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Manipulación de las masas y los individuos

21/09/2001 - Autor: Ion P. Culianu
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Giordano Bruno. Imagen www.catecismo.com.ar
Giordano Bruno. Imagen www.catecismo.com.ar

De vinculis in genere («De los vínculos en general») de Giordano Bruno, pertenece a estos escritos oscuros cuya importancia en la historia de las ideas supera de buen trecho la que tienen ciertas obras célebres. Por la franqueza, e incluso el cinismo, que demuestra en el análisis de su materia, podría compararse al Príncipe de Maquiavelo; además el tema de las dos obras está emparentado: la de Bruno se interesa por la manipulación psicológica en general, la de Maquiavelo se ocupa más especialmente de la manipulación política. Pero ¡qué pálido y ridículo se ve, hoy en día,al príncipe‑aventurero maquiavélico comparado al mago-psicólogo de Bruno!

La popularidad del Príncipe ha favorecido su consideración durante sucesivos siglos, y le ha llevado, recientemente, hasta la moderna teoría del «Príncipe» —el partido comunista— lanzada por A. Gramsci. Inédito hasta una fecha tardía, poco leído y siempre mal entendido, el De vinculis in genere es sin embargo el escrito que merecería ocupar, hoy en día, el verdadero y único puesto de honor entre las teorías de manipulación de las masas. Sin saberlo, los trusts de inteligencia que dominan el mundo se han inspirado en él: han llevado a la práctica las mismas ideas de Bruno. Podría existir una cierta continuidad ya que Bruno parece haber ejercido su influencia sobre el movimiento ideológico, a principios del siglo XVII, conocido bajo el nombre de rosacruz, cuya repercusión fue enorme. Pero, por lo que sabemos, no ha existido, ni antes de Bruno ni después de él, ningún autor que haya tratado esta materia bajo su aspecto empírico, dejando de lado cualquier consideración de orden ético, religioso o social. De hecho, a nadie se le hubiera ocurrido tratar un tenia como éste desde el punto de vista del mismo manipulador, sin poner primero, como principio fundamental de su investigación, algún derecho divino o humano intangible en el nombre del cual la manipulación estaría condenada.

En el siglo XIX, podemos encontrar, claro está, a unos ideólogos como Karl Marx o Friedrich Engels que creen que la religión es como un «opio para el pueblo». En este sentido, además, sólo repiten un enunciado del De vinculis bruniano donde la religión está considerada únicamente en su calidad de instrumento de manipulación de las masas. Pero, mientras que Marx y Engels tienen unos ideales humanitarios y utópicos, Bruno no manifiesta ninguna preocupación por salvaguardar la dignidad humana: el único derecho que tiene ante sus ojos no pertenece ni a Dios ni a los hombres, sino al mismo manipulador.

Hacia finales del siglo XIX, G. Le Bon sentó las bases de la disciplina llamada «psicología de las masas» (Psychologíe desfoules, editado en 1895). Más tarde, Sigmund Freud la desarrolló en su obra Psicología de las masas y análisis del yo (1921) que tuvo grandes repercusiones. Pero tanto Le Bon como Freud tenían por objetivo determinar cuáles son los mecanismos psicológicos que actúan dentro de una masa y dirigen su composición, y no enseñar cómo dominar una masa. La ciencia, con sus escrúpulos de orden moral, se niega a seguir un punto de vista que gustosamente deja a cargo del hombre político (de un Adolf Hitler, autor del Mein Kampf, por ejemplo). Se deja al Príncipe lo que le pertenece, aunque después se proteste ‑como lo hizo Freud‑ contra los abusos de un Stalin y el «nuevo orden» establecido en la Unión Soviética.

Toda la humanidad ha oído hablar del Príncipe de Maquiavelo, y numerosos políticos se han esforzado en seguir su ejemplo. Pero sólo hoy en día podemos apreciar lo mucho que el De vinculis supera al Príncipe, tanto por su profundidad como por su actualidad e importancia: hoy en día, ya ningún jefe político del mundo occidental pensaría en actuar como el Príncipe de Maquiavelo, pero, en cambio, podría utilizar los recursos de persuasión y manipulación tan sutiles como los que los trusts de inteligencia son capaces de poner a su disposición. Para comprender y poner de relieve la actualidad.

