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El principio de la guerra

05/11/2001 - Autor: Rosa Regás - Fuente: El Mundo
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A estas alturas casi todo el mundo reconoce que la guerra de Afganistán no es, como nos dijeron al principio, una guerra de defensa contra el acto de terror del 11 de Septiembre, sino una guerra de castigo, de represalia, una guerra para mostrar al mundo entero dónde está el verdadero poder, la hegemonía. Tal vez sea cierto lo que defienden tantos americanos y otros ciudadanos de Occidente, que alguna respuesta había que dar para calmar la indignación, el dolor y la humillación del país más poderoso de la Tierra. Pero aún sabiendo que mi punto de vista no es políticamente correcto, no creo que esta guerra sea ni justa ni eficaz.

Nos guste o no nos guste es una profunda injusticia y un acto comparable al propio terrorismo, bombardear un país de gente inocente, dominada por el terror que le imponen los talibán, antiguos socios de EEUU, con el pretexto de que en él se esconden los presuntos autores, o incluso los autores, del brutal atentado perpetrado en Nueva York y el Pentágono. Una serie de bombardeos que según hemos visto no parece que destruyan la fuerza de los talibán sino, a causa de unos errores que una superpotencia no debería permitirse, atacan hospitales, centros de la Cruz Roja, barrios de civiles, oficinas de Naciones Unidas, mezquitas, mercados, pueblos. ¿Esas víctimas y las que vendrán son necesarias para acabar con el terrorismo? ¿Se le ocurrió al Gobierno español bombardear el país vasco francés porque allí se refugiaban terroristas de ETA que el Gobierno de aquel país no sólo no entregaba a la justicia española sino que a veces incluso parecía proteger? ¿Habrían admitido los países más poderosos de la Tierra el bombardeo a un país soberano y la consecuente muerte de miles de civiles? ¡Por supuesto que no! La comunidad internacional y la ONU se habría unido contra España condenándola y sometiéndola. Esto ¿qué quiere decir? ¿Que los muertos civiles de Afganistán valen menos que los franceses? ¿Que si un país es árabe, miserable y está dominado por un Gobierno de descerebrados se puede bombardear como represalia y para calmar la sed de venganza -llamémosle de justicia- del pueblo americano, sin que no sólo ningún país proteste sino muy al contrario, se unan al agresor y bombardeen a su vez y envíen tropas?

Tanto en la prensa nacional como en la extranjera leemos que estos ataques han servido para unir a los países occidentales. ¿Es esto cierto? Supongo que cuando dicen «países» quieren decir «gobiernos» porque no parece que las encuestas respalden esa unanimidad. Y si en lugar de países occidentales la mayoría de cuyos ciudadanos apenas se compromete con nada que no sea su pecunio, hablamos del resto -y no sólo de los países musulmanes, sino de los países pobres del mundo que como todo el mundo sabe son el 80%, atacados en su momento, la mayoría, por el poder de EEUU que no ha dudado en defender y aupar dictaduras y gobiernos corruptos que le fueran fieles aún a costa de ayudarles en sus asesinatos y brutales represalias- entonces el sentimiento antiamericano y las cifras de ciudadanos que condenan la guerra son escalofriantes. Claro que esas masas de desarrapados no importan, claro que sus gobiernos los ignoran, pero que nadie se olvide que de ellas, de su desesperanza, de su impotencia, nace el odio y del odio procede el terrorismo.

Y cuanto más errores se cometan en Afganistán, cuanto más dure la guerra, más exarcebados serán los odios, más y más hombres estarán dispuestos a morir para culminar actos vandálicos, sin justificación, crueles y despreciables pero que a conciencias abrumadas y sometidas es tan fácil convencer de que son el mejor objetivo al que pueden dedicar sus miserables vidas. Por esto esta guerra no será eficaz aunque la gane EEUU. Eficaz en la lucha contra el terrorismo, me refiero. Otra cosa será si los objetivos verdaderos, además de favorecer la industria armamentística, se proponen dominar una parte del mundo donde se esconde petróleo o los excelsos minerales tan caros a los fabricantes de bombas nucleares pongo por caso, o simplemente persiguen dominar esa zona del planeta por su situación estratégica. Esto parece ser lo que se tuvo en cuenta a la hora de armar y apoyar a los talibán y al propio Bin Laden cuando luchaban por la independencia. Del mismo modo que por esta misma razón se apoyó la creación de las repúblicas integristas del sur de la antigua URSS.

