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Circuncisión femenina: un ritual que mutila a dos millones de niñas cada año

06/08/2002 - Autor: Ricardo López Dusil - Fuente: www.elcorresponsal.com
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Ricardo López Dusil
Ricardo López Dusil

Se calcula que unas 130 millones de mujeres han padecido distintos grados de mutilación en 28 países del Africa negra, algunas naciones del Medio Oriente y también en comunidades de Paquistán, Indonesia y Malasia.

Sólo tres dólares y el enorme peso de una primitiva tradición cultural arrastraron a Amira y a Warda a una muerte absurdamente prematura. Amira Mahmoud Mohamed tenía cuatro años y Warda Hussein el-Sayyed, tres. Las niñas, de la región de Armant, una población en el encantador valle del Nilo, murieron desangradas en manos de un médico que las sometía a la circuncisión femenina, una práctica que sólo en Egipto afecta a 3600 niñas por día, según datos no oficiales de organismos de derechos humanos.

Pese a que el 95 por ciento de las mujeres de áreas rurales y el 73 por ciento de las residentes urbanas han sido víctimas de tales prácticas, Egipto no es ni una excepción ni tampoco el país en el que el ritual está más extendido. Datos proporcionados por Naciones Unidas, Unicef, Unesco y la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelan que actualmente 130 millones de mujeres han padecido distintos grados de mutilación sexual en 28 países del África negra, algunas naciones del Medio Oriente y también en comunidades de Paquistán, Indonesia y Malasia.

Las Naciones Unidas tienen verificados casos aislados en inmigrantes africanos, o descendientes de ellos, establecidos en Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Holanda, España y Brasil.

Cada año, dos millones y medio de niñas y adolescentes pasan a integrar el numeroso grupo de mutiladas, a un promedio de cinco por minuto.

Resistencia a los cambios

Pese a la presión ejercida por diversos organismos, fundamentalmente occidentales, para poner fin a esta práctica, la circuncisión femenina está muy lejos de ser erradicada. A la resistencia de los sectores sociales que la consideran un camino imprescindible hacia la purificación, muchas veces se agrega la callada complicidad de las autoridades, que no quieren perder respaldo en sectores populares afectos a esas tradiciones, y la ambigüedad de muchos intelectuales africanos, que si bien se oponen a la mutilación genital no la combaten abiertamente para no convalidar lo que consideran intromisiones culturales de los países dominantes.

Aunque la ablación está formalmente prohibida en los 26 países africanos firmantes de la Declaración de Addis Abeba, en ninguno de ellos se registraron progresos: la mutilación se sigue practicando fuera de los alcances del control sanitario estatal.

Un voluntario español de la organización humanitaria Médicos sin Frontera conoce el poder de la tradición. "En una misión en Costa de Marfil logramos convencer a una mujer que quería hacer circuncidar a su hija de 12 años por un barbero que la operación no sólo entrañaba riesgos sino también graves consecuencias posteriores, tales como hemorragias, anemia, retención de orina, infecciones pélvicas y desgarramientos en los partos. La mujer escuchó atentamente y nos hizo caso, pero unos días después llegó al hospital con su hija en brazos desangrándose. La había sorprendido mutilándose ella misma porque sus amigas no le hablaban. Cuando la chica se recuperó, comentó que la experiencia le había resultado terriblemente dolorosa, pero que no tenía alternativas: de lo contrario, no conseguiría marido ni reconocimiento de sus pares. Ahora puede sentirse respetada."

Verdaderas amputaciones

Según las sociedades a las que pertenezcan, las niñas son sometidas a distintas formas de ablación. La OMS reconoce cuatro estadios: el tipo I, conocido como sunna y que constituye la forma menos severa, consiste en la remoción de la punta del clítoris; el tipo II implica la escisión del clítoris en su totalidad, seguida por la aplicación de huevo u otra sustancia adhesiva para favorecer la cicatrización; el tipo III consiste en la remoción del clítoris y del labio menor, y el IV, conocido como circuncisión faraónica, añade a la anterior la escisión de la parte interna del labio mayor. Luego, la herida es suturada dejándose un pequeño orificio, de medio centímetro de diámetro, para permitir el paso de la orina y más tarde del flujo menstrual.

Esta infibulación produce un gran daño en los genitales externos de la mujer, ricos en vasos sanguíneos, lo que afecta seriamente no solamente su capacidad para sentir placer sino que le acarrea graves complicaciones de orden ginecológico.

La ablación más radical constituye aproximadamente el 15 por ciento de las operaciones que se realizan en África, pero es la práctica más usual en Somalia y Sudán, donde el 82 por ciento de las mujeres sufren esta intervención. La operación masculina equivalente consistiría en la remoción del pene, de sus cuerpos cavernosos y de parte de la piel del escroto.

Aunque muchas de las mujeres circuncidadas pertenecen al culto islámico, el ritual no tiene vinculación con la religión. De hecho, hay testimonios de tales prácticas antes del advenimiento del Islam e inclusive del cristianismo. En países musulmanes de estricta observancia religiosa, como Arabia Saudita, Siria, Irán, Irak, Túnez, Argelia o Turquía, es un ritual desconocido, mientras que se lo practica entre los coptos de Egipto, los cristianos de Sudán, los judíos falasha de Etiopía y entre tribus de culto animista.

