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Situación de la mujer bereber

05/11/2001 - Autor: Redacción Webislam - Fuente: Webislam
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Mujer bereber
Mujer bereber

Introducción

Pretender ofrecer una visión única y globalizadora de la mujer bereber nos llevaría a un retrato parcial de su realidad debido a la heterogeneidad cultural en la que se desarrolla. Son múltiples los factores que nos impiden considerarla como una entidad homogénea o única: no solamente es su adscripción a diferentes marcos geográficos lo que infiere en esta diversidad; los diferentes momentos de su ciclo vital y la edad, su nivel de instrucción, su pertenencia a un hábitat rural o urbano son, entre otras, circunstancias que conforman las diferentes realidades de las mujeres bereberes.

En este artículo centraremos la atención en las representaciones simbólicas y patrones culturales que conforman la conceptualización de las mujeres bereberes a lo largo de su ciclo vital en las sociedades tradicionales. Por otro lado, no es objetivo de este escrito establecer comparaciones entre las mujeres bereberes y las mujeres árabo-musulmanas del Magreb: todas ellas comparten la misma estructura patriarcal, agnática y patrilineal, además de su confesión al Islam, circunstancias que permiten extrapolar gran parte del contenido de este artículo al segundo grupo de mujeres, a excepción del capítulo referido al derecho consuetudinario bereber.

Hemos diferenciado dos grandes áreas geográficas para contextualizar este intento de análisis de las mujeres bereberes:

- Las sociedades del Tell, esto es, el Rif marroquí y la Cabilia argelina.

- El sur magrebí, que comprende el Aurés en Argelia y las cadenas montañosas del Medio y Alto Atlas marroquí.

El análisis de las mujeres bereberes saharianas, las conocidas touaregs, no será objeto de este artículo, debido a sus particularidades culturales, claramente diferenciadas de la población femenina bereber que habita los sistemas montañosos magrebíes, por lo que requeriríamos un espacio más amplio del que aquí disponemos.

Las mujeres: representantes del honor y la moral familiar

Toda la vida social bereber está estructurada en torno a un concepto fundamental para la comprensión de las relaciones entre sexos: el honor o nnif familiar.

La necesaria preservación de esta cualidad moral se erige como base de la cohesión familiar y social, instituyendo a los hombres del principio de autoridad para ejercer un férreo control sobre todos los miembros de la familia y, especialmente, sobre las mujeres, que se consideran como los pilares de la moral y la vida privada familiar.

El comportamiento de las mujeres del núcleo familiar revierte directamente en el prestigio social del patrilinaje. Consecuentemente, en el seno de este sistema social, "la mujer se verá abocada al papel de madre y esposa, responsable del honor del padre y la perpetuación de su nombre, considerándola un objeto prohibido para los demás" ( MARTIN MUÑOZ, 3).

La interiorización desde la infancia de conceptos tales como Ihya (pudor), Horma (respetabilidad), Qdâr (infundir respeto) o Hachuma (vergüenza) posibilita el aprendizaje del estricto código de conducta que les permitirá el desempeño de los roles que el patrilinaje le tiene destinados: ser una madre fecunda y una fiel esposa.

La filiación agnática de las sociedades bereberes determina el rígido control sobre la sexualidad de las mujeres; los hombres necesitan disponer de las facultades procreadoras de estas con el fin de asegurar la legitimidad y la continuidad del linaje. El único vehículo para garantizar la paternidad es el control de la fecundidad femenina y, hasta su culminación a través del matrimonio, las mujeres bereberes deben preservar la más importante de sus posesiones: la virginidad...

Institucionalizada como un valor cultural, religioso e ideológico, el mantenimiento de la virginidad de las mujeres del grupo hasta su matrimonio, se erige en el principal garante del honor familiar. "las niñas (y más tarde, las jóvenes) representan un peligro para el patrilinaje, en el que solo figuran a título provisional, pues destinadas a salir de la familia para integrarse en otra, serán embajadoras, representantes del linaje, que será juzgado a través suyo. Por eso el honor de la familia depende de las niñas, que constituye su punto débil" (LACOSTE-DUJARDIN, 1993:63).