De vinculís, deberíamos estar informados acerca de la actividad de estos trusts, de los ministerios de Propaganda; deberíamos poder echar un vistazo a los manuales de las escuelas de espionaje, aunque ya podamos hacernos una idea de lo que contienen viendo lo que, a veces, se trasluce de estas organizaciones cuya finalidad ideal es garantizar el orden y el bienestar común, allá donde ya existe.

El Príncipe de Maquiavelo era el antepasado del aventurero político cuya figura está desapareciendo. Por el contrario, el mago del De vinculis es el prototipo de los sistemas impersonales de los medios de comunicación, de la censura indirecta, de la manipulación global y de los trusts que ejercen su control oculto sobre las masas occidentales. Desde luego, no es el modelo seguido por la propaganda soviética porque a esta última le falta la sutileza que tan bien se aplica en Occidente. Por el contrario, el mago de Bruno es del todo consciente de que, tanto para atar a las masas como para atar a un individuo, debe tener en cuenta toda la complejidad de las expectativas de los sujetos, y debe crear la ilusión total de que está ofreciendo unicuique suum. Por esta razón, en la manipulación bruniana se necesita tener un conocimiento perfecto del sujeto y sus deseos: sin tenerlo, no puede haber ningún «vínculo». También por esta razón, el mismo Bruno admite que se trata de una operación extremadamente difícil que sólo puede realizarse desplegando unas facultades de inteligencia, perspicacia e intuición que estén a la altura de esta labor. Su complejidad en nada queda disminuida porque la ilusión debe ser perfecta para satisfacer las múltiples expectativas que se ha propuesto. Cuantos más conocimientos tenga el manipulador sobre aquellos que quiere «vincular», mayor serán sus probabilidades de éxito puesto que sabrá escoger el momento propicio para crear el vinculum.

Vemos que la magia erótica bruniana se propone ofrecer a un manipulador los medios para que controle a unos individuos aislados así como a unas masas. El supuesto fundamental es que existe un gran instrumento de manipulación: el eros en su sentido más amplio, aquello que se quiere, que va desde el placer físico hasta las cosas más insospechadas, pasando probablemente por la riqueza, el poder, etc. Todo puede definirse en relación con el eros, puesto que la repugnancia y el odio sólo representan el lado negativo de la misma atracción universal: «Todos los afectos y vínculos de la voluntad se reducen y se refieren a dos: la repugnancia y el deseo, o el odio y el amor. Sin embargo, el odio se reduce él mismo al amor, y por ello resulta que el único vínculo de voluntad es el eros. Está demostrado que todos los otros afectos que una persona puede sentir sólo son, tanto formalmente como fundamental y originalmente, amor. Por ejemplo, la envidia es amor de alguien por sí mismo, y no soporta ni la superioridad ni la igualdad del otro; el mismo principio se aplica a la emulación. La indignación es amor por la virtud ... ; el pudor y el miedo verecundia, timor no son más que amor por la honestidad y por lo que da miedo. Se puede decir lo mismo para los otros afectos. Por lo tanto, el odio no es más que amor por el contrario o por lo opuesto, y así mismo, la ira sólo es una especie de amor. Para todos aquellos que están destinados a la filosofía o a la magia, es del todo evidente que el vínculo más elevado, más importante y el más general vinculum summum, praecipuum et generalissimum pertenece al eros: lo que explica que los platónicos llamaran al amor el gran demonio, daemon magnus».

La acción mágica tiene lugar por un contacto indirecto (virtualem seu otentialem), a través de sonidos y figuras que ejercen su poder sobre los sentidos de la vista y el oído (Theses de Magia, XV, vol. III, pág. 466). Pasando por las aberturas de los sentidos, imprimen en la imaginación ciertos afectos que son de atracción o repulsión, de goce o repugnancia (ibid.).

