuerpo, quemado, se convirtió en polvo como el carbón. Cuando estuvieron así purificados y libres de todo, encontraron una nueva vida en la luz del Simurg. Nuevamente se convirtieron en servidores y por segunda vez fueron sumidos en la estupefacción. Todo lo que habían podido hacer antes fue purificado e incluso borrado de sus corazones. El sol de la proximidad disparó sus rayos sobre ellos y su alma se volvió resplandeciente. Entonces, en el reflejo de su rostro estos treinta pájaros si murg (2) mundanos contemplaron la cara del Simurg espiritual. Todos se apresuraron a mirar a este Simurg y se aseguraron de que no era otro que si murg.

Ignoraban si seguían siendo ellos mismos o si se habían convertido en el Simurg. Por eso se aseguraron de que los treinta peregrinos que habían llegado a ver al rey de los pájaros era el Simurg y que el Simurg eran ellos. Por eso, cuando miraban hacia el Simurg, veían que era efectivamente el Simurg el que estaba en ese lugar, y si acaso dirigían las miradas hacia ellos mismos, veían que ellos eran el Simurg. En fin, cuando miraban a ambos lados a la vez se aseguraban de que ellos y el Simurg no formaban en realidad más que un solo ser. Ese único ser era el Simurg y el Simurg era ese ser. Nadie en el mundo oyó decir algo parecido. Entonces se sumieron todos en el embeleso y se entregaron a la meditación sin poder meditar. Como no comprendían nada de ese estado de cosas, interrogaron al Simurg sin servirse de la lengua; y le pidieron que les desvelara el gran secreto, que les diera la solución del misterio de la pluralidad y de la unidad de los seres.

Entonces el Simurg les dio, sin utilizar tampoco la lengua, esta respuesta: ‘El sol de mi majestad-dijo-, es un espejo; el que viene se ve en él, en él ve su alma y su cuerpo, se ve todo entero. Puesto que habéis venido hasta aquí treinta pájaros, os encontráis treinta pájaros en el espejo. Si vinieran aún cuarenta o cincuenta pájaros, la cortina que oculta al Simurg se abriría de igual modo. Y aunque hayáis cambiado totalmente, os véis igual a como érais antes’."

Attar, farmacéutico, poeta y peregrino persa del siglo XIII, veló su viaje a La Meca en este magnífico poema alegórico que reproduce, por debajo de sus espléndidas y redundantes analogías y tropos, el sentimiento del peregrino, quien tan pronto se halla entre treinta como cincuenta o mil viajeros, y al que el sol de la proximidad con lo sagrado le aniquila el ego para devolverlo a la luz inmarcesible del Yo. Esa experiencia, empero, no pertenece al orden temporal, por más que el viaje se realice en tal o cual año de la vida del peregrino. El rey de los pájaros o Simurg espera de siempre hasta siempre a que se lo descubra. Y la identidad divina es una suerte espejo vacío, un espejo sin límites dicen los sufíes. La mención del polvo de carbón, fehm, indica, según hemos visto, que el negro de la túnica que cubre la Kaaba alude a la sabiduría, pero también señala que la prueba iniciática por la que ha de pasar el peregrino es una aventura de fuego, un paseo por las llamas de la voluntad. Attar mismo escribió: "El verdadero peregrino convierte el espacio en fijeza", es decir que logra extraer de él su eje, su esencia. Y el murciano Ibn Arabí anotó: "Waqif es el que se para y alude al buscador en el momento en que alcanza su objetivo, tanto si permanece en contemplación como si regresa al mundo." (3)

Ante la piedra negra, entonces, el corazón peregrino experimenta una extra sístole, un salto cuántico semejante al vivido por el viajero cristiano ante el Santo Sepulcro o la catedral de Santiago de Compostela. Allí se hace cierto este juicio de Ibn Arabí: "El tiempo es una espada afilada; si no la cortas te corta ella a tí." Si jamás emprendemos un camino que los resuma todos, de nada habrán valido nuestros muchos viajes. En todas las tradiciones espirituales se nos dice que hay que emplear el tiempo para caminar hacia lo eterno. Suele suceder que, una vez llegados a orillas del río inmortal, el tiempo mismo es visto como inagotable, y las generaciones humanas como plumas de ese pájaro maravilloso que es el Creador, del que somos su cuerpo si y El es nuestro vuelo. Somos sus ojos si El es nuestra mirada.

Hijo del momento o waqt, el sufí es, en tal sentido, un peregrino constante al que el viaje a La Meca ofrece una metáfora completa de la conversión del plomo en oro o, si se quiere, del carbón en luz. Pronunciada, antes de llegar a destino, la fórmula ritual llamada talbiya que dice: "Heme aquí delante de Ti, Señor, heme aquí en Tu presencia", el peregrino confiesa que su entrega es verdadera, total. Realizadas las correspondientes abluciones y despejada de la cabeza cualquier idea mundana, se vestirá con el blanco mismo del sol de la aniquilación y habrá unificado en sí mismo todos los colores y todos los matices. Si eventualmente regresa a la Kaaba, entonces volverá a vivir lo mismo con más profundidad. Pero si, por casualidad, no vuelve jamás a La Meca, habrá cumplido en el hadj con aquello que los maestros sufíes denominan "atravesar los siete valles para llegar a ser quien se es."

