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La guerra sucia de Estados Unidos en Afganistán

Ni Libertad Duradera ni Justicia Infinita.

05/11/2001 - Autor: Emilio Marín - Fuente: www.rebelión.org
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Misiles
Misiles

Bombardean escuelas, hospitales y centros humanitarios

La guerra que lleva a cabo en Asia no tiene nada que ver con el nombre de fantasía puesto por la administración Bush. Esa agresión no se compadece con la "Libertad Duradera" como se le puso finalmente ni con la primera denominación de "Justicia Infinita". Desde el domingo 7 de octubre -cuando comenzaron las acciones bélicas contra Afganistán- fueron bombardeados hospitales, aldeas, casas de familia y hasta centros de la Cruz Roja. Según estimó el gobierno del Talibán, los muertos civiles ya son mil en tanto para el secretario de Defensa norteamericano esa cifra era "ridícula". Muertos más o menos, lo cierto es que se trata de una guerra sucia, como la librada antes bajo pabellón de la ONU y la OTAN contra Irak y Yugoslavia.

El hijo del Mullah

Cuando empezaron los bombardeos contra Kabul, Kandahar, Jalalabad y otras ciudades afganas, el Pentágono informó en conferencia de prensa que se había puesto como blancos a los "campamentos terroristas", instalaciones militares y residencias de líderes del Talibán. Según Donald Rumsfeld y el general Richard Myers, jefe de estado mayor, la campaña había sido un éxito. Precisaron que en Kandahar habían sido dados de baja dos hijos mayores del mullah Omar, líder espiritual afgano.

Después se supo la verdad. La británica BBC, poco afecta a los talibanes, reporteó a Abdul Barí, el médico del mullah a su arribo a Pakistán. El facultativo, precisó a la emisora londinense que la criatura tenía diez años y murió por heridas abdominales y una severa lesión de fémur, pese a que fue operada.

Tras eso el Pentágono quedó al descubierto. Su versión (léase verso) de que había bombardeado las residencias porque los líderes talibanes escondían allí a comandos e instrumentos de control de sus tropas no pudo digerirlo nadie. Muchos habrán recordado los bombardeos estadounidenses contra Libia, en 1996, cuando atacaron la casa del presidente Muammar Kadhafy y mataron a su hijita de 6 años.

Una sola pierna

"Murieron en el acto. Sólo se encontró una pierna de las cuatro personas, nada más" dijo Karim Fazel, jefe de la oficina afgana de ATC (Afghan Technical Consultants), una ONG que desde hace diez años trabajaba para la ONU en el desminado de Afganistán.

Aunque quince días atrás las autoridades de esa dependencia había entregado las coordenadas del edificio de la ONU en Kabul a las huestes pentagonistas, un rampante misil Tomahawk se descolgó del cielo el 8 de octubre. Bajo los escombros quedaron cuatro empleados civiles; de las ocho piernas sólo se halló una.

El secretario general de la ONU, Kofi Annan, declaró que era un "golpe muy duro" para su organización. Pero no dijo una palabra más, no sea cosa que la superpotencia -que lo puso en ese sillón en reemplazo del tercermundista egipcio Butros Ghali- interfiriera en su premiación del Nobel de la Paz y le privara del considerable estímulo de casi un millón de dólares. ¿Qué dirá el santo ghanés, que vive en Nueva York, de que los misiles "made in USA" le están degollando a sus palomas en Kabul?.

Los señores Rumsfeld y Myers guardaron silencio cuando se les preguntó por esas muertes. Comenzaba la cínica representación que se montó en la sede de la OTAN durante la campaña de bombardeos contra Yugoslavia. Allí el vocero atlántico James Shea había patentado la expresión "daños colaterales" para referirse a las muertes civiles, en su mayoría serbias.

Dos cruces

La Cruz Roja Internacional en Kabul tenía un complejo de siete bodegas donde se almacenaban medicinas, trigo, frazadas, lonas, cubiertas plásticas y otros elementos de ayuda. Ese material era ahora más útil que nunca en una nación atacada por EE.UU., respaldado según Bush por otros 40 países (debió decir gobiernos). El 16 de octubre aviones estadounidenses y británicos atacaron el lugar con dos misiles, provocando incendios y pérdida de la mayor parte de las provisiones, amén de dejar un empleado herido.

El jefe de la delegación de la Cruz Roja para Afganistán, Robert Monin, tomó una posición mucho más digna que Annan. "Estaban marcadas con dos cruces rojas" dijo Monin, asegurando que esas instalaciones de CR eran claramente identificables desde el aire. Para que no quedaran dudas de su crítica a los raíds estadounidenses, agregó: "no he visto ningún lugar cercano que pueda representar un blanco militar".