Sonidos y figuras no han sido escogidos sin falta de criterio: provienen del lenguaje oculto del espíritu universal (De Magia, III, pág. 411). Entre los sonidos, el manipulador debe saber que las armonías trágicas provocan más pasiones que las cómicas (ibid., pág. 433) porque son capaces de actuar sobre las almas que dudan (ibid., pág. 411). A su vez, las figuras son capaces de provocar la amistad o el odio, la pérdida (pernicies) o la disolución (ibid., pág. 411). De hecho, este fenómeno artificial puede comprobarse cada día cuando los individuos o las cosas que vemos provocan espontáneamente nuestra simpatía o antipatía, repugnancia o atracción (ibid., pág. 447).

La vista y el oído sólo son las puertas secundarias por las que el «cazador de almas» (animarum venator), el mago, puede introducir sus «vínculos» y sus cebos (De vinculis in genere, III, pág. 669). La entrada principal (porta et praecipuus aditus) de todas las operaciones mágicas es la fantasía (De Magia, III, pág. 452); ésta es la única puerta (sola porta) de todos los afectos, o afecciones, internos y es el «vínculo de los vínculos» (vinculum vinculorum) (ibid., pág. 453). La fuerza del imaginario se multiplica por dos cuando interviene la facultad cogitativa porque ésta es capaz de subyugar al alma (¡bid.). Sin embargo, el «vínculo» tiene que pasar obligatoriamente por la fantasía porque «no hay nada en la razón que no haya sido anteriormente percibido por los sentidos quod prius non fuerit in sensu, y no hay nada que, partiendo de los sentidos, pueda llegar hasta la razón sin pasar por la fantasía» (Theses de Magia, XLIII, vol. III, pág. 481).

Exceptuando al manipulador, porque se supone que puede ejercer un control absoluto (por lo menos teóricamente) sobre su propia imaginación, el común de los mortales está sometido a unas fantasías descontroladas. Sólo las profesiones especiales (como la del poeta o artista) exigen la aplicación voluntaria de la imaginación; para los demás, el campo de la imaginación queda abierto a cualquier causa externa. En este caso, hay que distinguir entre las fantasías provocadas por una acción voluntaria del sujeto, pero de otro orden, y las fantasías cuyo origen está en otra parte. Estas últimas, a su vez, pueden haber sido provocadas por los demonios, o inducidas por una voluntad humana (De Magia, III, pág. 449).

Ésta sería la voluntad del manipulador, que debe ser de tipo especial. En efecto, Bruno avisa a cualquier operador de fantasmas —en este caso al artista de la memoria— para que regule y controle sus emociones y sus fantasías de manera que, creyendo ser su dueño, no sea, por el contrario, la víctima de sus habilidades. «Procura no transformarte de operador en instrumento de los fantasmas»: éste es el mayor peligro que el discípulo tiene ante sí (Sigillus sigillorum, 11, 2, pág. 193). El verdadero manipulador debe ser capaz de «ordenar, corregir y disponer la fantasía, componer sus especies según su voluntad» (Theses de Magia, XLVIII, vol. 111, pág. 485).

Parece ser que el hombre está dotado de un cerebro extremadamente complejo y desprovisto de cualquier tipo de dispositivo especial que le permita analizar los estímulos según su lugar de origen: resumiendo, no es capaz de distinguir directamente entre las informaciones oníricas y las que le transmiten los sentidos, la imaginación de lo tangible. Bruno exige del operador una labor sobrehumana: primero debe guardar inmediatamente y sin equivocarse las diferentes informaciones según su origen y, después, debe hacerse completamente inmune frente a cualquier emoción provocada por causas externas. En definitiva, se supone que ya no reacciona ante ningún estímulo externo. No debe dejarse conmover ni por la compasión, ni por el amor del bien y de lo verdadero, ni por nada, para evitar ser «vinculado» a su vez. Para ejercer el control sobre los demás, hay que estar protegido ante cualquier control que venga de los demás (Theses de Magia, XLVIII).

