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La plegaria de los hombres en tawakkul

13/05/2004 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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Niños haciendo un du`a
Niños haciendo un du`a

En el Qur’án al-Karim podemos encontrar varios du’a —peticiones o plegarias— realizados por el Profeta Ibrahîm, que la paz sea con él. En ellos vemos condensada su creencia, basada en la destrucción de los ídolos y una experiencia directa de la divinidad a la que una y otra vez sus enseñanzas nos abocan. Estas plegarias nos llevan directamente desde su juventud (entrega a Al-lâh y enfrentamiento con el poder) hasta la fundación de la Kaaba, cuando es un anciano que ruega por las generaciones venideras junto a su primogénito Ismael (as).

La importancia del du’a en la tradición islámica es extraordinario. La plegaria nos pone en contacto con la Realidad: la invocamos y pedimos su protección, su ayuda, su guía, su misericordia. Hablar con Al-lâh, dirigirse a Él, es el mejor modo de sincerarnos y reconocer nuestros más íntimos deseos. Al pronunciar nuestras súplicas estamos expresándonos, fijándole un destino a nuestro anhelo. Ante Al-lâh nadie puede engañarse, pues Él sabe mejor que nosotros lo que contiene nuestro pecho.

Todas las plegarias son una plegaria: aquella que expresa nuestra condición de criaturas dependientes, nuestro anhelo de reintegración y de retorno. Todos los hombres quieren luz, todos los hombres quieren agua, superar todo aquello que los separa y los desgarra y conciliarse con el todo. El du’a es una forma de purificar nuestros deseos, canalizándolos hacia lo Absoluto. Con ello nos libramos de la tiranía de las cosas y nos confiamos a Aquello que da vida (al-Muhyî) y que la quita (al-Mumît), al Único (al-Ahad) que puede perjudicarnos (al-Dârr) o beneficiarnos (al-Nâfi’). Siendo así, ¿qué no esperar de los du’a de un mensajero de Al-lâh?

A través de ellos se expresan los deseos de Ibrahîm, y por tanto su humanidad más carenciosa. Hemos hablado de que en la vida de Ibrahîm se dan “acontecimientos arquetípicos”. Tenemos que añadir: no por ello fríos o distantes, sino (y muy precisamente) desgarradoramente vivos. Lo arquetípico es la muerte, el silencio, la desintegración, el sueño. Algo que sucede en las entrañas, una apertura dolorosa a través de la cual Ibrahîm es hecho, es moldeado por Al-lâh. Somos conducidos de una situación a otra, desde la rebeldía juvenil ante la religión cosificada de sus mayores, hasta la visita de los ángeles y la destrucción de la ciudad de Lut (as). Desde el enfrentamiento con el poder representado por la idolatría hasta la fundación de la Casa de Al-lâh en el valle de Bekkah. Desde el diálogo íntimo con su Sustentador hasta las relaciones familiares, que en su caso se revelan como especialmente conflictivas. Ibrahîm reza, siente temor y lo supera. Es entregado al fuego.

Algunos querrían ver a los profetas como personajes monolíticos, sin fisuras, una especie de héroe espiritual infalible al cual una voz de ultratumba le va dictando lo que tiene que hacer y que decir a cada paso... y sin embargo, al penetrar en la revelación nos encontramos con seres humanos, que cometen errores y que sufren, que tienen problemas familiares y cuya única salida es pedir la guía de Al-lâh, al que suplican desde su soledad esencial de criaturas. En el Qur’án todos los profetas se equivocan, desde el primero hasta el último. Esto es una misericordia de Al-lâh, algo que nos hace pensar que nosotros no somos solo humo, que nuestra humanidad no nos incapacita para recibir la guía, sino más bien todo lo contrario: es el hecho de ser hombres y de querer vivir como tales lo que nos hace abrirnos al mundo como teofanía, manifestación de una Realidad de la que formamos parte.

El primer du’a de Ibrahîm (cronológicamente hablando) lo encontramos en la surat 60 (Al-Mumtahana/La Examinada). Nos situamos en los primeros tiempos de su predicación entre sus gentes, antes de la persecución y del exilio. Si en el capítulo anterior hemos visto la experiencia de Ibrahîm frente al misterio de la Creación, ahora nos abocamos a las consecuencias sociales que tiene esa experiencia.

Ha descubierto que las estatuas que sus mayores adoran carecen de poder en si mismas, y como todo lo creado está destinado a desaparecer. Ha dirigido su mirada directamente hacia la Creación para ver como las estrellas, la luna y el sol se desvanecen. Todo lo que parece inmenso no es nada ante la inmensidad del todo. Descubre a Al-lâh como una fuerza creadora, que no es apresable en una forma, sino que abarca y supera todo lo que las criaturas pueden ver, pensar, imaginar o concebir, y decide entregarse a Aquel que es más grande que todo lo creado.

Este desvelamiento lo lleva a rechazar la religión de sus antepasados, la que profesa su padre y sus conciudadanos. Con esto, se sitúa como un apartida entre los suyos, condenado a un cierto modo de clandestinidad. En el momento de este du’a ya ha iniciado su predicación y lo vemos rodeado de un puñado de discípulos:

Rabbana ‘alayka tawakkalnaa
wa ‘ilayka ‘anabraa
wa ‘ilayka al-mashîr.

Rabbana laa taj‘alnaa
fitnat al lil-ladziina kafaruu
wa agfir lanaa Rabbana.

‘Innaka ‘anta al-‘Azizu al-Hakim.

(Qur’án 60: 5-6)


La traducción de Muhámmad Asad no da con la música ni provoca la resonancia del original, pero representa una aproximación bastante precisa a su contenido:

¡Oh Sustentador nuestro!
¡En ti hemos puesto nuestra confianza
y a Ti nos volvemos: pues a Ti es el retorno!
¡Oh Sustentador nuestro!
¡No permitas que seamos objeto de persecución
por parte de aquellos que están empeñados en negar la verdad!
¡Y perdónanos nuestros pecados,
Oh Sustentador nuestro:
pues sólo Tú eres todopoderoso, realmente sabio!


Una traducción alternativa, sería la siguiente:

Señor nuestro,
nos entregamos a Ti
nos volvemos a Ti
y hacia Ti conduce el porvenir.
Señor nuestro, no nos enfrentes
a los que Te rechazan
y concédenos Tu perdón, Señor.
Ciertamente, Tú eres Inaccesible, Sabio.


La atención está puesta en la trascendencia absoluta de Al-lâh, el cual es nombrado del siguiente modo: Rabb (Sustentador), al-‘Azîz (el Poderoso, Inaccesible, Victorioso), al-Hakim (el Juicioso, el Sabio). En la clasificación tradicional de los Nombres de Al-lâh, estos tres pertenecen a los de Majestad, a través de los cuales se expresa la incomparabilidad y absoluta distancia que separa al Creador de las criaturas, el tanzîh.

Al-lâh es el Sustentador de todos los mundos, hacia el cual todo retorna, ante quien los hombres no pueden sino abandonarse buscando perdón y refugio. La inmensidad de Al-lâh contrasta con la pequeñez de las criaturas, pero el hombre posee la capacidad de nombrarlo, de ponerse en contacto con Él buscando protección.

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