webislam

Martes 2 Septiembre 2014 | Az-Zulaza 07 Dhul-Qaadah 1435
2144 usuarios en linea | Español English عربي

WebIslam.com

» Artículos

?idt=1819

Estudio tipológico de la cultura islámica

17/08/2001 - Autor: Seyyed Hossein Nasr
  • 0me gusta o estoy de acuerdo
  • Compartir en meneame
  • Compartir en facebook
  • Descargar PDF
  • Imprimir
  • Envia a un amigo
  • Estadisticas de la publicación

islam07
islam07

Para comprender la vida y el pensamiento del Islam y su civilización es necesario comprender los diversos mundos étnicos y culturales a los que descendió la revelación islámica y que el Islam transformó e hizo suyos.

Se puede hablar de una cultura islámica con muchos diferentes colores, «zonas» y variaciones, o de varias culturas dentro de la civilización islámica, según lo que se entienda por el término «cultura», que, en cualquier caso, es una palabra de origen reciente en el mundo musulmán y se utiliza bajo la influencia directa del uso que se hace de este término en las lenguas occidentales. No obstante, si consideramos los elementos espiri­tuales e intelectuales que determinan la vida de una sociedad tradicional y definimos la cultura de modo que abarque estos elementos básicos, entonces, sin duda, hay una única cultura islámica con distintas «zonas» o mundos contenidos en ella, «mundos» que están unidos por el espíritu y la forma sagrada de la tradición y están separados por factores locales de tipo étnico, lingüístico, geográfico u otro. Una civilización tradicional, como la del Islam, está dominada por una Norma divina, por una «idea rectora» que deja su huella más profunda en sus receptáculos terrenales; sin embargo, cada receptáculo tiene libertad para desarrollar sus propias posibilidades innatas dentro de la tradición en la que está integrado y, así, dar origen a un «mundo» o «zona» particular dentro de la matriz general de la tradición en cuestión. Estudiar la tipología de la cultura islámica es ocuparse de los contornos y peculiaridades de estos «mundos» —tales como el árabe, el iranio, el turco, el malayo y el negro africano— dentro de la totalidad de la cultura islámica, y también analizar las complejas estructuras que existen dentro de cada uno de estos «mundos».

La primera cuestión que surge naturalmente al estudiar la tipología de la cultura islámica es la M criterio o criterios según los cuales los diversos «mundos» o tipos se distinguen y definen. Se podrían enumerar muchos factores que, solos, o, más frecuen­temente, en combinación, han sido responsables de la creación de estos «mundos» culturales y que pueden utilizarse como criterios para su delineación y descripción. Se podría dividir el mundo islámico según las escuelas religiosas seguidas por las diversas comunidades, escuelas que para este propósito incluyen no sólo los cuatro madhhabs de la ley sunní y el shi’ísmo duodecimano, sino también las varias ramas del ismailismo, e incluso sectas más pequeñas como los nusayríes, los Ahl‑i Haqq, los ‘alawíes, etc.

Considerando el carácter global de la Ley divina y su pertinencia para todos los aspectos de la vida y el sentido de comunidad creado por la pertenencia a una escuela determinada, sin duda el sin duda el hecho de que una colectividad en particular siga la ley shafî’í o malikí, o, por razones todavía más poderosas, el shi’ísmo duodecimano o de otra rama, impone una notable homogeneidad cultural a la comunidad en cuestión. El que este factor sea especialmente importante cuando se combina con el con el agrupamiento étnico y también con el aislamiento geográfico es algo que puede verse en muchas partes del mundo islámico.

Asimismo, la difusión de una determinada tariqa sufí, espe­cialmente si también posee una amplia dimensión popular y ha desempeñado un papel en la difusión del Islam, puede considerar­se como otro importante factor de diferenciación cultural, el cual atañe directamente al «estilo espiritual» de un «mundo» particular e, indirectamente, a muchas otras facetas de su vida. Por ejemplo, la difusión de las tariqas mawlawí y baktâshí en la Turquía otomana y de las tariqas qâdiriyyah y tijâniyyah en varias regiones del África occidental ha desempeñado un papel central en la creación de un estilo espiritual, y por tanto cultural, distinto en la vida de las comunidades islámicas tradicionales de esas regiones.

En lo que respecta al recipiente terrenal de la tradición, es evidente que las características étnicas y raciales de los pueblos que han abrazado el Islam han sido un factor muy decisivo en las variaciones culturales locales. Estas características han afectado a la lengua y la literatura, a las formas artísticas de todo tipo, entre las que se incluyen el vestido, la ornamentación, los diversos estilos de caligrafía y arquitectura, la música, etc. De hecho, muchos estudiosos de la historia islámica probablemente dividirían sin más la cultura islámica en varios tipos de acuerdo con criterios étnicos o lingüísticos, tal como se acostumbra a hablar del Islam árabe, persa o malayo. En algunos casos, la lengua, y en otros las peculiaridades étnicas, se consideran los factores domi­nantes y determinantes. Sin embargo, a pesar de su gran importan­cia, estos elementos no son suficientes en sí mismos y deben tomarse en cuenta junto con otros elementos de naturaleza tanto espiritual como histórico‑geográfica.

La historia es evidentemente un factor muy poderoso no sólo para moldear la identidad cultural de una región, sino también para darle color local y diferenciación dentro de un modelo cultural más amplio. La experiencia histórica común y el tipo de conciencia del pasado que posee una comunidad determinada, pueden ser un agente tan poderoso para determinar modelos locales como los factores antes mencionados. Los egipcios tienen una relación histórica con los faraones diferente de la propia de los sirios y, sin embargo, ambos grupos pertenecen a la zona árabe de la cultura islámica. Así pues, a pesar de esta unidad, esa conciencia hace de Egipto una «zona» particular dentro del más amplio mundo cultural árabe. En Persia, incluso los que hablan turco âdharî tienen una experiencia y una conciencia histórica común con el resto de los persas respecto a figuras como Ciro o Darío, mientras que los bengalíes o sindhis que durante siglos hablaron persa no tienen la misma relación con el pasado aqueménida. Este elemento es ciertamente uno de los que determi­nan la zona persa de la cultura islámica, une a sus miembros y la distingue de otras regiones del mundo islámico que comparten muchas otras características con este «mundo».

