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La importancia del corazón

13/03/2003 - Autor: Abderrahmán Muhámmad Maanán - Fuente: musulmanesandaluces.org
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Corazon
Corazon

(Jutba pronunciada en la comunidad de Sevilla el viernes 15-06-2001)

En el Islam con mucha frecuencia se habla de la extremada importancia del corazón. Corazón en árabe se dice Qalb. En cierta ocasión, Rasûlullâh (s.a.s.) dijo que en el cuerpo hay un pedazo de carne que cuando está sano está sano todo el cuerpo, y cuando está enfermo está enfermo todo el cuerpo, y ese trozo de carne es el corazón, el Qalb. Pero esta palabra tiene un sentido mucho más amplio, implícito en las palabras de Sidnâ Muhammad (s.a.s.), porque el corazón de carne es el receptáculo de un secreto,... tiene a su vez un Corazón, que es el misterio mismo del ser humano. El Corazón es un todo que conforma al hombre. Es la razón de la vida, de las emociones, de los sentimientos, de las pasiones, de la reflexión. El Corazón es la sede de lo bueno y de lo malo que hay en nosotros.

En el Islam siempre se ha dicho que lo más noble que hay en el ser humano es el corazón. El Corazón con mayúsculas, íntimamente ligado al corazón físico que tenemos en medio del pecho, es lo que nos mueve, lo que en nosotros realmente desea a Allah, el que se propone conocerle, el que se esfuerza peregrinando hacia Él. El resto del cuerpo, los demás miembros, son servidores del corazón, son sus ejércitos. El corazón es el rey en medio de su reino, es donde está nuestra fuerza, la fuente de nuestras aspiraciones y energías.

Hay una ciencia que es la ciencia del corazón, que es absolutamente imprescindible. Conocer nuestro corazón es conocernos a nosotros mismos, conocer lo que somos, los medios de los que disponemos, los peligros que nos acechan. Esa ciencia es necesaria para cumplir con el Islam. Sin ese saber, no avanzaremos con rectitud en el mejoramiento de nuestra condición humana y en el conocimiento de nuestro Creador; sin esa ciencia sólo iremos dando tumbos entre arbitrariedades y frivolidades.

En su raíz, el corazón es Fitra, es pura esponjosidad ante Allah y está predispuesto a seguir la senda que conduce a Él, la Senda a la que el Corán llama Hudà, Buen Camino. Entre el corazón receptivo y la Senda se interponen el apetito egoísta (Sháhwa) y la arbitrariedad (Hawà), que lo malean. Su tendencia hacia Allah es desviada por el ego que busca su exclusiva satisfacción y la insensatez que le impide un sosiego con el que juzgar con prudencia. En el corazón luchan entre sí ejércitos de ángeles y ejércitos de demonios, es decir, un sin fin de atracciones opuestas que se disputan al hombre y de las que el hombre lo ignora todo, y de ahí que se les llame ángeles y demonios, por su naturaleza huidiza y misteriosa, que sólo Allah conoce y de la que sólo Él puede informarnos.

Esa batalla dura hasta que uno de los dos ejércitos se impone al ser humano y lo marca con su sello. Los ángeles lo iluminan porque son mensajeros de Allah, susurros que provienen de la Rahma, de la exuberante Misericordia Creadora. Los demonios lo entenebrecen sumiéndolo en las tinieblas de sus orígenes, que son la ignorancia, la maldad, la arbitrariedad y la frustración. Shaitán es la personificación del predominio de las tinieblas, de la arrogancia, de la locura y la desorientación, de las obsesiones que engullen al ser humano y lo torturan en medio del sin sentido. Es el mal del que se aleja todo el que es consciente de su propia humanidad. Según Rasûlullâh (s.a.s.), Shaitán fluye misteriosamente por las venas del ser humano, siempre intentando alcanzar el Corazón. El Imâm al-Gaççâli explicaba que no nos interesa o bien no nos incumbe conocer cuál es la naturaleza de Shaitán (ni la de los Malâika, los ángeles). Es algo que está fuera de nuestro alcance inmediato, y esto se nos evidencia cuando reflexionamos sobre lo esquivo e inasible de los comportamientos humanos. Una ciencia del Corazón debe atender, no a teorías imposibles, sino a enseñanzas prácticas que, fundadas en las directrices de los profetas, nos iluminen sobre la senda de la salud del corazón.

El Corazón, en su naturaleza primigenia en la que es esponjoso a Allah, es como si fuera una fortaleza y Shaitán es como si fuera el enemigo que lo asedia esperando la oportunidad para conquistarlo. Sólo guardando las puertas es protegido el recinto amurallado. Pero únicamente quien conoce las puertas puede guardarlas. Las puertas hacia el corazón son las cualidades del ser humano, y son muchas. Aludiremos tan sólo a las grandes puertas.