Antes de dejar Sinkiang en su primer hadj o peregrinación a La Meca, Abdul Chan, injertador y podador al servicio de los señores de su tierra, leyó la misteriosa frase de Attar el Perfumista que dice: "El verdadero peregrino transforma el espacio en fijeza". Alguien, cuyo rostro se había esfumado con el polvo de las rutas y la procesión de las nubes, se la había obsequiado tras su regreso de la Kaaba, ese cubo negro de la rueda terrestre que, por encima y hacia la bóveda celeste, conecta al creyente con Alrukaba, la Estrella Polar, en cuyo centro de luz se inserta, llegado a su vera, para siempre la conciencia del peregrino. Ingenuo y fervoroso adorador del Único, Abdul Chan dejó sus gardenias al cuidado de su mujer y emprendió el camino.

Atravesó ríos, cruzó puentes, cabalgó desiertos, caminó por valles envueltos en la luz malva de las tardes secas, comió y ayunó, ayunó y bebió de pozos cuya agua sabía a misterio y a sal de muertos, compartió el té de los nómadas y el cordero de los sedentarios, rezó a cielo descubierto en amaneceres brillantes de rocío y meditó sobre la grandeza del Creador en mezquitas que parecían grandes tableros de ajedrez y en cuyos muros la escritura anunciaba prodigios que aún estaban por ocurrir. Promesas e instrucciones para la frente despierta del viajero. Mientras peregrinaba, Abdul Chan, el injertador y podador, experto en gardenias de increíble blancura y ágiles jazmines trepadores, constató que el número de personas que seguían su misma senda crecía. Primero fueron doce, luego cincuenta, más tarde cien, hasta que, al llegar a Medina, comprendió que el grado más alto de la devoción se llama silencio y la más noble de las fraternidades sonrisa. Para adquirir el ihram o la santificación el peregrino mudó sus ropas, se rapó, hizo las abluciones de rigor y comenzó a repetir, con creciente alegría, talbya, talbya, heme aquí, heme aquí, en el momento en que el perímetro del santuario estuvo a la vista. La presión de los cuerpos de los peregrinos que lo rodeaban se hacía cada vez más poderosa y, bajo sus efectos, Abdul Chan se sentía como una gota de agua atraída por un océano insondable, pues ciertamente aquel vasto despliegue de túnicas blancas y de báculos, de rostros en trance y mujeres extáticas, de niños, ancianos, cojos, mudos, ciegos, viudos, ignorantes y sabios, pobres y ricos, sanos o enfermos, oscilaba como una marea cruzada por mil espumas, un despliegue en medio del cual, y a pesar de su aparente caos, brillaba el orden espiritual. La calma, la serena calma de lo unánime estaba allí, el cuerpo de todos en los pasos de cada uno y el organismo de la Umma en los ojos de cada quien estaba allí. Abdul Chan era una rareza asiática en medio del enorme ramo de rostros semitas, pero no la única. De pronto, el heme aquí, el talbya que estaba por encima de las diversas lenguas y los distintos orígenes y las muchas procedencias, sonó a sus oídos como el susurro de una ola que por fin llega a su playa. Cerró los ojos.

Cerró los ojos en el comienzo del tawaf o la séptuple circunvalación dejándose arrastrar por los demás, cuerpo a cuerpo en el flujo humano, en la corriente de la especie, en los pétalos que sobre pétalos revelaban ahora a su olfato el perfume exquisito de las gardenias que cuidaba muy lejos de allí, en Sinkiang. A cada giro, entre el aliento del gnóstico y la sonrisa del extraviado, Abdul Chan se percibía simultáneamente próximo al relieve de la Kaaba y sentado en su silla labrada por la lluvia, rodeado por las pinzas y cuchillos de su oficio. Entonces, en su sexta o séptima vuelta, cuando iba a depositar el beso ritual sobre la piedra divina, Abdul fue succionado a lo largo del eje invisible que unía el santuario a la estrella Alrukaba, polo de los navegantes, guía luminosa del cielo, y oyó su nombre coreado por miles de seres: como todos, también él se llamaba rodilla, genuflexión, amor, hallazgo, certidumbre. Aquella experiencia lo remontaba a los siete sépalos verdes de la gardenia, a las siete vueltas que la flor daba sobre sí misma, girándole la mente en el interior de su cráneo y situando a las direcciones del espacio en equitativa distancia del centro que las coordina y emana, Abdul Chan.

De regreso a su país, cruzando otra vez el lecho hirviente de los desiertos de roca, entre el estupor de la nieve lejana y las flores rojas de las colinas negras, saciado su espíritu, el peregrino se preguntó cómo puede saber la semilla de qué color son las hojas y las ramas si no sube al árbol, cómo puede saber uno que es uno mismo si no sale de si y, recorriendo los extremos de su peregrinaje, entre los hombres y las mujeres del mundo, entre quienes mueren y quienes nacen, junto a los que gozan y padecen, halla por fin el asiento de su reposo. El pan, el hierro, el número o la piedra de su oficio. Tal era el secreto de la frase de Attar el Perfumista, la fijeza de un espacio móvil que revela cuánto vale lo que se tiene cuando se está lejos de ello, cómo huelen las gardenias más allá de su estación, cuánta oscuridad es necesaria para que la blancura exhale, por fin, su comprensivo aroma. Abdul Chan fue a agregar tierra de castaños a los tiestos de sus flores y vio, en su grumosa, oscura opacidad, en su fértil y flexible substancia, la Kaaba del Único, el cubo de la rueda de su propio ser.

Cuando la semilla entiende todo lo que el árbol ha hecho por ella, desciende al suelo segura de su ulterior resurrección.

 

 

Notas

(1) Attar: El lenguaje de los pájaros, Visión Libros, Barcelona, 1978.

 

(2) En persa, lengua en la que está escrito el largo poema de Attar, si murg equivale al número treinta, de ahí que se trate de un juego de palabras. Dios, el Creador, será igual a los que lleguen a El.

 

(3) Ibn Arabí: Viaje al Señor del poder, Sirio, Málaga, 1986.
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