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La mujer y el sistema educativo

27/05/2002 - Autor: Aisha Bewley
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Musulmanas
Musulmanas

Para una mujer es obligatorio adquirir un conocimiento completo de sus obligaciones religiosas, como el salat (oración), el saum (ayuno de Ramadán),el zakat (impuesto) y el hayy (peregrinación), además de otras aspectos sociales como el comercio y los negocios. Si el mando no es capaz de proporcionar este conocimiento, la mujer, bajo la ley islámica, tiene la obligación de buscar este conocimiento. El famoso sheij nigenano, sheij Uzman dan Fodio, dice lo siguiente en Irshad al-Ijwan:

«Si él le niega el permiso, ella podrá ir en esta búsqueda sin su permiso y no tendrá ninguna culpa, ni incurrirá en ninguna falta por ello. El gobernante deberá obligar al marido a permitir que su mujer se eduque, igual que le debería obligar a que la mantenga; no obstante el conocimiento es superior al mantenimiento, sin duda alguna».

En Nur al‑Albab, afirmó que los estudiosos que se opusieran a la educación de las mujeres eran hipócritas «demonios entre los hombres»

«¡Cómo pueden dejar a sus mujeres, hijas y sirvientas en la oscuridad de la ignorancia y del error, mientras enseñan a sus estudiantes día y noche! No persiguen más que fines egoístas; enseñan a sus estudiantes sólo para exhibirse y por orgullo. Esto es un gran error».

Y añadía que enseñar a los estudiantes es voluntario, mientras que enseñar a la familia propia es obligatorio. En el mismo libro decía lo siguiente:

«¡Mujeres musulmanas!. No escuchéis a aquellos que están equivocados y que hacen equivocarse a los otros; a aquellos que tratan de engañaros pidiéndoos que obedezcáis a vuestros maridos sin pediros antes que obedezcáis a Al-lâh y a su Mensajero. Dicen que la felicidad de una mujer reside en obedecer a su marido; lo dicen sólo para satisfacer fines egoístas y para saciar sus deseos a través de vosotras. Os obligan a hacer cosas que ni Al-lâh, ni su Mensajero os han impuesto, como cocinar, lavar ropa, y cosas similares, sin embargo no os exigen que llevéis a cabo las tareas reales que Al-lâh y su Mensajero os han impuesto».

Sheij Dan Fodio, en su libro al‑Irshad, también expone que las mujeres deberían exigir su derecho a la educación. Tanto las mujeres como los hombres han sido creados con el único objeto de servir a Al-lâh y ello no se puede conseguir sin una educación verdadera:

«Si la mujer exige al marido sus derechos sobre asuntos religiosos y le plantea que le eduque en la religión o le permita buscar esa educación en otra parte; por ley, si el caso se llevará al gobernador, éste tendría que obligar al marido a dar permiso a la mujer, igual que si ella le estuviera exigiendo derechos mundanos, ya que los derechos religiosos son superiores y prioritarios».

El sheij formula la siguiente pregunta en al‑Irshad:

«según la ley indica, las mujeres deberían ir en busca del conocimiento que sus maridos no pueden ofrecerles; ¿qué ocurre cuando un estudioso va a enseñar sobre Islam en un lugar que no se puede dividir en dos zonas para el público, sabiendo que las mujeres acudirán? "Debería permitir que mujeres y hombres asistieran a su enseñanza; pero previniendo que se entremezclen en su presencia y si eso ocurre debería poner a un lado a los hombres y a otro a las mujeres"».

El derecho que tienen, por lo tanto, las mujeres a recibir la educación de sus maridos o si no, a buscarla en otra parte, está reconocido por todos los eruditos. Uno de los primeros estudiosos de la escuela maliquí llamado lbn al‑Hajj, un crítico severo del comportamiento demasiado liberal de las mujeres de El Cairo en aquel momento, escribió:

«Si una mujer exige el derecho a tener una educación religiosa y lleva el caso a un juez, su petición estará justificada porque tiene derecho a que el marido la enseñe o a acudir a otra parte para adquirir esta instrucción. El juez tendrá que obligar al marido a cumplir está exigencia, igual que lo haría con sus derechos no religiosos, ya que sus derechos religiosos son los más importantes».

Ahora pasaremos a hablar brevemente del sistema educativo en Islam. El sistema educativo tradicional islámico era informal: la transmisión del conocimiento dependía de una relación personal con el maestro, que frecuentemente se basaba en el pago de una cantidad. Los estudiantes una vez instruidos recibían una iyaza, una certificación otorgada por un maestro que acreditaba al estudiante para enseñar una materia en concreto o trasmitir un libro o una colección de tradiciones específicas.

La madrasa formalizó en cierta manera el proceso, pero a su vez, abrió puertas a que más gente estudiara. Antes de los siglos V/XI, las mezquitas eran los principales lugares para la enseñanza. Los maestros eran pagados por los estudiantes, por el gobernador o por algún benefactor. La madrasa Nizamiyya que se estableció en Bagdad en 459/1067, ofrecía sueldos a los profesores; los estudiantes también recibían algún dinero y, en ocasiones, alojamiento. Con ello se favorecía a los estudiantes, al aligerar la carga económica que suponía el estudio.