Finalmente, hay que tomar en consideración las características demográficas y geográficas. Aquellas regiones en las que, a lo largo de los siglos, ha habido un constante flujo y reflujo entre pueblos nómadas y sedentarios, han adquirido ciertas profundas características comunes, como también aquellas en que se halla una comunidad agrícola completamente sedentaria. Además, las características geográficas que han causado aislamiento o que sometieron a la población a condiciones naturales especiales han desempeñado un papel considerable en las variaciones culturales locales. Algunas de las comunidades situadas en remotas áreas montañosas o en oasis en medio de los desiertos, o las que están alejadas de las principales rutas comerciales o en islas inaccesibles o, por el contrario, las que están en las encrucijadas del comercio o las invasiones, han adquirido características culturales especiales que desempeñan un papel considerable en el hecho de pertenecer a un tipo particular de cultura islámica. Algunas de las pequeñas comunidades religiosas del oeste de Persia o el norte de Siria, o las situadas justo al norte del Sahara o en las orillas del golfo pérsico, o en Somalia, apuntan todas ellas a la importancia de estos factores. Estos y muchos otros elementos deben utilizarse por separado, así como en conjunto, a fin de hacer posible el estudio de los complicados modelos culturales existen­tes dentro de la civilización islámica, modelos que describen «mundos» culturales todos ellos interrelacionados, aunque distin­tos y con relaciones muy complejas con los otros «mundos» contenidos en la matriz del Islam.

El proceso histórico a través del cual se crearon los diversos «mundos» o «zonas» de la cultura islámica debe ser esbozado brevemente antes de describir cada «zona», porque los efectos de este proceso son inseparables de los elementos que definen y distinguen a estas zonas. Es bien sabido que los árabes primero unieron Arabia y luego conquistaron las provincias del sur del imperio bizantino y todo el imperio persa. Históricamente, el mundo árabe fue, pues, la más antigua «zona» definida de la civilización islámica. Pero debe observarse que la islamización de ciertas partes del mundo árabe, como África del Norte, tuvo lugar al mismo tiempo que la de Persia e incluso que la de un cierto número de pueblos negros de África occidental.

Una vez islamizados, principalmente por medios pacíficos y no por coacción, como se afirma habitualmente, los persas se convirtieron en el principal instrumento de la expansión del Islam en la mayor parte del resto del territorio asiático, al menos hasta Malasia. Aunque el Sindh y algunas de las provincias de Asia central fueron conquistados directamente por los ejércitos árabes, los grandes santos de origen persa, como los de la sohrawardiyyah y la chishtiyyah, llevaron el Islam, utilizando una lengua persa ya totalmente islamizada, por una parte hasta los rincones más alejados del subcontinente indio y, por otra, hasta los turcos de Asia central y más allá. Algunos de esos turcos, sin embargo, ya eran miembros de los ejércitos de los califas de Bagdad y abrazaron el Islam en aquella ciudad. Pero el hecho de que Persia se islamizara por medio de los árabes y la cultura y lengua árabes, y de que la mayor parte del resto del Asia islámica lo hiciera a través de elementos persas, es de gran importancia para la tipología de la cultura islámica de siglos posteriores.

En la China, donde el Islam llevó a cabo una incursión en lo que se llamaba el «Turquestán oriental» y ahora se conoce como Sinkiang, los elementos persas, y especialmente la lengua, desem­peñaron un importante papel, por lo que en muchos aspectos esta «zona» comparte elementos comunes con los mundos turco e indio, aunque posee muchas características propias.

El mundo africano, sin embargo, recibió el Islam casi comple­tamente de fuentes árabes y beréberes, siendo la única excepción el África occidental, en la que se combinaron elementos árabes y persas. Pero también aquí la expansión del Islam tuvo lugar casi sin coacción externa, aunque dentro de la propia área hubo guerras entre diversas tribus y Estados, como en otras partes. La expan­sión del Islam se produjo a través de santos sufíes y también de piadosos mercaderes de origen árabe o beréber y más tarde también de origen africano. La emigración de musulmanes indios y malayos al Africa representa un fenómeno mucho más reciente y geográficamente restringido.

En el sudeste del Asia, que contiene hoy la mayor concentra­ción de musulmanes de cualquier área geográfica de extensión comparable, el contacto con el Islam se produjo principalmente a través del mar y desde las regiones de Hadramaut y el golfo Pérsico. Por esta razón, su carácter difiere algo del «sabor» cultural del Islam tal como se difundió por tierra firme hasta lugares tan próximos como Bengala e incluso Birmania. En el mundo malayo‑indonesio, la huella cultural de Hadramaut dejó una marca indeleble en el posterior desarrollo del Islam, como lo hizo la naturaleza compuesta de todo lo que provino del golfo Pérsico, donde los elementos árabes y persas se combinaban en una mezcla única con otros ingredientes locales. El papel de los comerciantes y eruditos árabes persistió en esa región a lo largo de los siglos.

Por último, los turcos otomanos no sólo completaron la «turquización» de Anatolia, sino que también llevaron el Islam a los Balcanes. En esa región, todo lo que queda de la cultura islámica está inextricablemente unido al mundo turco, y todo el fenómeno del Islam en Europa oriental no puede estudiarse de los modelos culturales de la parte turca de la cultura islámica.

