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Aoztoc

De Como Recuperar o Perder Uno su Cara

15/12/2002 - Autor: Ali Nuñez - Fuente: Verde Islam 19
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Este era un Juan, el Juan Remolino, y este era otro Juan, el Juan Manantial. Eran dos Juanes: uno lejos de otro hasta que se pusieron frente a frente. Este fue el primer dialogo. Juan Manantial traía su cara, su rostro al descubierto, pero Juan Remolino hablaba detrás de sus mascaras.
Dice el Manantial:

— Oye tú, quítate esa mascara, porque así no se puede hablar, no sabe uno con quien esta hablando.

— Tengo miedo de quitármela, a lo mejor y abajo no hay nada.

— Yo te la quito, no te preocupes.
Entonces Juan Manantial le arranco la mascara que era una mascara de León Feroz.

Pero cual no seria su sorpresa que abajo de esta había otra mascara, la mascara de Niño Perdido. Que se la arranca y todavía había otra debajo de esta, la mascara de Perro Cogelón, la tercera mascara. Juan Manantial juro que seria la ultima, y no, resulta que debajo de la mascara de Perro Cogelón estaba la mascara de la Muerte que es una blanca y pulida Calaca. ¡La Calaca! Que se la arranca y la quinta era la mascara del arcángel San Gabriel. Debajo de esta estaba la sexta, la mascara de Payaso. Que se la arranca y estaba la séptima mascara, la última mascara, la Virgen de Guadalupe. Juan Manantial respiro profundo y arranco la ultima mascara y ¡zaz! que se acaban las mascaras ¡y no había cara! había nada. El Juan Manantial le coloco una sobre otra sus siete mascaras como quien le regresa sus muletas a un cojo.

— ¿Donde perdiste tu cara?

— No se, amigo, quizá en el cielo, quizá en el infierno, quizá en el vientre de mi madre, quizá en el sitio escondido. Siempre he traído mascaras y hasta hoy no he sabido que no tengo cara.

— Vamos a buscarla, Remolino, quien quita y la encontremos.

Y se ponen a buscarla en la ciudad, porque en la ciudad hay cielo, infierno, vientre y sitio escondido. ¿Como era Juan Manantial?

Manantial, lanza de luz,
dizque sol que ronda y ronda,
dizque antebrazo perfecto,
dizque precisa la boca:
el brazo para curar
la boca para las rosas
dizque corazón de tilma
dizque jinete que monta.
¿Y como era el Juan Remolino?
Remolino del infierno
el de la quijada rota
el de la lumbre dispersa
el de la carne de soga
el del pellejo rajado,
carne sin beso y sin hojas
hermano de los desnudos,
limón de noche borrosa.

Así pues que se ponen a buscar esa cara perdida. Y por principio se van al barrio de las putitas y le preguntan a la madrota sino ha visto por ahí una cara perdida.

— Suban, suban, muchachos, súbanse a la cama, quien quita y la encuentren.
Suben los Juanes a la alcoba donde estaban dormidas quince putitas en una cama grande como una plaza. Debajo de un mosquitero tan amplio como el cielo dormían una junto a otra, como angelitos de niñas en medio de un sueño blanco. Entonces los dos Juanes se meten debajo de la cama para buscar la cara, pero en ninguna basinica la hallan, pero mientras están ahí las putitas se despiertan y así platicaban:

— ¿Quien se acostó contigo en la noche, hermanita?

— Se acostó conmigo un tal arcángel

— ¿y te pago?

— Si, me pago con una cara de hombre que se robo hace treinta años del vientre de una madre.

— ¿Y donde pusiste tu paga?

— Aquí la tengo entre mis senos.

Los Juanes esperaron a que de nuevo se durmieran las putitas, una junto a la otra, como angelitos de niñas recién nacidas o recién moridas.

— Anda, sube por tu cara.

— Me da miedo. No he probado mujer.

— No seas imbécil. Échate sobre ella como sobre un abismo, un incendio, el mar furioso, y ya sobre de ella, verás que solo es la tierra.

Así estuvieron jaloneando las palabras hasta que el Remolino subió a la cama, subió a la mujer hasta sus senos. Abismo. Fogata. El Océano. La tierna Tierra, palpitante, fecunda y tibia, tal como le contara el Manantial. Pero no estaba la cara entera sino un tercio de cara. Juan Manantial le quito las siete mascaras y le pego el pedazo de cara, pedazo de abajo: boca, barbilla y cachetes.