Llamamos cualidades propias del ser humano a sus pasiones. Son sus fuerzas, pero también sus debilidades. Son puertas porque con ellas se comunica con el mundo, pero por ellas puede entrar el mal que lo destruya. Una de esas puertas es la envida y la ambición. Cuando el ser humano ansía vehementemente algo o envidia con malicia, es cegado y ensordecido por la fuerza de sus emociones, y Shaitán aprovecha que la luz del corazón se ha apagado para infiltrarse. Y entonces puede llegar a matar definitivamente las posibilidades del corazón y lo sumerge en las tinieblas.

Otra de esas puertas es la ira. Con la ira repelemos agresiones y nos defendemos, pero también enturbia al corazón, y es una ocasión para Shaitán. Si la inteligencia es debilitada por la ira, entonces ataca Shaitán y juega con el hombre haciendo con él lo que quiera. Se ha dicho que Shaitán dice: "Cuando un hombre es rencoroso, le doy vueltas como los niños hace con una pelota".

Otra de las puertas es el amor por las apariencias, el gusto por lo superfluo, el apego a las formalidades, la atención al qué dirán, pues Shaitán puede convertirlo en obsesión y entretener a un hombre toda su vida en lo que carece de importancia, y así mata las posibilidades del corazón.

Otra de las puertas es satisfacer todos los apetitos, porque los fortalece y se convierten en tiranos con exigencias cada vez mayores, trasformándose en gula, lujuria, avidez...

Otra de las puertas es la vileza. Quien quiere obtener algo adulando a alguien, quien se humille ante sus semejantes hasta convertirlo en costumbre, ése jamás podrá alzarse hasta Allah, y se convierte en esclavo de Shaitán, de lo más bajo.

Otra de esas puertas es la prisa. Rasûlullâh (s.a.s.) dijo: "Las prisas son de Shaitán y la calma viene de Allah". No actuar precipitadamente es de sabios mientras que las prisas suelen hacernos errar el blanco, y por entre medias y sin que lo advirtamos Shaitán tiene ocasiones que desorientan al que no somete sus decisiones a la luz de la prudencia.

Otra de las puertas es el amor a las riquezas. Cuando la pasión por el dinero se apodera del corazón lo estropea, lo debilita ante Shaitán, que lo convierte en obsesión y el oro se convierte en un fin en sí mismo, y ya nada queda de lo humano. Ese amor hacia la riqueza se acaba convirtiendo en avaricia, en temor a la pobreza, en injusticia.

Otra de las puertas es el fanatismo y también la tendencia a fanatizar a la gente. Quien ama el poder, busca cegar a los demás, y en todos esos procesos se va perdiendo la capacidad del corazón para intuir a Allah, y se estrechan sus horizontes.

Otra de las puertas es la elucubración, la reflexión vana, la pasión por las polémicas. Quien sustituye la sabiduría por las palabras, quien se entrega a los sofismas, no puede esperar alcanzar la Verdad, porque es lo que menos le interesa. La sustituye por habilidades de Shaitán, que quiere ocultar lo verdadero y distraer la atención del corazón.

Otra de esas puertas es la sospecha. El que se aficiona a sospechar de los demás cae en una de las más terribles trampas de Shaitán. Se pasará la vida entera vigilando otras vidas y desatendiendo la suya, y jamás progresará en la Senda hacia la Inmensidad de Allah. El Corán y la Sunna ponen especial acento contra estos vicios y condenan sin concesiones esta actitud que acaba en paranoias y obsesiones, que son el reino de Shaitán.

El modo de curar todas las enfermedades que hemos mencionado es el esfuerzo sostenido y la disciplina que debe proponerse purificar el Corazón. Sabiendo que esos males son trampas mortales, el musulmán debe estar atento a sí mismo y corregir las debilidades de su corazón, saneándolo hasta que esté a salvo. Todo ello, apoyándose en Allah, en quien está la verdadera medicina.

Todo musulmán y toda musulmana debe prestar mucha atención a los males de su corazón. Debe corregir todas las inclinaciones que permitan a Shaitán conquistar el centro de su ser, pues Shaitán es fuego, y el fuego es dolor. En el lado contrario está la luz de Allah, la inmensidad, la apertura, una vida mejor y un mundo mejor.

Verdaderamente es musulmán quien presta atención a su propio comportamiento, sus propias pasiones, a sus sentimientos, y es capaz de analizarlos con sensatez, mejorando todo lo mejorable, combatiendo todo lo que lo lleva a un mal fin, buscando siempre lo mejor. Ése es el que va sobre una Senda Recta, cuya meta es el universo sin horizontes de su Creador Infinito.

Sidnâ Muhammad (s.a.s.) invitó a los musulmanes a estar atentos, a estar alerta, a ser centinelas sobre sus corazones, a un Yihâd que los ennobleciera. Ésa es la más justa de las luchas, en las que el musulmán toma las riendas de su ser y lo conduce al triunfo.

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