Al estudiar las «zonas» actuales de la cultura islámica, algunos historiadores, como Toynbee, han hablado de dos polos básicos de civilización (el árabe y el iranio), mientras que otros, como V. Monteil —por citar un solo ejemplo—, han dividido el mundo islámico en cinco «zonas»: árabe, irania, turca, malaya y negro­ africana. Aunque ambas divisiones tienen sus defectos y dejan muchas cuestiones por resolver, pueden servir como posibles puntos de partida para un estudio de la tipología de la cultura islámica. Los polos árabe e iranio pueden retenerse cuando se considera la perspectiva más amplia de la civilización islámica y los procesos que produjeron la difusión de la cultura musulmana. Las cinco «zonas» consideradas se basan en los largos procesos históricos que han estado en juego en cada región del mundo islámico.

La «zona» árabe de la cultura islámica es definida habitualmente sólo desde un punto de vista lingüístico, a saber, como la parte del mundo islámico cuyos habitantes tienen el árabe como lengua materna. Incluye lo que en un sentido político hoy se llama el mundo árabe y comprende ciertos Estados, como Sudán, Somalia y Mauritania, en los que no todos sus habitantes pueden llamarse árabes en ninguno de los sentidos en los que pueda definirse este término. La vasta «zona» árabe del Islam, que se extiende desde Irak hasta Mauritania, puede subdividirse a su vez en varias regiones muy diferenciadas. En primer lugar, se puede distinguir claramente entre un mundo árabe oriental y otro occidental, cuya línea divisoria se encuentra en algún lugar del desierto que separa la Libia oriental de la occidental. En la parte oriental o al‑Mashriq, el Hejaz y el Najd —cuna del Islam— constituyen hasta hoy una unidad distinta con un modelo cultural nómada todavía dominante que se extiende por el sur de Jordania, por Siria e Irak. Los Estados de levante forman otra área diferenciada, unida por similitudes geográficas, una experiencia histórica común —especialmente la dominación otomana—, e incluso un dialecto árabe casi uniforme.

Egipto, que en muchos aspectos es el centro de la «zona» árabe de la cultura islámica, está también muy diferenciado de otras regiones. La misma fisonomía y anatomía de sus gentes, así como las costumbres y la moral, reflejan un antiguo pasado que fue totalmente islamizado y arabizado, y que posteriormente sufrió una notable influencia turca, la cual se refleja en ciertos aspectos de su arte y sus hábitos cotidianos.

Son también muy diferentes, en la parte oriental del mundo árabe, las regiones meridionales de la península arábiga. El Yemen, que fue la única tierra de esa región que abrazó el Islam pacíficamente, ha conservado sus antiguos modelos culturales sedentarios, aunque puramente árabes, que se reflejan en su arquitectura y planificación urbana características. Representa una «zona» cultural claramente distinguible de otras partes de Arabia por los aspectos visuales de su arte, así como por las expresiones intelectuales y literarias de sus habitantes. De igual modo, Hadramaut y Adén, así como Muscat y Omán, han formado a lo largo de los siglos una «zona» cultural diferente relacionada, por una parte, con su entorno árabe y, por otra, con el Océano Indico, con el que siempre han estado estrechamente vinculados.

En cuanto a Irak, representa también una sección singular de la parte orienta¡ del mundo árabe. Medio sunní y medio shi’í, contiene importantes minorías no árabes, especialmente kurdos y persas, pero también asirios, etc. Es heredero de las grandes civilizaciones de la antigua Mesopotamia y durante los últimos siglos tuvo la extraña experiencia histórica de estar situado entre dos poderosos imperios, el otomano y el safávida, siendo gober­nado alternativamente por uno o por otro. Por estas y otras razones, también el Irak es un área diferenciada dentro de la «zona» árabe oriental de la cultura islámica.

La parte occidental del mundo árabe, o la región tradicional­mente conocida como al‑Maghrib y que se extiende desde Libia hasta el Atlántico, siempre ha sido una región diferente. Prueba de ello es el dialecto árabe hablado en esa área, el estilo de caligrafía,arquitectura y urbanismo, y la presencia de beréberes que se han mezclado con la población árabe creando una síntesis única. Incluso el uso de las cifras árabes tal como se conocen en occidente, en vez de las primitivas «cifras indias» (al‑arqâm al-hindiyyah) que se emplean en las orientales del Islam, se limita, dentro del mundo islámico, a la región del Maghrib. Sin embargo, hay mucho de puramente árabe en esta región, que en muchos aspectos está mucho menos teñida de influencias no árabes que otras zonas más al este. Una ciudad como Fez tiene un carácter más árabe que cualquier ciudad situada fuera del Hejaz, mientras que las ciudades y pueblos completamente blancos que caracterizan a esa región reflejan la beatitud sepulcral asociada con la pureza del alma del Santo Profeta.

Dentro del Maghrib hay que observar otra distinción entre el área que se extiende desde el oeste de Libia hasta el este de Argelia y el territorio situado al oeste de esta área, desde Tremecén hasta la costa atlántica, y que comprende todo Marrue­cos, única zona que hoy recibe el nombre de Maghrib. Además de estos territorios, también buena parte de la península Ibérica, especialmente Andalucía, formó parte de esa región antes de dejar de pertenecer a manos musulmanas, y de hecho Andalucía y otras regiones españolas conservan hoy todavía profundos lazos cultu­rales con Marruecos. En esta región más lejana del Maghrib, llamada tradicionalmente al‑Maghrib al‑aqsâ, se ha impuesto una profunda homogeneidad debida a una larga historia común domi­nada por el gobierno de familias pertenecientes a la casa del Santo Profeta, la continua interacción con los elementos nómadas, y una mezcla única con la población beréber. Además, muchos aspectos del arte islámico, tales como la arquitectura, la jardinería, la caligrafía y otros, alcanzaron un sobresaliente nivel de desarrollo, mientras que la conservación de algunas de las fases más antiguas de la cultura islámica, como el vestido masculino que refleja los antiguos modelos de Medina, ha contribuido a esta unidad cultural. Incluso la cocina de este área es muy diferente y refleja el largo desarrollo del arte culinario en al‑Andalus y el propio Marruecos.