Con una lucidez extraordinaria, Bruno expone una clara distinción entre la teología (con los fundamentos de la moral que era, no lo olvidemos, una materia exclusivamente teológica) y la «especulación laica» (civilis speculatio), para la cual se ofrece personalmente como representante. Para la teología hay una religión verdadera y creencias falsas, hay un bien y un mal, y en gran parte tienen una naturaleza ideológica. En estas condiciones, no se puede realizar ningún tipo de manipulación de los individuos ni de las masas, sino que se trata más bien de cumplir una misión cuya finalidad es convertir a la única verdad. Por el contrario, para Bruno, sólo existe un principio válido, sólo hay una verdad: todo es manipulable, no existe nadie en absoluto que pueda librarse de las relaciones intersubjetivas, ya sea un manipulador, un manipulado o un instrumento (De vinculis, III pág. 654). Incluso la teología, la fe cristiana y cualquier otra fe sólo son convicciones de masas instauradas por operaciones de magia.

Para que salga con éxito una operación —Bruno no se cansa nunca de decirlo—, tanto el operador como los sujetos deben estar plenamente convencidos de su eficacia. La fe es la condición previa de la magia: «No existe operador —sea mago, médico o profeta— que pueda desempeñar nada si no existe una fe previa en el sujeto» (De Magia, III, pág. 452); lo que también explica la frase de Hipócrates: «El médico más eficaz es aquél en quien más gente confía» (ibid., pág. 453). «El primer fundamento de la unión universal es que haya credulidad no solamente en nosotros, los que operamos, sino también en los pacientes. Ésta es la condición necesaria ya que sin ella no se puede obtener nada ... » (De Magia mathematíca, VI, vol. III, pág. 495). «La fe es el mayor vínculo, el vínculo de los vínculos (vinculum vinculorum); de él provienen todos los demás: la esperanza, el amor, la religión, la piedad, el miedo, la paciencia, el goce la indignación, el odio, la ira, el desprecio etc. » (Theses de Magia, LIII, vol. III, pág. 490). «Es necesario que el operador posea una fe activa y el sujeto de la operación una fe pasiva. Esta última, sobre todo, es un requisito para cualquier sujeto, porque sin ella, ningún operador, ya sea natural, racional o divino, puede desempeñar nada ... » (ibid.).

Resulta evidente que los ignorantes serán las personas mejor dispuestas a dejarse convencer por los fantasmas de la teología y los de la medicina: «Vincular vincire a estas personas resulta todavía más fácil cuantos menos conocimientos tienen. En ellos, la fuerza del alma se dispone y se abre de tal manera que deja el paso libre a las impresiones provocadas por las técnicas del operador, abriendo así ampliamente aquellas ventanas que, en otras personas, siempre se mantienen cerradas. El operador tiene libres las vías para crear todos los vínculos que quiera: la esperanza, la compasión, el miedo, el amor, el odio, la indignación, la ira, la alegría, la paciencia, el desprecio de la vida, de la muerte, de la fortuna ...» (De Magia, III, págs. 453‑454). El hecho de mencionar al profeta junto al mago y al médico, no es una casualidad. La consecuencia más evidente de las especulaciones de Bruno consiste en que toda religión es una forma de manipulación de las masas. Utilizando técnicas eficaces, los fundadores de religiones han sabido influir, de una manera duradera, en la imaginación de las masas ignorantes; han podido canalizar sus emociones y utilizarlas, provocando sentimientos de abnegación y autosacrificio que no hubieran manifestado de manera natural.

Enunciados como éste se prestan con facilidad a los malentendidos; el más común sería considerar que Bruno realiza aquí una crítica sociológica de la religión. Y en verdad, Bruno se sitúa más lejos de la religión que de la teología, a la que no intenta «desenmascarar», sino que únicamente procura mirarla desde un punto de vista operativo más amplio. No condena en absoluto a la religión en nombre de unos principios humanitarios que le son completamente ajenos. De hecho, no se interesa por la religión en sí, sino por la manera que emplea cualquier religión para instaurarse, siempre y cuando, por un lado, las masas estén dispuestas a aceptarla y, por otro, el mensaje sea conveniente y tenga la capacidad de realizar la conversión de las masas. En cuanto al manipulador, será todavía más persuasivo, más firme en su fe y en su fuerza de convicción, cuando consiga apagar en él y en los demás la philautia, el amor por uno mismo, el egoísmo (De vinculis, III, págs. 652, 675). Todo es manipulable, enseña Bruno; pero el manipulador no tiene derecho a utilizar su poder sobre las masas con fines egoístas. Además, parece ser que la existencia del amor propio en el sujeto facilita de alguna manera la creación de «vínculos».