El imaginario bereber naturaliza esta relación jerárquica al conceder, a la naturaleza femenina, el poder de fitna —palabra árabe que significa poder de seducción, subversión, desorden y anarquía— unido al kayd, forma de inteligencia esencialmente femenina y consagrada a la destrucción calculada del sistema. De este modo, son consideradas como un verdadero peligro potencial que amenaza la integridad de los hombres y la estabilidad de la sociedad. El combate, entonces, pasa por el aislamiento-la reclusión en el ámbito doméstico y el matrimonio-que le sirve al hombre para someter la debilidad de sus instintos sexuales y luchar contra las supuestas tentaciones hechiceras de las mujeres. Las palabras de Lacoste-Dujardin son harto elocuentes: "De la mujer depende el futuro(...). Es importante someterla a la ley social. En caso contrario, las mujeres se abandonarían a sus inclinaciones individuales y, por consiguiente, asociales, provocando, desorden, anarquía y hasta negación de este poder de fecundidad que poseen: la esterilidad" (LACOSTE-DUJARDIN, 1993:174).

El derecho consuetudinario bereber habla sobre sus mujeres

El derecho costumbrista bereber, transmitido oralmente de generación en generación y perpetuado en gran parte de las tribus en forma de qanun, es una especie de justicia laica impartida por la jama’a o asamblea popular —controlada por una oligarquía de hombres de la que están excluidos las mujeres y los menores. Este corpus legislativo autóctono convive con la sharia o ley islámica en el sistema social bereber. Pérez Beltrán señala que "vastas regiones sólo han aceptado del sistema islámico algunos dogmas puramente religiosos, mientras que en el plano socio-jurídico han continuado apegados a sus costumbres y tradiciones ancestrales" (PEREZ-BELTRAN, :87). Hart, por su parte, descarta cualquier conflicto entre ambas tradiciones jurídicas. Según el antropólogo, los dos sistemas sancionadores "son complementarios: no sólo operaron a niveles diferentes de efectividad y experiencia, sino también pueden ser considerados últimamente como modos diferentes de la misma cosa, cada uno apoyando y reforzando al otro" (HART:133).

A pesar de esta complementariedad, sí existen algunas discrepancias remarcables, especialmente entre aquellas sanciones que incumben a las mujeres.

La disparidad más significativa entre ambos derechos es la referida a la herencia: mientras la ley islámica otorga a las mujeres la mitad del montante recibido por los hombres, la ley de Houbous de la costumbre bereber establece la distribución equitativa de los bienes del padre difunto únicamente entre los hijos varones. Este riguroso sistema sucesorial agnaticio concede a las mujeres el derecho de hospedaje y manutención hasta su matrimonio, pudiendo este ser retomado en caso de divorcio.

La no dispersión del patrimonio familiar (precario ya de por sí dada la escasez de terrenos de cultivo o pastoreo) es la razón apuntada por la mayoría de los especialistas para explicar esta discriminación, aunque otros, como Servier, ofrecen una tesis muy distinta y de alto contenido simbólico: en el imaginario bereber, el hombre, durante la unión sexual, cumple un acto de posesión, análogo a la labranza. El es la simiente que germina en la mujer, simbolizada como la tierra. La consecuencia social de esta cosmovisión en la cual cada uno tiene su lugar, es que la mujer no puede poseer tierras por ser ella un elemento pasivo en la creación-labranza.

Sea como fuere, los estudios actuales muestran la persistencia de esta costumbre frente al derecho islámico aunque, gracias a una mayor información e instrucción femenina, cada vez más mujeres llevan sus vindicaciones a los tribunales, especialmente entre aquellas que habitan en las ciudades.

Otra de las prescripciones sociales destinadas a conservar indivisible la propiedad era el levirato para las viudas, costumbre muy extendida en el Rif marroquí y la Cabilia argelina. En Argelia, el matrimonio obligatorio con alguno de los hermanos del difunto fue abolido, por parte de las autoridades coloniales francesas, en 1903. Según Pérez Beltrán, adoptar a la viuda como concubina o sirviente o casarla con un hombre ajeno al patrilinaje para, de esta forma, acceder a la dote estipulada, eran otras de las posibles "opciones" que le esperaban a la mujer en caso de viudedad.