En todo el mundo árabe existen áreas culturales locales marcadas por lazos étnicos, lingüísticos o religiosos (le naturaleza especial. En el norte de África, las áreas beréberes son notables por su particular importancia cultural. Poseen su propio lenguaje y sus propias expresiones artísticas, así como rasgos físicos indicati­vos de que forman una zona cultural propia. Hay que mencionar, asimismo, otros grupos que viven en los bordes del Sahara, como los tuareg, que habitan en el sur de Argelia pero que, como los beréberes, vagan por zonas mucho más amplias.

En el oriente árabe existen ante todo las comunidades religio­sas especiales, tales como los nusayríes y ‘alawíes de Siria, que también han estado aislados geográficamente durante siglos, y los drusos, que forman una comunidad diferenciada, no sólo con respecto a las regiones religiosas, sino también a las étnicas. Por todo el próximo oriente se encuentran muchas de esas comunida­des que poseen modelos culturales propios dentro de la matriz mayor de la cultura islámica. A éstas pueden añadirse, en cierto sentido, las comunidades árabes cristianas de Egipto, Siria, el Líbano, Jordania, etc., las cuales, si bien no son islámicas, se han integrado en el mosaico de la cultura islámica, como también lo han hecho los judíos orientales tradicionales, que han vivido durante siglos en el seno del mundo musulmán.

Por consiguiente, dentro del mundo árabe, que es en sí una de las «zonas» principales de la cultura islámica, se puede detectar ante todo la división principal del este y el oeste y después, dentro de cada área, las áreas más locales que se han mencionado. Pero toda esta área está unida, por encima de las variaciones culturales locales, por el uso de la lengua árabe como lengua materna y por una adhesión a la revelación coránica que parece casi «racial», en el sentido de que está unida a la historia de los árabes como pueblo. Por extraño que parezca, este sentimiento de pertenecer a la raza árabe es sentido mucho más por el uso de la lengua árabe que por la averiguación de genealogías reales, por lo que en esta parte de¡ mundo islámico las consideraciones de lenguaje dominan completamente sobre las raciales y étnicas, y en gran medida las determinan, gracias sobre todo al especial poder espiritual otorga­do a esta lengua por el h echo de haber sido escogida como vehículo de la revelación del Islam.

La segunda zona importante de la cultura islámica, a saber, la irania, representa un campo aún más diverso que el árabe. Se caracteriza por su carácter lingüístico y étnico indo iranio, y por el predominio en ella de la cultura islámica pérsica y, durante mucho tiempo, del propio pérsico. El centro de este mundo ha sido siempre la meseta irania, que se extiende desde el Irak al Asia central. Es ahí donde se formó la cultura islámica pérsica clásica y desde donde se difundió por muchas tierras cercanas y lejanas. Esta «zona» de la cultura islámica incluye en primer lugar al actual Irán o Persia, pero también el Afganistán, el Tajikistán y ciertas partes del Pakistán y de Caucasia. Esta área, que corres­ponde a la tierra natal de la Persia tradicional, es heredera de una única experiencia histórica, emplea la misma lengua pérsica (o darî) y posee casi las mismas tradiciones artísticas. Su música y su poesía pertenecen al mismo mundo, e incluso su cocina refleja el mismo ambiente cultural.

El Irán es culturalmente homogéneo y está estrechamente unido, y sus vínculos con las áreas adyacentes, que durante tantos siglos formaron parte del mismo conjunto, siguen siendo profundos. También puede distinguirse del resto de esa área cultural por el hecho de que en él predomina el shi’ísmo duodecimano, mientras que el resto de esta «zona» es principal­mente sunní. Los efectos del shi’ísmo pueden detectarse mucho más allá de lo que habitualmente se entiende por el campo religioso y pueden observarse en la mayoría de las facetas de la vida cultural pérsica actual. Lo que en realidad hoy distingue culturalmente a Persia del Afganistán es que aquélla es principal­mente shi’í con minorías sunníes y éste es sunní con una minoría shi’í.

En la periferia de esta área pueden detectarse otras regiones de origen iranio pero con características locales distintas, definidas por lo general lingüística o étnicamente, o por ambos aspectos a la vez, áreas como el mundo kurdo, que en sí mismo es una región cultural situada en y entre los más amplios mundos persa, irakí y turco. Los kurdos se cuentan entre, los grupos iranios más puros, y precisamente porque han permanecido, gracias a su aislamiento, relativamente inafectados por fuerzas externas, han conservado su identidad original. Como ejemplos de otros grupos de naturaleza similar podrían citarse los baluchis, que viven en Irán y Pakistán, y las gentes de habla pashtu, que viven en Afganistán y Pakistán.

En el mundo cultural iranio, como en el arábigo, existen también numerosas unidades culturales pequeñas asociadas con comunidades que, o han quedado aisladas geográficamente, o pertenecen a escuelas o sectas religiosas particulares. Aparte los grupos no islámicos que en su mayor parte presentan un caso similar a los que se encuentran en el mundo arábigo, hay también grupos como los Ahl‑i Haqq, los ‘Alî‑allâhîs, extendidos por varias regiones montañosas de Persia, y la población, reciente­mente convertida, del Kafiristán, ahora rebautizado Nuristán, en el Afganistán.

También es de particular interés como zona cultural diferen­ciada en esa región toda el área situada alrededor del golfo Pérsico, tanto del lado persa como del árabe. Debido a largos períodos de estrecha asociación y sumisión a diversas formas de influencias procedentes de la India y África, los habitantes de las áreas que rodean el golfo Pérsico han desarrollado características culturales que les son propias. Su arte y su arquitectura tienen un carácter muy diferenciado. En sus prácticas religiosas populares han adoptado ciertos temas africanos e indios que no se encuen­tran en ninguna otra parte del mundo árabe o de Persia. Incluso su fisonomía revela una mezcla singular de sangre arábiga, pérsica, india y negro‑africana. Como quiera que se considere, no cabe duda de que toda el área que rodea el golfo Pérsico representa una región cultural original, aunque naturalmente es inseparable del mundo pérsico por una parte, y del arábigo, por otra.