Se nos ha dicho también que ésta era una guerra para defender los valores de nuestra civilización, el mayor de los cuales es, aparte de la religión que nos da carta blanca para matar al enemigo, la democracia. Creo recordar que hace dos años cuando el actual jefe de Gobierno de Pakistán, Musharraf, dio el golpe de Estado, la comunidad internacional lo condenó, como condenó la actuación de los rusos en Chechenia. Es más, el propio primer ministro inglés, el laborioso Tony Blair, logró que se apartara Pakistán de la Comonwealth. Ahora todo ha cambiado. Putin ya no es el asesino torturador de chechenos y Musharraf no es un dictador que se cargó el régimen democrático de Pakistán. Un capítulo más de una política según la cual el más importante aliado de EEUU en la zona ha sido hasta ahora Arabia Saudí, el menos democrático de todos los países del orbe y el que desde hace décadas patrocina todos los grupos terroristas musulmanes.

En lo que sí han sido eficaces los ataques del 11 de Septiembre y la bélica respuesta de los ejércitos de Bush es en exacerbar el sentido patriótico de los occidentales hasta unos extremos de ceguera mental colectiva inimaginables hace un par de meses. Ciegos patriotas son los unos, ciegos patriotas son los otros, patriotas hasta el paroxismo como gusta que sean sus súbditos a todos los gobernantes para que les resulte más fácil manipular sus conciencias. Patriotas y religiosos, patriotas y bendecidos por sus dioses respectivos que además, tanto a los unos como a los otros, les soplan al oído la orden de hacer la guerra en su santo nombre. Patriotismos, nacionalismos, religiones. ¿Hay algo más que lleve a los pueblos enloquecidos a la guerra tras la cual se esconden los verdaderos objetivos de sus líderes? Repasemos la historia de la Humanidad.

Es incluso jocoso recordar que miles de asociaciones de todo el mundo no oficial llevan siete años protestando por la política brutal de los talibán que han tenido a las mujeres como bestias de reproducción negándoles el derecho a la sanidad, a la educación y al trabajo. La comunidad internacional que tanto se escandalizó con la destrucción de los budas del siglo IV nunca dijo una palabra de condena ni utilizó la más mínima arma de presión en su defensa. Mi pesimismo con esta guerra es tan grande que no sólo no creo que ninguna coalición aliada de Estados Unidos que pueda venir en el futuro -y mucho menos el batiburrillo de la Alianza del Norte- vaya a respetar los derechos de las mujeres, sino que tampoco creo que respete los derechos de los individuos, a los que seguirá exigiendo obediencia al poder talibán, moderado eso sí y aliado nuestro, pero siempre abusando de su poder omnímodo que, como el nuestro, les viene de Dios.

De todas las posibles acciones para acabar con el terrorismo estoy convencida de que la guerra es la menos eficaz. Pero al parecer es la que proporciona más votos a un presidente que hasta los ataques del 11 de Septiembre apenas contaba con el apoyo del 15% de su población. Aún así, no creo que esta guerra acabe con el terrorismo. Las bombas que caigan sobre Afganistán no alcanzarán a esos asesinos dementes que envían polvos mortales a los ciudadanos de EEUU. El enemigo está en casa ¿qué se puede hacer contra esto? Soluciones las hay aunque ninguna definitiva porque el odio, justificado o no, nunca se corta de raíz. Pero sí creo que es necesario retomar, o simplemente tomar, el camino de las soluciones políticas y policiales. Que EEUU reconstruya su política prepotente y militarista, y que la CIA y el FBI hagan algún curso de espionaje que nos haga olvidar el estrepitoso fracaso del 11 de Septiembre cuando ni siquiera fueron capaces de sospechar el brutal ataque que se les venía encima. Su eficacia sería más útil que las nuevas medidas que ha aprobado el Congreso que acabarán limitando el bien más preciado del que presume EEUU: la libertad, el reconocimiento de los derechos ciudadanos. Sin embargo lo más importante, lo más efectivo, lo prioritario, es desmantelar los paraísos fiscales donde los terroristas esconden su dinero, y esas intrincadas redes financieras donde lo blanquean con la ayuda de los 500 bancos extranjeros que campan sin control por la City del guerrero señor Blair.

Tampoco estaría de más calmar las ansias imperialistas de Sharon, el provocador primer ministro israelí, responsable de la escalada de violencia en su país y en Palestina, entre otros desafueros. Y no deberíamos andarnos con pies de plomo al denunciar sus procedimientos por el temor a que se nos acuse de antijudíos. Porque no lo somos, no atacamos a Sharon por ser judío sino que lo hacemos del mismo modo que atacaríamos y atacamos a quien presumiendo de demócrata aprovecha el poder que le da la mayoría de su pueblo para matar, invadir y mantener una política imperialista en el más brutal sentido de la palabra.

Me temo, sin embargo, que esas consideraciones están muy lejos de la mente de quienes toman las decisiones. De ahí que ante esta situación que vivimos con zozobra e indignación me vengan a la memoria las últimas palabras del cuento de Chejov, La dama del perrito: «... lo más difícil no había hecho sino comenzar».

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