El derecho de yabr o libertad de elección para el jefe de familia para escoger el marido y la edad de matrimonio de sus hijas, no sólo presenta diferencias entre la tradición bereber y el derecho islámico, sino también dentro de las propias sociedades bereberes: mientras en las comunidades del Tell magrebí las mujeres debían someterse a la voluntad de su tutor ya fuera virgen, divorciada, viuda o repudiada, esto no ocurría en las sociedades del sur, donde esta ley sólo concernía a las mujeres vírgenes, es decir, hasta el primer matrimonio. Esta última versión fue la adoptada por el derecho musulmán, que la reglamentó como algo propio.

La dote o tammamt también presenta importantes diferencias intraétnicas. Si para los cabileños suponía un elemento esencial para validar el matrimonio, entre los bereberes de Marruecos la transacción económica no era una condición prioritaria. La sobrevaloración de la dote en la sociedad cabileña viene definida por ser el padre o tutor el dueño de este pago proveniente de la familia del novio. Por su parte, la dote islámica o mahr designa a la desposada como única propietaria.

El derecho al divorcio para las mujeres bereberes adquiere formas radicalmente opuestas según donde residan. En las comunidades del Alto Atlas marroquí es un recurso utilizado por las mujeres para ascender socialmente; por contra, en los grupos cabileños es el hombre el único sujeto amparado por la costumbre a disolver el matrimonio. La única solución para las mujeres es declararse en estado de insurrección o tamenafekt, refugiándose en la casa paterna. Esta "libertad" femenina es ficticia, dado que su posterior estatus recae en la decisión unilateral del esposo (aunque siempre le quedará el recurso de mantener permanentemente el estado de insurrección). La sharia recoge la posibilidad de una compensación económica o jul’ al marido para conseguir su repudio. Además, la mujer musulmana puede acogerse al derecho de divorcio cuando el cónyuge sufra una enfermedad, tanto física como psíquica, incumpla sus deberes matrimoniales (ya sea su deber de mantenerla o la satisfacción sexual) o haya proferido injurias contra su esposa.

Ante la violación de una mujer, el qanun da facultad a los miembros del grupo de la víctima para matar o herir al culpable. Según la costumbre, atentar contra el honor de los hombres a través de sus mujeres, sólo puede lavarse con sangre. Si un asesinato se comete para salvar el honor familiar, el autor sólo será condenado por la djema’a a pagar una multa y una indemnización a la familia de la víctima. Por cualquier otro motivo, será sometido a la ley de Talión. Las autoridades hoy día no permiten la aplicación de esta famosa ley, pero las tribus adoptan estrategias integradas en el nuevo sistema social y la venganza puede ser diferida incluso durante años.

El castigo a la mujer por adulterio solía traducirse en su muerte a manos del esposo aunque, en muchos casos, la djema’a estipulaba una multa igual a la de su cómplice y el marido optaba por devolverla a su familia para que ésta aplicara el castigo establecido. La emoción de la comunidad ante las relaciones ilícitas se atenúa si la mujer es viuda o repudiada y el hombre soltero.

El homicidio de la mujer a manos del marido no puede generar venganza porque se da por supuesto que ha sido cometido para salvaguardar su honor, aunque pagará una multa a los suegros; la mujer que mata al marido, será muerta por el pueblo: ella no tiene honor que defender

Obligaciones y derechos jurídicos de las mujeres magrebíes

Los códigos de familia marroquí y argelino, al igual que el de Túnez, están inspirados en la Sharia o ley islámica, siendo este último país el que más se ha distanciado del corpus religioso. Las diferencias entre países radica en la importancia dada a los tres elementos sobre los que estos fundan su legitimidad:

- La institucionalización de la sociedad patriarcal.

- El Islam elevado al rango de religión de Estado.

- Su aspiración a la modernidad variablemente interpretada.

(BESSIS, 1993:179).

Las características más significativas respecto al estatuto de las mujeres en ambos sistemas jurídicos pueden resumirse como sigue:

- El hombre es el único jefe de familia.