El resto del mundo «indo‑iranio», que incluye el Pakistán, partes de la India, Bangladesh y partes de Sri Lanka (Ceilán), puede caracterizarse en su mayor parte como otras tantas zonas en las que el Islam, llegado allí a través de elementos culturales de los persas, ha transformado la cultura hindú subyacente. Además, cada zona puede, en general, distinguirse lingüística y geográficamente. Por ejemplo, hay una cultura islámica sindhi, otra punjabí, y otras gujaratí, cachemiriana o bengalí. En este vasto y diverso mundo, la tipología de la cultura islámica puede estudiarse principalmente a la luz de criterios lingüísticos y geográficos, y del grado en que el Islam ha penetrado en cada área en cuestión. Por ejemplo, la influencia del Islam en el norte fue mucho mayor que en el sur en ciertas áreas del norte, como Bengala, incluso se ha originado una importante cultura islámica, mientras que en otras, como el Rajastán, su difusión fue más limitada y no ha dado lugar a la floración de una nueva rama importante de la cultura islámica.

En casi todas las áreas del mundo indio que cayeron bajo el dominio de la cultura islámica, la influencia de la propia religión del Islam y de la literatura pérsica fue fundamental. Muchas de las formas de literatura islámica creadas en el subcontinente, como la del Sindh, el Punjab, Cachemira, Bengala, Gujerat, etc., fueron producidas siguiendo conscientemente el modelo de Persia, mien­tras que la principal lengua islámica nueva que apareció en el subcontinente, a saber, el urdu, es de nuevo el fruto de la unión de las lenguas índicas y el pérsico, con la adición de algunos elementos turcos. Curiosamente, esta lengua, que nació en la zona de Delhi, no quedó circunscrita geográficamente, como ocurrió con otras lenguas islámicas del subcontinente. Con la fundación del Pakistán se convirtió en la lengua oficial del nuevo Estado islámico y su mayor foco de actividad se desplazó hacia el oeste. Por tanto, a pesar de su importancia capital para la comprensión de la cultura musulmana en el subcontinente, no puede utilizarse del mismo modo que las lenguas más locales como índice de un área cultural local dentro del vasto tapiz de la cultura islámica del subcontinente indio.

Es necesario, asimismo, llamar la atención hacia grupos religiosos menores del subcontinente, como ocurre en los mundos arábigo y pérsico. Es de particular importancia a este respecto la comunidad shi’í duodecimana de la India y del Pakistán, que ha dado un color local característico a ciertas áreas como Lucknow. También dentro de la comunidad ismailí, los seguidores del Âgâ Khân y los dâ’ûdíes forman comunidades estrechamente cohesionadas con características culturales que las sitúan aparte como entidades culturales distintas dentro de la comunidad islámica general. En menor medida, lo mismo puede decirse de los miembros de algunas de las órdenes sufíes más populares de la India, como los christíes, que han creado comunidades propias, también con peculiaridades culturales fácilmente discernibles.

Si se acepta la concepción bipolar de la civilización islámica, entonces el mundo turco pertenece culturalmente a la zona irania de esta civilización. Pero en sí es un vasto y abigarrado campo cultural que comprende muchas áreas y pueblos y muestra una gran diversidad. El contacto de los turcos con el mundo islámico se remonta a las conquistas arábigas del Asia central en el siglo primero/séptimo. Antes de ese período, los turcos habían manteni­do estrechos contactos con los sasánidas y varios pueblos iranios de las áreas vecinas. El alfabeto uigur fue tomado por los turcos de los sogdianos y ayudó a difundir diversas corrientes culturales entre las tribus turcas. En el siglo segundo/ octavo, el Islam se había afianzado sólidamente en Transoxiana y los árabes habían avanzado hasta zonas tan lejanas como las montañas del Pamir y T’ien‑Shan.

Los ejércitos árabes también avanzaron por Caucasia y en el valle del Volga tomaron contacto con los khazares turcos, algunos de los cuales abrazaron el Islam pacíficamente. Más al norte, hacia el siglo tercero/noveno, los búlgaros también abrazaron el Islam gracias a sus contactos con el Khwarazm. Esta región se convirtió en una fuente de esclavos para el mundo islámico, y la presencia de esclavos turcos acabó por conducir en varias regiones islámicas al establecimiento de dinastías de esclavos, tales como los gaznávidas y los mamelucos. Estos últimos siguieron obte­niendo esclavos de los turcomanos y turcos kiptchak y sólo más tarde los buscaron en Circasia. En cuanto a la propia Transoxiana y a las tierras situadas más allá, la islamización de los turcos avanzó ininterrumpidamente, de modo que hacia el siglo diez/ dieciséis casi todos los turcos de Eurasia eran musulmanes. El islam, que se extendió principalmente por medio de santos sufíes, remplazó entre los turcos al chamanismo, al budismo, al mani­queismo y al cristianismo, e hizo del pueblo de habla turca uno de los componentes más importantes del mundo islámico.

Las gentes que hablan las diversas formas de turco no forman, sin embargo, una única zona cultural. Los del Asia central y Transoxiana, en los que el elemento étnico turco y los factores culturales pérsicos están profundamente entremezclados, forman una zona cultural distinta, marcada también por la presencia de fuertes elementos nómadas. La figura que, más que ninguna otra, une cultural y espiritualmente a turcos y persas es Jalâl al‑Dîn Rûmî, que procedía de la región del Jorasán, en la que las dos zonas de la cultura islámica, a saber, la pérsica y la turca, se encuentran. La región centroasiática contiene asimismo elementos mongoles que no se encuentran en otras «zonas» turcas de la cultura islámica.