Había dos cruces bien marcadas. ¿Será por eso que los aviones dejaron caer su regalito de dos misiles?. Una cruz, un misil; otra cruz, otro misil. Así es el humanismo de George Bush.

Las mentiras

La destrucción de los depósitos de la entidad humanitaria no fue denunciada por el gobierno de los talibanes sino por el mencionado Monin, quien protestó ante la embajada norteamericana en Islamabad, Pakistán. Con sensibilidad paquidérmica le contestaron lacónicamente que "tomaban nota" de lo ocurrido.

El incidente causó muchas polémicas en el mundo, porque se sumaba a otros bombardeos contra blancos civiles que Rumsfeld y el secretario de Estado Colin Powell –por entonces de visita en Pakistán- habían asegurado que no ocurrirían.

Ante el vuelo que tomaban las cosas, salió al ruedo el vocero de la Casa Blanca. Ari Fleischer, negó que la aviación de su país hubiera sido la responsable de los misilazos. Pese a que era vox populi el origen del bombardeo, el agente de prensa de Bush puso su mejor cara de póker para declarar al periodismo: "en un caso como ése, hasta que la información que llega sea determinante o final, es difícil decir si se trató de un ataque de la defensa antiaérea de los talibanes o si se debió a los esfuerzos de la coalición (anglo-estadounidense)". O sea que en principio negó la responsabilidad y sugirió la culpa de los afganos.

Horas después los voceros del Pentágono dejaban a Fleischer como un mentiroso. Defensa admitía que habían sido sus aviones y misiles los que borraron del mapa a la Cruz Roja. Extraña guerra ésta, que en nombre de la "Libertad Duradera" lanza sus armas "inteligentes" contra centros humanitarios de la ONU y la CR.

Ya van mil

La administración republicana ha concentrado en el mar Arábigo, el Golfo Pérsico y la región una fuerza bélica monumental. Cuenta con tres portaaviones, el Enterprise, el Carl Vinson y el Kitty Hawk, que costaron cada uno 4.500 millones de dólares, y que llevan 75 aviones en sus bodegas. Además, la alianza agresora está empleando aviones B-52, B-2, B-1, AC130 Spectre, F-14, F-15, F-16 y F-18 Hornet; helicópteros artillados Black Hawk, Apache y Super Cobra, etc.

Algunas de esas máquinas salen directamente del lomo de los portaaviones y otros de bases norteamericanas en la zona, de la isla Diego García en el Indico o de sus lugares de origen en Charleston (Carolina del Sur) y Whiteman (Missouri).

De los aviones, barcos y hasta submarinos parten los misiles de crucero Tomahawk, mientras desde el aire caen esos mismos misiles y otras bombas, incluidas las de fragmentación, de racimo, de grafito y municiones revestidas con uranio empobrecido. Estas últimas no sólo mataron mucha gente en el Golfo y los Balcanes sino que afectaron de cáncer a muchos de los sobrevivientes. ¿Otra vez habrá que decir "no hay dos sino tres"?

Absolutos dominadores del aire, los estadounidenses han bombardeado a voluntad tanto de noche como de día. Mientras las pantallas de la CNN mostraban una ecológica pantalla verde con algunos puntos lejanos de estallidos de las bombas, los afganos sufrieron en carne propia esos impactos, reflejados por la cadena de Qatar, Al Jazeera. Además de las víctimas de los lugares ya nombrados, hubo centenares de muertos y mutilados en barriadas de Kabul, Kandahar, Kouram y Qala-i-nau. Ni siquiera se salvaron los 15 musulamanes que oraban en una mezquita en los suburbios de Jalalabad. Míster Rumsfeld seguía insistiendo en que "Estados Unidos no ataca civiles" y la nariz de Pinocho quedaba hecho un poroto comparada con la suya, de tanto mentir.

El 22 de octubre el hospital de la ciudad de Herat fue impactado por misiles, con un saldo de cien muertos. Tratándose de un hecho de tanta magnitud, esta vez mintieron juntos los norteamericanos e ingleses, negando la autoría. Dos días después la vocera del Pentágono, Victoria Clarke, tuvo que admitir que aviones de ambos países habían dejaron caer "accidentalmente" dos bombas de 250 kilos en un barrio de Kabul y otra de 500 kilos en Herat. Esta fue la que destruyó el hospital. "Lamentamos profundamente los daños colaterales, la pérdida de vidas civiles" dijo la vocera de la muerte. "Tenemos un cuidado extraordinario en la elección de nuestros blancos", abundó Clarke, y daban ganas de matarla.

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