- La mujer debe obediencia al hombre (ya sea padre, hermano o marido).

- Tienen derecho a la manutención o nafaqa.

- Pueden disponer y administrar sus bienes personales.

- La dote, que la mujer recibe en plena propiedad, constituye una condición de validez del matrimonio.

- Las mujeres son excluidas de la filiación, que tiene como principio transmisor la línea paterna agnática (nasab).

- Se les prohíbe el matrimonio con un no-musulmán.

- Solamente ellas están obligadas a la fidelidad.

- La ley marroquí exige el consentimiento de la mujer para el matrimonio; por su parte, en Argelia un padre puede oponerse al matrimonio de una hija virgen si este contrato perjudica los intereses familiares

- En Marruecos, la poligamia es limitada a cuatro mujeres, siendo necesario el consentimiento de la primera esposa; En Argelia, este requisito no es imprescindible..

- El repudio (la ley marroquí lo desaconseja) es un privilegio exclusivo del marido.

- La tutela de los niños marroquíes de padres divorciados es compartida. En el caso argelino, estos permanecen en la familia agnática. En 1984, en este mismo país se abolió el derecho que otorgaba el domicilio conyugal para la madre divorciada.

La Muduwwanna (Código de familia marroquí creado en 1957) y la constitución argelina siguen considerando a las mujeres como sujetos dependientes, sin identidad jurídica propia.

El matrimonio: destino inevitable de las mujeres

El matrimonio es la piedra angular de la estructura social bereber. Es el destino socialmente constituido y refrendado por la religión musulmana; para el Islam, el matrimonio es el cumplimiento de "la mitad de su religión" para todo creyente. El celibato es condenable porque es contrario al desarrollo de la Umma, la comunidad de creyentes. El rito matrimonial ampara la sexualidad de los cónyuges y, sobretodo, legitima la procreación de nuevos miembros para el patrilinaje.

La elección de los cónyuges sigue siendo, en la actualidad, asunto de familia, especialmente en el medio rural. Prevalece el matrimonio endogámico patrilineal, siendo el primo paralelo o el tío paterno los candidatos idóneos para unirse a la hija. Esta endogamia se extiende a la tribu o pueblo, a excepción de los bereberes del Sous marroquí, donde están prohibidos los enlaces entre jóvenes de la misma población. En este mismo contexto geográfico, tiene lugar una insólita práctica denominada Muggar o Agdud: cada año, precediendo la época de labranza, las jóvenes, acompañadas por sus madres y abuelas, se encuentran con jóvenes solteros en las ferias o alrededor de la tumba de algún santo. Entre bailes, las mujeres eligen entre los candidatos a su futuro marido. Hart ha recogido los Agdud de Imichil: "después de la danza, las jóvenes pueden concluir su matrimonio ante la presencia de un cadi, previsto a tales efectos. La compensación matrimonial que el hombre ofrece es modesta pero el matrimonio debe ser fecundo en el curso del año, sino, se debe ofrecer un sacrificio al santo Sidi Hamd ul Mrani" (HART,1982:36). Esta transgresión a la norma muestra un nexo indisociable ente la fertilidad de la mujer y la de la tierra: la libertad de elección a las mujeres les es tolerada por su condición de procreadoras, no como sujetos femeninos.

Los matrimonios precoces responden a razones de orden económico e ideológico, por un lado, la familia consigue desembarazarse del deber económico de manutención; además, cuanto más joven se case, mayor será su descendencia. Por otro lado, el riesgo para el honor familiar se reducen traspasando la responsabilidad de la mujer a la nueva familia. En la actualidad, debido a los rápidos cambios estructurales, tanto económicos como comportamentales, que se están sucediendo en todo el Magreb, la edad media del primer matrimonio para las mujeres se ha elevado considerablemente: en el caso de la mujer rural marroquí, en 1960 era de 17 años, llegando a 21,5 en 1987.