Así como el origen de la mutilación se pierde en el tiempo, las razones para hacerla se insertan en la ignorancia, la superstición y la dominación masculina. Muchos de los defensores de la circuncisión femenina sostienen argumentos tales como que garantiza la pureza de las mujeres, asegura la higiene, hace dóciles y sumisas a las niñas, preserva el buen juicio de la mujer, diferencia lo femenino de lo masculino, evita el crecimiento desmedido del clítoris, hace fértiles a las mujeres e impide comportamientos promiscuos.

Cómo erradicarla

En general prevalece la idea de que la mejor alternativa para combatir este ritual es la educación y que la prohibición sólo lograría empeorar las condiciones de su práctica, de por sí primitivas. La circuncisión es asumida en muchos países africanos como una de sus señas de identidad, por lo que los intentos externos para erradicarla, sobre todo si se sostiene que es un acto bárbaro o salvaje, no hacen más que afianzar su estimación por esta práctica.

Los pocos intentos que se han realizado para eliminarla legalmente fracasaron. Así ocurrió en Kenia a principios de siglo, durante la colonización británica, y en Sudán, donde se propuso ilegalizarla en 1946. Los misioneros cristianos asentados en Burkina Faso intentaron hace décadas abolirla, amenazando con excomulgar a quienes sometieran a sus hijas a ese rito, pero también fue inútil.

La OMS apuesta a combatir el ritual con información dirigida a jóvenes y líderes locales y religiosos con capacidad para influir en sus ámbitos de pertenencia. Tal vez ése sea el mejor camino, pero inevitablemente lento: se estima que hasta la erradicación de esta práctica tres generaciones de mujeres habrán sido víctimas de ella.

La ceremonia

En la vastedad africana, cada región ejecuta distintos rituales de iniciación sexual, generalmente caracterizados por una actitud estoica del iniciado ante el dolor. En las zonas apartadas de los grandes centros urbanos, generalmente son los ancianos del clan los que seleccionan a las candidatas, la madrina y la fecha del ritual de la circuncisión.

Las chicas, que suelen esperar el día con expectación y entusiasmo, son preparadas psicológicamente por sus mayores para superar la prueba con valentía. Llegado el día del rito, las jóvenes suelen ser amarradas para que no se muevan, se pronuncia una breve oración y se realiza la intervención, que las chicas deben soportar en silencio si no quieren deshonrar a sus padres.

En la mayoría de los casos no se usan anestésicos ni instrumental quirúrgico y los cortes, generalmente desgarradores, se realizan con elementos cortantes caseros o con piedras afiladas. En las suturas se emplean fibras vegetales. La herida se cubre con una cataplasma de plantas medicinales para contener la hemorragia y ayudar a la cicatrización.

En algunas tribus, como los cognagui, de Guinea, las chicas deben bailar tras la intervención para demostrar que no sienten dolor. La ceremonia concluye entre 24 y 48 horas después, lapso durante el cual las "nuevas mujeres" no comen ni beben.

Testimonio de una supermodelo

Waris Dirie parece una escultura en caoba. Su cuerpo no es atlético, sino espigado. Alta, delgada, de piernas largas, tiene la gracia y los movimientos ondulantes de las mujeres de la planicie africana y un rostro sereno, cargado de misterio. Su sofisticada belleza le abrió caminos en el mundo de la moda: tiene un millonario contrato con Revlon y el antecedente cinematográfico de haber sido una de las inolvidables chicas Bond.

Sabe que es un objeto de deseo del imaginario masculino, toda una paradoja si se considera que el placer del sexo es una sensación que tiene vedada.

En septiembre de 1996 fue nombrada por la UN embajadora especial para su campaña en contra de la mutilación femenina.

Derie tiene una historia de película, pero es real. Nació en Somalia, en una familia nómada que vagaba por la planicie en busca de alimento. Ignora su edad, pero decidió que podría ser 34. Cuando tenía aproximadamente 5 años su madre la condujo a la oscuridad del desierto, le pidió que no luchara y dejó que una mujer gitana le extirpara el clítoris. Después, la cosieron con espinas de plantas y le ataron las piernas, para evitar que la herida se abriera, durante los siguientes cuarenta días.

"Un día mi madre me dijo: mañana es el día para el gudniin. Yo estaba esperando ese día con ansiedad. Quería ser como las demás chicas, pero también estaba nerviosa porque había visto a mi hermana sufrir cuando se lo hicieron.

"Mi madre me levantó temprano, cuando todavía era de noche. La mujer que lo hizo sacó una hoja de afeitar y cortó. Yo podía ver sobre ella la sangre seca de otras chicas a las cuales había mutilado. La hoja no tenía filo, por lo que tuvo que cortar y cortar. Podía escuchar mi carne desgarrándose. Tomó mucho tiempo. Mi madre me había dicho que no dolería. Me puso un palo en la boca y me dijo que tomara su mano. Desde ese día, aprendí lo que es el dolor, pero si no lo hubiera hecho habría sido muy vergonzante para mi familia. Nunca me hubiera podido casar".

Ritos

Un triunfo singular para las organizaciones que luchan contra la circuncisión femenina se dio en Costa de Marfil, donde lograron el apoyo de Maire-Guy Bah Kone, una mujer de 65 años que durante 40 fue una experimentada ejecutora de la ablación.

Ella acepta ahora poner fin inmediatamente a este ritual, pero advierte que será necesario aplacar la ira de las fuerzas ocultas, para lo cual propone que las autoridades financien otros rituales de fuerte arraigo popular que requieren el sacrificio de animales.

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