De manera general, resulta más fácil ejercer una influencia duradera en las masas que en un individuo. Para las masas se emplean unos vínculos que son de orden más general. En el caso de un individuo, es necesario conocer primero muy bien sus placeres y sus fobias, lo que suscita su interés y lo que le deja indiferente: «Resulta, en efecto, más fácil manipular vincire a varias personas que a una sola» (ibid., pág. 688).

...

La fórmula «vínculo de los vínculos», Bruno la aplica —ya lo hemos visto— a tres cosas distintas: el eros, la fantasía, la fe. Ciertamente, como sabemos que el eros es una operación fantástica, podemos reducir la lista a dos términos. Después, aprendemos que la fe sólo puede formarse y prosperar en el terreno de la imaginación, lo que viene a significar que, en el fondo, el vinculum vinculorum es el sintetizador receptor y productor de fantasmas.

Sin embargo, Bruno suele reservar esta fórmula para describir la fuerza extraordinaria del eros, daemon magnus, que preside todas las actividades mágicas. Estas últimas sólo son, finalmente, una explotación extremadamente hábil de las propensiones y actitudes individuales, para crear vínculos duraderos cuya finalidad es someter al individuo, o al grupo, a la voluntad del manipulador.

El postulado de esta operación es que nadie puede librarse del círculo mágico: cada persona o bien está manipulada, o bien es un manipulador. Para poder ejercer sus técnicas, después de conseguir un dominio extraordinario sobre su propia fantasía, y habiendo dejado de lado su amor propio, que le hacía vulnerable frente a las adulaciones y las injurias de los demás, el manipulador se dedica a conocer y penetrar, gracias a la intuición, tanto las propiedades como las reacciones y las emociones del sujeto que quiere vincularse. ...

¿Cuál es el objetivo de esta descripción del vinculum cupidinis, del vínculo libidinal? Esta pregunta resulta ser más compleja de lo que parece porque el tratado bruniano, en más de una ocasión, no resulta ser muy explícito, ni mucho menos. Como ya le hemos dado una respuesta, todavía nos queda justificarla. ...

Una tercera hipótesis, que no pone en cuestión la idea de manipulación, consiste en decir que el conocimiento de la fenomenología erótica le sirve, al operador, no tan sólo para ejercer su influencia sobre el mundo exterior sino también para obtener una inmunidad perfecta en relación con los «vínculos» de cualquier tipo. Esto es muy probable, y vendría a decir que el operador bruniano es aquel que sabe todo sobre el amor, para aprender a no amar. En efecto, el que ama está vinculado: «El amor del amante es pasivo, es un vínculo. El amor activo es otra cosa, es una fuerza activa en las cosas, y es el que vincula» (ibid., pág. 649).

De la magia como psicosociología general

Aunque la magia erótica de Bruno sea poco ortodoxa, su estudio nos ha permitido conocer un poco mejor las consecuencias extremas a las que puede llegar la identidad, tanto sustancial como operacional, entre eros y magia.

Tendremos que volver hacia atrás para considerar nuevamente cuál puede ser el parentesco entre eros y magia: ¿dónde acaba el eros?, ¿dónde empieza la magia? Parece que la respuesta sea sencilla: en cuanto se manifiesta el eros, la magia también se manifiesta. Por esto, finalmente, la magia erótica representa el grado cero de cualquier magia.

Todavía nos queda precisar la definición de la magia como operación espiritual. En cualquier caso, se trata de un postulado transitivo, y podemos afirmar que toda operación espiritual es al mismo tiempo una operación mágica. Como el eros viene a ser la actividad pneumática natural más sencilla (aquella que interviene en cualquier proceso intersubjetivo), resulta que todos los fenómenos eróticos son al mismo tiempo unos fenómenos mágicos en los que el individuo interviene en calidad de manipulador, de manipulado o de instrumento de manipulación.