Durante el periodo mameluco hubo un gran número de mujeres benefactoras de las madrasas. Datan de esta misma época al menos cinco madrasas establecidas por damas en El Cairo, mientras que en Damasco fundaron siete. A veces era la mujer quien hacía el papel de supervisora administrativa de estas instituciones. Era frecuente la existencia de condiciones que aseguraran la dirección de la madrasa llevada a cabo por mujeres.

Además de dedicarse a la creación de instituciones educativas, tomaban parte activamente en el aprendizaje. Según comenta lbn al‑Hajj, era frecuente que las mujeres se reunieran con los hombres en las mezquitas para oír a los sheijs la lectura de libros en voz alta. Y añadía:

«Veamos lo que hacen las mujeres cuando los hombres se reúnen con un sheij para escuchar la lectura de libros. Ellas acuden a escuchar estas lecturas; los hombres se sientan a un lado, y las mujeres en otro situado frente a ellos. En ocasiones, incluso alguna se entusiasma con la situación; otra se levanta, se vuelve a sentar y grita en voz alta».

Era tan habitual la intervención de las mujeres en la educación, que as‑Sakhawi dijo lo siguiente sobre una de ellas, «Si tenemos en cuenta que su familia es conocida por ser culta, no dudo que ella haya obtenido iyazas». De esta manera, reconocía que las mujeres de su tiempo eran cultas. De las 1.075 mujeres que aparecen en ad‑Daw’ al‑Lami’, un diccionario biográfico del siglo IX/XV cuyo autor es as‑Sakhawi, 411 aparecen mencionadas en la lista por logros educativos: por memorizar el Corán, por haber estudiado con algún erudito o por haber recibido alguna iyaza. Muchas de las citas son demasiado breves como para dar detalles. As‑Sakhawi también menciona a hombres que recibieron iyazas de mujeres eruditas. El mismo dice haber estudiado o recibido iyazas de 68 mujeres.

Durante aquella época no eran necesarios unos espacios separados para la enseñanza. Los historiadores refieren, que en El Cairo de los mamelucos había chicas cuyos padres o hermanos las llevaban a clases a una madrasa. EL camino más común por el que accedían las mujeres al aprendizaje, era recibiendo las enseñanzas de parientes masculinos bien formados.

Por otra parte algunas casas particulares estaban destinadas exclusivamente a la enseñanza de mujeres. Se recuerda a una dama bien educada del siglo XV, cuya familia tradicionalmente se dedicaba a la instrucción religiosa de las mujeres «Su casa era un lugar de reunión para viudas o divorciadas, y se formaba a las chicas jóvenes»

En el año 684/1286 se fundó la institución Ribat al-Baghdadiyya por una de las hijas de Baibars, un sultán mameluco, y hubo muchas más. También en las residencias se ofrecía educación. En ellas las mujeres de edad, las divorciadas o las viudas sin cobijo tenían un lugar para vivir hasta su muerte o hasta un nuevo matrimonio. La sheija que se ocupaba de administrar la institución, también enseñaba regularmente el fiqh a las residentes.

Esto ocurría en un ambiente urbano y sofisticado como existía en El Cairo. Pero también había otros métodos de enseñanza en los ámbitos rurales. La hija de ‘Uthman dan Fodio, Asma’, difundió una manera de impartir la enseñanza que ha continuado vigente hasta nuestros días. Elegía a mujeres maduras, sabias, inteligentes y de carácter responsable para que dirigieran los grupos de mujeres en las aldeas, y daba a cada líder de grupo un símbolo de autoridad. Así acudían, en grupos sin escolta a la capital Sokoto, donde Asma las recibía y les ayudaba a resolver sus problemas. Les hacía aprender poemas llenos de contenido; ellas los memorizaban y volvían al pueblo a enseñarlos. Los poemas eran fáciles de recordar, desarrollaban la memoria y trasmitían el conocimiento. A Asma la siguió su hermanastra Maryam en esta tarea. El califa solía pedirle consejo acerca de los asuntos de Kano. Su influencia perduró hasta la llegada de lo británicos.

Jean Boyd, describe en 1404/1984 a la Modibo de Kware (Hajara), la tataranieta de Sheij ‘Uthman, nacida alrededor de 1318/1901. Se casó a los doce años con el hijo del gobernador de Kasarawa y continuó su educación bajo la dirección de dos maestros (un hombre y una mujer). Hablaba árabe y hausa, y poseía una colección de libros y manuscritos. Nombraba a las líderes de los grupos y les ponía un turbante como distintivo. Cada aldea de Kware tenía alumnos. Solían venir a visitarle desde muy lejos. En el mes de marzo de 1984, Boyd vio llegar a un grupo de nueve, que traían cereales para darlos como sadaqa (limosna). Ella solía ofrecer consejo y resolvía las desavenencias y malentendidos. Por la noche las mujeres se acercaban a escucharla recitar Corán, mientras que durante el día enseñaba a niños y a niñas.