No es la concepción de compañera y esposa la que acompaña a la novia: sus únicas virtudes posibles son ser madre y trabajadora doméstica. Existe una separación entre sexualidad y afectividad. Los cónyuges están obligados a mantener entre ellos una cierta distancia; durante el día no existe intimidad posible y no es común dirigirse entre ellos por su nombre. La pasividad femenina en las relaciones sexuales es una cualidad esperada: las mujeres no deben mostrar ni deseo ni experiencia. Según Chebel, el coito se realiza en el más absoluto silencio y con la máxima rapidez. No se desnudan ante el marido: de hecho, es motivo de orgullo femenino afirmar que el marido sólo la ha visto "de cintura para arriba" . Chikaoui va más allá al afirmar: "la concepción del matrimonio es tal que casarse significa: tener una mano de obra, una limpiadora, una cocinera, un vientre que transporta y hace a los niños, un orificio que se puede penetrar para eyacular y satisfacerse" (CHIKHAOUI, 1995:68).

La fiesta matrimonial o tamgra es básicamente una manifestación de vida colectiva, de comunicación social. Los hombres de la familia son los encargados de la parte oficial, pública, pero son las mujeres casadas las verdaderas protagonistas de la fiesta: la madre del novio juega un papel fundamental en la elección de la nuera o tislit, así como en la preparación de la dote. Los espacios festivos están estrictamente separados por sexos, una vez instalada la novia en la casa de su nueva familia, son las mujeres adultas, señoras avaladas por su condición de madre de varones las protagonistas indiscutibles de los ritos y la diversión. En la fiesta exclusivamente femenina, durante la cual la novia permanece sentada, totalmente velada e inmóvil, las mujeres-madres se entregan a danzas sensuales y, en ocasiones, frenéticas, liberadoras, sin duda, del exceso de tensión acumulada por el estrecho rigor y control sobre sus vidas cotidianas. Es también una vía de iniciación a la sexualidad para las más jóvenes, por medio de la expresión corporal: "es una enseñanza reservada a las mujeres, la transmisión de un saber exclusivamente femenino que puede ser una revancha, un medio para ellas de hacer presión sobre los hombres. Por eso, ellos prefieren tomar el partido de ignorar lo que ocurre, de mantener oculta esta manifestación femenina" (LACOSTE-DUJARDIN, 1993:46).

A los bailes desinhibidos se unen las canciones o urar: "es un canto muy tradicional y algunas mujeres demuestran ser mujeres de cultura, poetisas muy expertas en preparar los cumplidos" (p. 42). Estas expresiones artísticas, además de enfatizar la fecundidad en el matrimonio, incluyen una denuncia simbólica al dominio masculino y sus flaquezas: las mujeres cantan "loas" a los hombres de la fiesta en un tono irónico e impregnado de una reverencia ficticia.

La ostentación pública de la virginidad de la joven se observa con mayor rigor en el Tell magrebí, aunque las mujeres se muestran cada vez más flexibles con la tradición. Cuando esta se lleva a cabo, los yuyus de las mujeres se mezclan con el entusiasmo de todos los miembros masculinos asistentes a la fiesta: el honor de ambas familias está salvado.

La poligamia es una práctica aún común en el ámbito rural magrebí, sobretodo por hombres de elevada posición social y económica. Tradicionalmente ha significado un reclutamiento de fuerza productiva, unido a una exigencia ideológica que prestigia al hombre polígamo ante su comunidad. Cuando esta tiene lugar, se establece una jerarquía entre las co-esposas o tecna: la primera esposa, generalmente abandonada sexualmente en favor de las más jóvenes, recibe a cambio la compensación de la administración doméstica y el control de las relaciones entre las otras esposas. Las mujeres más jóvenes suelen encargarse de las tareas más pesadas, tanto en el ámbito del hogar como en los trabajos agrícolas o pastorales.

Existen rivalidades a nivel doméstico y reproductivo ( a mayor número de hijos, mayor es el prestigio ante el marido) entre las esposas, pero también se desarrolla una solidaridad estratégica para enfrentar la autoridad del marido que incluye una asistencia mutua. Remi Clignet señala acertadamente que "la paradoja de la poligamia es que esta permite reforzar el poder del marido pero a la vez esta se debilita por esta complicidad eventual y potencial de las esposas. Cuantas más mujeres, más aumenta las fuentes de oposición a su autoridad" (op.cit. en BOURQUIA, 1995:112).

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