Para que un sujeto participe de las operaciones mágicas, la idea misma de magia no debe pasar el límite de su consciencia. De hecho, puesto que ningún acto tiene lugar sin un movimiento del pneuma, se puede decir que toda la existencia de un individuo queda circunscrita en la esfera de la magia natural. Y como las relaciones entre individuos están condicionadas por criterios «eróticos», en el sentido más amplio de la palabra, resulta que la sociedad humana, en sus diferentes niveles, no es más que obra de magia. Por mucho que no sea consciente de ello, todo ser que, debido a la constitución del mundo, esté integrado en un relevo intersubjetivo también está participando en un proceso mágico. Únicamente el operador puede, primero, situarse como un observador de las relaciones intersubjetivas porque ha entendido el conjunto de este mecanismo, y puede realizar, simultáneamente, un conocimiento con la finalidad de sacarle provecho.

Todo esto recuerda curiosamente el concepto de «proceso de transferencia» estudiado por Jacques Lacan: según él, el mundo es un inmenso aparato de intercambios intersubjetivos, donde cada uno hace a su vez el papel de paciente o el de analista. En cuanto al facultativo, aunque Lacan no lo diga expressis verbis, se sitúa en una posición parecida a la del operador de Bruno: ha aprendido los mecanismos del mundo, sabe que el mundo no es más que una máquina de transferencias, y observa todo esto para poder aprovecharlo. Ciertamente, también se supone que debe transferir en el paciente el provecho que haya sacado para poder curarlo.

Las posibilidades del mago son más amplias; las del médico están relativamente más limitadas. Si tenemos dos individuos, A y B, y la relación entre ellos, que podemos llamar Y, y suponemos que A quiere a B pero que B no le corresponde, resulta que su relación, Y, queda definida con estos términos. La labor del mago es modificar Y: si ofrece sus servicios a A, conseguirá para él los favores de B. Pero supongamos que la familia de A decide que, por algún motivo de interés, A debe abandonar su intensa pasión por B: poniéndose a su servicio, el operador modifica Y y «cura» a A. Ésta sería la labor del médico. También podemos imaginar que A es un manipulador mágico que quiere conseguir los favores de B. Es mago, y no médico. De estos tres casos, dos pertenecen a la magia y uno a la medicina. ¿Cuál es, exactamente, la frontera entre estas dos disciplinas? Podemos darnos cuenta de que las competencias del médico se limitan, jurídicamente, a los casos que presentan el afecto de A en conflicto con los intereses de la sociedad, lo que significa que el afecto se situaría fuera de la normalidad. Por el contrario, el operador de la magia erótica en general puede utilizar sus conocimientos en contra de la sociedad y en contra de la voluntad de un individuo.

Supongamos ahora que A es un individuo múltiple, una masa que tiene reacciones uniformes. B es un profeta, el fundador de una religión o un jefe político que subyuga utilizando procedimientos mágicos de persuasión. Sus prácticas, como las del médico, se admiten porque al conseguir el consenso social, el mismo operador dicta las reglas de la sociedad.

Tres hipóstasis: mago, médico, profeta. Su vínculo es indisoluble, y sus límites no quedan bien definidos. El «psicoanalista» también pertenece a este círculo porque sus actuaciones están en el límite de lo ilícito y lo sobrehumano. (Reconozcamos que, hoy en día, su situación sigue siendo la misma: un cirujano nunca dirá que un psicoanalista es su «colega», aunque tenga el diploma de médico.)

Como hoy en día se han especializado y delimitado las competencias, podríamos decir que los otros dos operadores de la magia bruniana (el mago, propiamente dicho, y el profeta) han desaparecido. Es más probable, sin embargo, que sencillamente se hayan camuflado tras unas apariencias sobrias y legales: el analista sólo sería una de ellas, y no precisamente la más importante. Actualmente, el mago se encarga de las relaciones públicas, de la propaganda, de la prospección de mercados, de las encuestas sociológicas, de publicidad, de la información, la contra información y la des‑información, de la censura, de operaciones de espionaje e incluso de criptografía (esta ciencia fue, durante el siglo XVI, una rama de la magia). Esta figura clave, para la sociedad contemporánea, sólo representa la continuidad del manipulador bruniano, cuyos principios va siguiendo, procurando presentarlos con fórmulas técnicas e impersonales. Los historiadores concluyeron sin razón que la magia había desaparecido con la llegada de la «ciencia cuantitativa». Ésta sólo ha sustituido una parte de la magia, prolongando sus sueños y sus finalidades, recurriendo a la tecnología. La electricidad, los medios de transporte rápidos, la radio y la televisión, el avión y el ordenador no son más que las realizaciones de aquellas promesas, formuladas por la magia, que respondían a los procedimientos sobrenaturales del mago: producir luz, desplazarse instantáneamente de un punto a otro del espacio, comunicarse con regiones lejanas del espacio, volar por los aires y disponer de una memoria infalible. Podemos sostener que la tecnología viene a ser una magia democrática que permite a todo el mundo gozar de las facultades extraordinarias de las que, hasta ahora, sólo podía presumir el mago.