Se fueron al barrio de los ladrones. Había un frío sucio y era de noche y en el medio de la noche una ciudad de cartón-chapopote y carteles de políticos. En el centro de la ciudad de los ladrones había un campo de fútbol y ahí se había congregado una turba violenta alrededor de una gran fogata de llantas gastadas. Los Juanes se escondieron detrás de una barraca a oír el bramido del odio y de la injusticia.

— No tenemos pan pero tenemos al panadero.
— No tenemos agua pero tenemos al fontanero.
— No tenemos a dios pero dizque su hijo murió entre nosotros.
— Los patrones si que tienen pan. Quememos sus fábricas.
— El gobierno es de los ricos. Quememos el palacio Nacional.
— Los curas están bien cebados. Asaltemos las iglesias.

Entonces dijo el líder:

— A ver tesorero ¿con cuanto contamos para prender una revolución?
— No tenemos un solo quinto, pero en el fondo de la caja queda un pedazo de cara que nos dio un diablillo por saquear los cepos de limosnas de la iglesia de San Francisco.
— Para algo ha de servir ese pedazo de cara. A lo mejor es un pedazo de cara de algún periodista, de algún arzobispo o de algún ministro... del que sea, pero nos pagaría para recobrar su pedazo de cara, aunque a estos no les importa la cara sino la mascara.

Guardaron el pedazo de cara en la caja y siguieron calentándose las manos diestras en la fogata negra.

Le dice Juan Manantial al Juan remolino:

— Anda, ve por tu pedazo de cara.
— Me da miedo. Me van a hacer papilla. ¿Que les puedo decir? Los ladrones no estudian a Freud.
— Tú aviéntales tu palabra como pedrada, con que les avientes una palabra verdadera, tan solo una, los convencerás; están hartos de mentiras. Y ya puedes decirles una palabra sincera con tu pedazo de cara: boca, cachete y barba.
Entonces el Remolino se puso de un brinco en medio de la turba a la luz de la negra fogata. Lo recibió un rugido de ciclón oscuro:
— ¿Quien eres?
— Yo soy un hombre que perdió un pedazo de cara. Ustedes son lo que son y si tienen cara pero la tienen prestada al rico, al gobierno y a la fábula. La cara solo con sangre se salva y se lava. Y entonces el Remolino a la luz de la fogata comenzó a quitarse las siete mascaras una a una, con gran sentido dramático, y los ladrones estaban felices por el gratuito espectáculo. Cuando se despojo de la última y apareció el pedazo de cara: boca, cachete y barba, los ladrones le aplaudieron y chiflaron emocionados y le entregaron el pedazo de cara, pedazo de en medio: orejas, nariz y ojos, ya nomás le faltaba la frente.
— Ya nomás te falta la frente. Vamos a buscar la frente.
— Ya me canse, ya con lo que tengo la iré pasando, mas o menos...no hay que ser tan ambicioso.
— Eso te crees tu. Una cara o vale entera o no vale nada.
— Eso crees tu. A mi me gusta la perdición y me place la protesta. Mi cara incompleta que le grite al Altísimo mi protesta. A mi me gusta lo roto, rajado y perdido.

Y no hubo poder humano de sacarlo de su decisión. Al Manantial no le cabía en la mente que así fuera el Remolino, pero ¿como va a comprender un Manantial a un Remolino? A este Remolino le pusieron el nombre de Aoztoc los de la laguna. Y entonces fue que se desapartaron los dos Juanes y ya no se volvieron a ver en vida sino hasta que llego la Muerte y a ambos los junto en el Sitio Escondido. Luego se dieron un abrazo y se estrecharon la mano con gran alegría. Entonces el Manantial vio que el Remolino traía su cara completa, y en cambio el Manantial traía rajada la frente, rajada, abollada, hecha una lastima. Estaban los dos muy tranquilos esperando el Juicio, así que sin prisa y sin frío se pusieron a dialogar:

— ¿Como conseguiste tu tercer pedazo de cara; ceño, sienes y frente?
— Solita creció nomás de ver pasar el agua. Y a ti ¿Como fue que se te rajo la frente?
— Pues no me lo vas a creer pero por lo mismo, por ver nomás pasar el agua.
Y en eso estaban cuando llegaron al Juicio. No tuvieron que esperar mucho, alueguito les dieron el pase y ahí en el juicio estaba... a que no adivinan quien... ¡pues el Divino Rostro! Confrontaron sus caras los tres y era la misma Cara. Se rieron los tres y aun se siguen riendo. Dijo el Divino Rostro:
— Venid a mí, los de la frente rajada, porque de vosotros es el Sitio Escondido donde se detiene el agua.

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