Nos preguntamos, ¿Qué ha ocurrido? Al final del periodo mameluco había numerosas mujeres cultas que tenían iyazas y enseñaban. Sin embargo en el siglo XIX casi no se encuentran. Algo sucedió durante este periodo. Falta un estudio a fondo de este momento, tal y como mencionamos en el prólogo. Personalmente, creo que la influencia europea jugó un papel importante en ello, quizás también fuera un proceso de infiltración cultural como ha ocurrido con el hinduismo en el Subcontinente indio. De todos modos convendría investigarlo y observar las diferencias existentes en el Subcontinente indio antes y después de 1857, cuando el gobierno de los mogoles llegó a su fin. Es probable que la inseguridad, causada por la colonización, fuera un motivo, tal y como lo fue el resentimiento provocado por la actitud despreciativa de los colonialistas. Sin duda, el cambio fue menos aparente en zonas como Mauritania y el norte de Nigeria, donde la influencia europea era menor, y quizás hoy se puedan encontrar a mujeres que conocen el Muwatta del Imam Malik de memoria.

Como hemos visto, no existe ningún fundamento para argumentar que la educación esté prohibida para las mujeres en el din. Sino al contrario, es obligatorio, tanto para las mujeres como para los hombres, el saber por completo las obligaciones del din. Aunque mucho nos tememos que más de un hombre dejen también de cumplir con esta obligación.

Además de la necesidad obvia de satisfacer las exigencias religiosas individuales, existen otras razones prácticas para que esto sea una obligación. Son las mujeres las primeras que educan a los niños, como indica el proverbio «la madre es la madrasa». Lo mismo viene a decir el proverbio inglés «la mano que mece la cuna domina el mundo». ¡Cómo podría una madre ignorante de los fundamentos del din transmitirlos a sus hijos! Las sesiones de cuatro horas en la mezquita (experiencia que a menudo resulta ser negativa para los niños) tampoco van a suplir esa carencia. Las madres, al dar su conocimiento a los niños, forman a los individuos que, a su vez, constituirán la sociedad y su estructura económica, social y política. En otras palabras, ella es la responsable de las células que componen la sociedad. ¿Recibirán éstas el conocimiento o la ignorancia del din?

En este contexto es donde mejor se puede entender la siguiente frase del Profeta, que Al-lâh lo bendiga y le dé paz, «El paraíso se encuentra a los pies de la madre». Este hadiz se refiere también al recién nacido, recién llegado del jardín, quien si no es educado para ser musulmán, se convertirá más tarde en un judío o cristiano o en adorador del fuego.

Hoy en día la obligación de trasmitir el conocimiento del din adquiere particular importancia. El Profeta, que Al-lâh lo bendiga y le dé paz, dijo, «Una de las señales de la Hora Final será la desaparición del conocimiento y el establecimiento de la ignorancia ... » (Bujari). Sin duda, es lo que está ocurriendo hoy en día. La vida y el entorno social se orientan cada vez más hacia valores no musulmanes, incluso en los países musulmanes. Por eso, si los niños no reciben la educación y el ejemplo en casa y desde pequeños, tendrán que empezar de cero, y en la mayoría de los casos no tendrán ni tiempo para hacerlo.

Es imprescindible que, como a los hombres, se les dé también a las mujeres un lugar en el aprendizaje y la enseñanza. Primero hay que quererlo; si se quiere, hay que luchar para conseguirlo, porque la sociedad moderna tiende a dejarlo a un lado; una vez obtenido, hay que trasmitirlo.

Como ya hemos visto, durante los últimos 300 años, las mujeres participaban activamente en la transmisión del conocimiento, a veces incluso estudiaban con hombres o les enseñaban en otros casos. Esta práctica, de alguna manera, se ha perdido en la actualidad y es necesario recuperarla.

Para finalizar y, haciendo referencia a la posición del conocimiento, Abu’d‑Darda’ relató que el mensajero de Al-lâh dijo:

«Al-lâh facilitará el camino al Jardín a cualquiera que tome el camino en busca de conocimiento. Los ángeles extienden sus alas con placer sobre lo que el buscador hace. Todos, tanto en el cielo como en la tierra, piden misericordia para el que tiene conocimiento, incluidos los peces que viven bajo el agua. La superioridad del hombre de conocimiento sobre el hombre de devoción, es equivalente a la superioridad de la luna sobre los otros planetas. La gente de conocimiento son los herederos de los Profetas. Los Profetas no legan ni dinares, ni dirhams, legan conocimiento. Quien lo tome, habrá tomado una amplia porción»

(Abu Dawud y at‑Tirmidhi)

Esto se aplica a las mujeres y a los hombres por igual.

Cuando llega el momento de la acción, si el saber es incompleto no ocasionará una acción eficaz. La acción beneficiosa, como veremos en el siguiente capítulo, sólo nace de un conocimiento bien fundado.

* Del libro Islam: el poder de las mujeres, ed. Kurtubia, pp. 27-37
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