Por el contrario, nada ha reemplazado a la magia en el terreno que le es propio: el de las relaciones intersubjetivas. Al mantener una función operacional, tanto la sociología como la psicología y la psicosociología aplicada representan, hoy en día, la continuación directa de la magia renacentista.

¿Qué se pretendía conseguir con el conocimiento de las relaciones intersubjetivas?

Una sociedad homogénea, ideológicamente sana y gobernable. El manipulador de Bruno tenía la responsabilidad de impartir a sus sujetos una educación y una religión correctas: «Ante todo, hay que cuidar mucho la manera de educar a alguien, vigilar el lugar donde sigue sus estudios, vigilar el tipo de pedagogía, de religión, de culto, los libros y los autores estudiados. Pues todo esto genera por sí mismo, y no por casualidad, todas la cualidades del sujeto» (Theses de Magia, III). El control y la selección son los pilares del orden. No hace falta tener mucha imaginación para entender que la función del manipulador bruniano la ejerce, ahora, el estado; este nuevo «mago integral» se encarga de producir los instrumentos ideológicos necesarios para conseguir una sociedad uniforme. Cualquier educación crea unas expectativas que ni el mismo estado es capaz de satisfacer. Para los frustrados, existen unas centrales ideológicas que crean expectativas alternativas. Digamos que si el estado produce la «cultura», estos otros centros manipuladores producen la «contracultura» que va dirigida, ante todo, a los marginales.

No hay que engañarse en lo que respecta al carácter de las modas culturales alternativas: en ciertas circunstancias, pueden resultar ser más potentes que la cultura del estado; en tal caso, acabarán sustituyendo a esta última, ya sea siguiendo la evolución, ya sea creando una revolución. Por esta razón, el estado que quiera subsistir, debe tener la capacidad necesaria para asegurar a sus ciudadanos una educación infalible, y, si puede, debe satisfacer sus deseos. Si no lo consigue, debe procurar producir él mismo su contracultura, cuyos componentes ideológicos deben estar organizados de tal manera que impidan la cohesión de los marginados así como el aumento de su poder. El método más sencillo y más eficaz, pero también el más inmoral, consiste en dejar que vaya prosperando el mercado de los fantasmas destructivos y autodestructivos de todo tipo, al mismo tiempo que se va abonando la idea de que existen fuentes alternativas de poder, entre las cuales la más importante sería el «poder mental». Los efectos de la violencia se vuelven contra los agresores, la autodestrucción anula otra parte de los marginados, y, mientras tanto, el tercio restante está ocupado meditando y extasiándose ante las posibilidades desconocidas, pero siempre inofensivas, claro está, de la psique humana. Aunque, en ciertos casos, algunos ritos violentos vayan asociados con prácticas mentales, resulta poco probable que realmente consigan atacar la cultura del estado. La ventaja de estas operaciones sutiles consiste en no recurrir a la represión directa para salvar la idea de libertad, cuya importancia no debe ser desestimada. Por otro lado, las modas alternativas también representan una fuente considerable de prestigio y riqueza para sus creadores; y esto asegura el buen funcionamiento de todas las industrias que están relacionadas con ellas: la imagen, el disco, la moda de la indumentaria. A su vez, el éxito en el mercado de estas operaciones acaba siendo un peligro para el estado que, hasta este momento, había estado ayudándolas discretamente con la finalidad de desviar la atención de los marginados. Pero resulta que el fenómeno adquiere tales proporciones que prácticamente ya no puede ser controlado ni por los manipuladores directos ni por el estado mismo. Surgen entonces nuevas modas que no han sido inventadas por el estado para asegurar su propia subsistencia. Estalla una nueva ola de violencia que el estado no había programado. Las prácticas auto destructivas acaban por afectar a los representantes de las nuevas generaciones que hubiesen podido responder a las expectativas más nobles del estado. La situación se complica cada vez más, y las medidas que se toman exigen un gasto considerable de inteligencia que hubiera sido más útil para unos fines mejores.