La región cultural más notable del mundo de habla turca es, naturalmente, la propia Turquía, corazón del Imperio Otomano y puente principal entre Europa y Asia. Esta área, que incluye no sólo Turquía, sino también ciertos territorios contiguos como las tierras fronterizas de Siria, partes de Chipre y ciertas áreas de Grecia próximas a la frontera turca, se caracteriza por una unión entre el Islam en su forma turca y todo lo heredado del pasado bizantino. En la música y la literatura, así como en muchas de las artes plásticas, está estrechamente vinculado con el mundo persa, mientras que exhibe características propias en su arquitectura y su planificación urbana. Esta región también está marcada por la presencia de un gran número de ‘alawíes en su mitad oriental, que hay que distinguir en este aspecto como un área cultural, aunque completamente integrada, en otros aspectos, en los modelos culturales turcos.

Una región que también posee un carácter turco, pero que es de distinto tipo que Turquía y el Asia central, es Caucasia. Esta región también se compone de elementos turcos y pérsicos, así como de elementos armenios y georgianos. En su composición étnica, como también en el sabor de su vida artística, denota un área cultural distinta vinculada con Persia y Turquía, que consti­tuyen su lazo de unión con el resto del mundo islámico.

Aunque étnicamente diferentes, las áreas musulmanas de los Balcanes, especialmente de Yugoslavia y Albania, se han impregnado profundamente de la forma turca de la cultura islámica. La difusión en ellas de varias órdenes sufíes turcas, la adopción de la escuela legal hanafí como los turcos, la elaboración de gran parte de su literatura religiosa según un modelo turco, su emulación de la arquitectura de las mezquitas turcas, y muchos otros elementos, han hecho que este área de la cultura islámica de los Balcanes haya estado estrechamente asociada durante siglos con el mundo turco.

En el otro extremo del mundo islámico también se puede observar un fenómeno similar. El Islam chino siempre ha estado en contacto directo con el mundo turco, y de hecho los musulma­nes lo han visto durante siglos como una extensión de este mundo y han llamado a la tierra de los musulmanes chinos, la China occidental, «Turquestán oriental» (Turkistân‑i sharqî) hubo, asimismo, establecimientos musulmanes en Cantón en una época tan temprana como es el siglo segundo/octavo y por aquella época los comerciantes árabes (Ta‑shi) y persas (Po‑se), que habían llegado a la China por vía marítima, eran bien conocidos en aquella provincia. Pero la principal comunidad islámica estaba situada al final de la ruta de la seda, en la China occidental, que se hallaba conectada con el resto del mundo islámico por la larga ruta terrestre. Esta área particular de la cultura islámica ha permaneci­do muy diferenciada a lo largo de los siglos y ha producido su propia literatura, notable pero poco estudiada, manteniendo al mismo tiempo un estrecho contacto con los principales ramales de la literatura islámica. Los musulmanes chinos a menudo leían el Sagrado Corán con comentarios pérsicos, conocían bien el Sa’dî y también cultivaban el estudio del turco. Al mismo tiempo, adoptaron, en su cultura, por ejemplo en su arquitectura, elementos claramente chinos.

El mundo cultural malayo, que se extiende desde Malasia e Indonesia hasta el sur de las Filipinas, es otra vasta y diversa «zona» cultural dentro del mundo islámico, algo más homogénea étnicamente que algunas de las otras áreas, pero que sin embargo muestra amplias variaciones. El Islam ya posee una larga historia en gran parte de la región, mientras que en algunas áreas del interior el proceso de islamización todavía continúa. La religión islámica llegó por primera vez a esta parte del inundo en el siglo séptimo / trece, cuando elementos islámicos indios alcanzaron Sumatra. En el siglo noveno / quince el Islam comenzó a difundirse por Java, sustituyendo gradualmente a un imperio hindú-budista que se estaba desmoronando, pero que ha dejado hasta hoy su impacto en la vida cultural de partes de Indonesia, La difusión del Islam tuvo lugar en aquellas tierras esencialmente por medio de la actividad de santos y comerciantes. Sus primeros centros de importancia fueron Malaca y, a partir del siglo diez / dieciséis, Acheh. Los comerciantes árabes empezaron a llegar cada vez en mayor número a aquella área, difundiendo el Islam en dirección este hasta Borneo, las islas Sulu, las Molucas y las Filipinas. Se intensificaron las relaciones con el mundo arábigo, especialmente con la región de Hadramaut, que ha dejado una marca especial en la zona. Ad,‑más, en el siglo once / diecisiete, intensas corrientes de sufismo procedentes del mundo persa penetraron en la región, y fue Sumatra junto con la parte meridional de la península de Malaya la base desde donde la mayoría de estas influencias se difundieron hacia las demás islas.

Lo que apareció como resultado de esas fuerzas complejas es una «zona» cultural que en muchos aspectos es única en el mundo islámico. El complejo malayo‑indonesio adoptó la ley shâfi’î, pero restringiendo su aplicación al campo familiar, mientras que otras instituciones de la sharî’ah que se encuentran en casi todos los lugares del mundo islámico nunca se desarrollaron. En ciertas regiones, la adopción del Islam comenzó a partir de la dimensión esotérica y progresó hacia la exotérica, pero este proceso todavía no ha abarcado al conjunto de la sociedad. Incluso las escuelas tradicionales (madrasahs) han sido más semejantes a centros sufíes (khânaqâhs) que a escuelas de enseñanza religiosa formal. También hay muchas cosas particulares de este mundo en su arte. La música y las artes plásticas e incluso la danza y el teatro han sobrevivido del pasado hindú y budista, y aún del pasado indígena más antiguo en formas que, si bien tradicionales, no se han islamizado completamente. Esto es visible incluso en la arquitec­tura de las mezquitas, que acoge muchos elementos del estilo local con preferencia a los principios universales de la arquitectura islámica que se encuentran en todo el resto del mundo musulmán. No obstante, a partir del siglo trece / diecinueve, cuando se produjo un contacto más estrecho con Arabia y La Meca, gracias sobre todo al rito de la peregrinación, que desempeña un papel especial­mente crucial en el Islam malayo, se introdujo una nueva ola de islamización de las formas. Muchas prácticas locales, entre las que se cuenta la realización de la llamada a la salat con un tambor, todavía subsisten.