Y nos preguntamos si el estado occidental, hoy en día, es realmente un mago o si sólo es un aprendiz de brujo que pone en movimiento unas fuerzas ocultas e incontrolables.

Es difícil contestar a esta pregunta. En cualquier caso, el estado‑mago, siempre y cuando no se trate de unos vulgares prestidigitadores, es preferible al estado policial que es aquel que, para defender su propia «cultura» caduca, no duda en reprimir todas las libertades así como la ilusión de las libertades, transformándose en una cárcel donde ya no existe esperanza. Demasiada sutilidad y demasiada flexibilidad son los mayores defectos del estado‑mago, que puede degradarse y transformarse en un estado brujo. Una carencia total de sutilidad y de flexibilidad son los mayores defectos de un estado policial, que se ha transformado en un estado‑carcelero. Pero la diferencia fundamental entre los dos, la que hace inclinar la balanza a favor del primero, es la naturaleza de la magia: la magia es una ciencia de las metamorfosis, tiene la capacidad de cambiar, puede adaptarse a cualquier circunstancia, puede mejorarse. Por el contrario, la policía jamás puede ser otra cosa que lo que es: en el caso que nos ocupa, es el defensor a ultranza de unos valores caducos, de una oligarquía política inútil y perjudicial para la vida de las naciones. El sistema de coacción está condenado a desaparecer porque lo que defiende no es más que un montón de fórmulas sin ninguna vitalidad. Por su parte, el estado‑mago está esperando la posibilidad de desarrollar nuevas oportunidades y nuevas tácticas, y precisamente el exceso de vitalidad puede interferir en su funcionamiento. Seguramente él también sólo podrá explotar una ínfima parte de sus recursos mágicos. Pero intuimos que éstos serán de una riqueza extraordinaria y, en principio, no deberían tener ninguna dificultad en arrancar el árbol seco de la ideología policial.

¿Por qué esto no ocurre? Porque la sutilidad de sus juegos internos agota la atención del estado‑mago, y éste resulta tener poca preparación para enfrentarse al problema de una magia fundamental y eficaz en sus relaciones externas. Este monstruo de inteligencia se queda sin recursos en cuanto debe proyectar operaciones a largo plazo o cuando tiene que poner cara de «encanto» para las relaciones internacionales. Su pragmatismo sin contemplaciones ni miramientos acaba creándole una imagen que, aun siendo más bien falsa, resulta repulsiva a la mirada de sus interlocutores. Este defecto, hecho de promesas y discursos bizantinos, le perjudica tanto como sus excesos de inteligencia y su incapacidad para proponer soluciones radicales.

Si nos extrañamos porque el estado policial todavía sigue funcionando también podemos preguntarnos por qué el estado‑mago, que dispone de una cantidad de recursos ilimitada, funciona tan mal; incluso parece que vaya perdiendo terreno, día a día, frente a los progresos ideológicos y territoriales del otro.

La conclusión es evidente: el estado‑mago agota su inteligencia creando diversiones internas y demuestra ser incapaz de elaborar una magia a largo plazo para neutralizar la hipnosis provocada por las cohortes policiales que van avanzando. Así y todo, parece que el futuro le pertenezca y aunque el estado policial consiguiera una victoria provisional, no cabría ninguna duda sobre esta cuestión: la coacción violenta deberá rendirse ante los procedimientos sutiles de la magia, la ciencia del pasado, del presente y del futuro.

* Extraído de Eros y magia en el Renacimiento, ed. Siruela 1999, 131-140 y 147-152, traducción de Neus Clavera y Hélène Rufat del original francés, publicado por la editorial Flammarion en 1984
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