En esta región se hablan numerosas lenguas, de las que el malayo es con mucho la más importante; hoy es la lengua nacional de Malasia e Indonesia, aunque en Indonesia se escribe con el alfabeto latino. En Malasia se usan tanto el alfabeto latino como el árabe. Esta lengua se impregnó de términos árabes y de la influencia de los géneros de la literatura islámica clásica, tanto árabe como persa. Sigue siendo un factor cultural central en este mundo y el complemento de los rasgos étnicos y artísticos que unen entre sí a las gentes del mundo malayo.

Vale la pena añadir que Malasia difiere algo de Indonesia en el sentido de que posee una importante población india y china que no es islámica, mientras que Indonesia es musulmana en un 90 %. Pero este hecho es de origen histórico reciente, pues la mayor parte de la población no musulmana de Malasia fue llevada a esa región por los británicos a partir del siglo pasado. Así pues, a pesar de esas minorías, Malasia e Indonesia poseen una profunda unidad cultural consigo mismas y con los musulmanes más orientales. Esta unidad se basa en un fondo común que persiste a despecho de los cambios causados por la presencia de británicos y holandeses en la zona durante los últimos siglos.

En el mundo malayo, Singapur ocupa un lugar cultural bastante especial, que tiene también profundas raíces históricas. Durante al menos dos siglos, Singapur ha sido el centro desde donde los peregrinos malayos han viajado hacia Mekka, el lugar donde personas de toda la región se han encontrado para ideas y donde muchos eminentes sabios musulmanes de Hadramut, así como de la India, han residido y han impartido educación islámica en el más alto nivel. La atmósfera metropolita­na de Singapur afectó así a toda el área. De hecho, fue el centro en el que se originaron los principales movimientos islámicos que influyeron en Malasia e Indonesia a principios de este siglo. Sigue siendo hasta hoy una área cultural especialmente cosmopolita, en la que se encuentran muchas religiones, pero donde se conservan también los más profundos contactos con los centros principales del mundo islámico.

El mundo del África negra ha estado en contacto con el inundo islámico desde los días del Santo Profeta y posee algunas de las comunidades musulmanas más antiguas. Pero es también el área en la que el Islam se expansionó más rápidamente durante el siglo pasado y en ella se encuentran algunas de las más recientes comunidades islámicas. El mundo del Islam negro‑africano mues­tra una desconcertante diversidad y variedad cultural en conformidad con la estructura tribal de la población de este continente. Sin embargo, hay una serenidad y una cualidad contemplativa en el Islam del África negra que se encuentra en todas partes y unifica al Islam africano a pesar de toda la variedad existente en las vastas extensiones de este continente en las que se ha difundido el Islam.

Aparte el pequeño número de musulmanes que emigraron a Etiopía en el primer período islámico, la primera comunidad propiamente dicha del África negra es, sin duda, la del Sudán, donde los árabes conquistaron a los nubios y luego a los funj. Estos últimos, que habían emigrado hacia el norte, fueron gradualmente Islamizados por los sufíes en el siglo octavo / catorce. Sudán es, sin embargo, el único país del África negra en el que los procesos de islamización y arabización caminaron juntos y en el que hoy el arábigo es la lengua oficial. Representa, por tanto, una síntesis única en África y posee rasgos culturales especiales debido a este hecho.

Otro área cultural distinta con una larga historia islámica es la que abarca la costa este e incluye Somalia y Zanzíbar. Se dice que Mogadisho fue fundada por inmigrantes de al‑Absá, y Zanzíbar recibió una importante ola inmigratoria desde Shiraz y los puertos del golfo Pérsico en los primeros siglos de la historia islámica. Esta región siempre ha mantenido estrechos vínculos con los mundos culturales árabe y persa y también está estrechamente relacionada con el clima cultural del Océano índico. El papel de los somalíes nómadas es particularmente importante en la difusión del Islam en el África oriental. Hacia el siglo diez / dieciséis estos nómadas adoptaron el Islam y a partir de entonces lo llevaron consigo a las regiones adyacentes.

Hasta la construcción de carreteras por parte de los europeos en el siglo trece / diecinueve, la influencia del Islam en el África oriental quedaba reducida principalmente a la región costera. Fue aquí, de hecho, donde apareció la lengua swahili (literalmente costera), que es una síntesis de bantú, arábigo y pérsico. Hoy es la lengua islámica más importante del África oriental y un papel principal en la vida cultural de la región. Pero, a partir del siglo trece / diecinueve, el Islam se ha extendido hacia las tierras del interior, ayudado también por la emigración de muchos indo-pakistaníes que han traído a la región los rasgos culturales de su tierra de origen, así como el shi’ísmo duodecimano y el ismá’ilismo. Hoy, mientras Somalia, Zanzíbar y Eritrea son predominantemente musulmanas, existen importantes minorías islámicas en Uganda y Tanganika, formadas de negros africanos y de inmigrantes del mundo indopakistaní, por lo que en esa región se ha creado un clima cultural único.

Desde el punto de vista de la población, la principal concentra­ción de musulmanes en África no se encuentra en el este, sino en el África occidental, donde el Islam está establecido desde hace más de mil años. Se difundió en esa región a partir del siglo tercero / noveno por medio de los comerciantes que seguían la ruta sur del Sahara, así como por santos sufíes. Pronto se establecieron importantes centros islámicos al sur del Sahara y ciertas ciudades como Timbuktú se convirtieron en prominentes centros de cultura religiosa y de saber árabe. Hacia el siglo quinto / once fueron establecidos varios Estados musulmanes en el África occidental y los habitantes de esa región poco a poco empezaron a ser conocidos por los árabes con el nombre de takârîr (pl. de takrúr, de Tolkoim). Apareció el gran reino de Malí, cuyo dirigente más famoso, Mansa Mûsâ (siglo octavo / catorce), obtuvo celebridad en todo el mundo árabe. Este periodo de dominio de Malí fue seguido por el advenimiento de los songhay, quienes reemplazaron su poder. A su vez, los kaneni‑bornu entraron en la escena de la historia islámica. Pretendían descender de los califas omeyas y afirmaban que los descendientes de éstos vivían entre ellos. Como muchos Estados que iban a sucederlos, sostuvieron estrechas relaciones con Marruecos, Túnez y Egipto.

Otras importantes tribus del oeste de África abrazaron gradual­mente el Islam. Los fulani se contaron entre sus principales propagadores y produjeron ‘ulamâ’ que llevaron el Islam hasta Kano. Los hausa fueron islamizándose a partir del siglo ocho / catorce, mientras que los yoruba entraron en el Islam en el siglo diez / dieciséis y los bambara se convirtieron en una potencia musulmana en el Níger superior en el siglo once / diecisiete. El modelo seguido en toda el África occidental ha sido la creación de unidades culturales locales, basadas en tribus o en unidades tribales que han abrazado el Islam y que a menudo han alcanzado prominencia política regional. Entre algunos de los principales grupos, tales como los fulani y los hausa, han habido, además, constantes fases de renovación islámica; han aparecido numerosas figuras carismáticas que han dejado la más profunda huella religiosa y cultural entre sus seguidores. La figura de ‘Uthmân dan Fodio, en el siglo doce / dieciocho, es una entre muchas; tipifica una característica básica del Islam africano que también se observa en el Sudán, en Somalia y en otras partes.

En ciertas regiones del África occidental, tales como el Senegal, hubo una importante renovación y nueva penetración del Islam en el siglo trece / diecinueve gracias a la expansión de las órdenes sufíes. En el Senegal, la tariqa marroquí de la tijaniyyah se extendió rápidamente durante el siglo pasado. Lo mismo ocurrió con una rama especial de la qâdiriyyah, llamada el movimiento murîd y asociada con el nombre de su fundador, Ahmad Bamba. Estas órdenes están tan extendidas en el Senegal que puede decirse que han dado una contextura cultural especial a esa región.

También se encuentran comunidades islámicas en la mayoría de los demás países africanos, como el Congo, donde siguen el mismo modelo que en el África occidental y oriental, salvo que en ellos son fuerzas minoritarias que conviven con el cristianismo y las tradiciones africanas más antiguas. En África del sur, se da, sin embargo, una situación especial por el hecho de que en ese país existe una vigorosa y activa población musulmana que no está compuesta fundamental mente de tribus africanas locales o de gentes de las ciudades, sino de una mezcla de inmigrantes malayos del siglo once / diecisiete e indios del trece / diecinueve que están en estrecho contacto con el mundo cultural del Océano índico. Dentro de la comunidad también hay ramas de muchas órdenes sufíes del subcontinente. La comunidad musulmana sudafricana constituye, por tanto, una mezcla original, pero que mantiene una estrecha relación tanto con el resto del Islam africano como con los centros principales del mundo islámico.

En conjunto, la cultura islámica de África muestra una aguda conciencia de las particularidades tribales y regionales de los pueblos que han abrazado el Islam, y puede dividirse en varias áreas según los principales grupos étnicos que practican la religión musulmana. Ha penetrado muy profundamente en el alma de los negros africanos; sin embargo no ha sido causa de un proceso de nivelación. Muchas prácticas locales, en la medida en que no son contrarias a la shariah, están permitidas. En cuanto a ésta, su campo de aplicación ha sido principalmente la ley familiar y todo lo referente a las relaciones entre individuos. Sin embargo, a pesar de las diversidades culturales locales, hay que subrayar que una profunda unidad domina al Islam negro‑africano; esto se puede ver no sólo en las cualidades que muestran los musulmanes negros en su conducta y su carácter, sino también en la arquitectura y la decoración islámicas, que poseen una notable unidad en toda esa vasta región, a pesar de las diferencias étnicas e históricas de los pueblos que han abrazado el Islam en el África negra.

Un estudio completo de los diferentes «tipos» de cultura islámica también debería incluir minorías antiguas y más pequeñas de países como la Unión Soviética, Finlandia, las Indias Occidentales y las minorías recién formadas y por lo general en crecimiento de Europa occidental, Australia, varios países del continente americano, Corea y Japón.

Asimismo, debería consi­derar las transformaciones que está sufriendo la cultura islámica bajo la presión de las fuerzas modernizantes y occidentalizantes de dentro y fuera de sus fronteras. Pero éstos son temas que necesariamente deben ser excluidos de un ensayo tan breve como el presente sobre una cuestión tan amplia.

Baste decir, no obstante, que a pesar de sus muchos «tipos» y de su división en muchas «zonas», la cultura islámica muestra una unidad innegable que es el resultado del espíritu y la forma de la revelación islámica y en último término de la Unidad divina misma. Del mismo modo en que todo el orden creado es el reflejo teofánico del Uno en el espejo de la multiplicidad, así las diversas caras de la cultura islámica son otros tantos ecos humanos del Mensaje único que en sí mismo está más allá de lo humano y que es el único que confiere a la actividad de una colectividad humana los fines y los valores que la hacen merecedora de ser llamada una cultura conforme con el noble destino del hombre.

Anuncios
Relacionados

La cultura islámica marroquí maltratada por el cine nacional

Artículos - 23/04/2010

El Camino libre del Islam

Artículos - 15/02/1995

Sobre la Hermandad

Artículos - 15/02/1995



Escribir comentario

Debes iniciar sesión para escribir comentarios.

Si no estás registrado puedes registrarte en un minuto.

  • Esta es la opinión de los internautas, no de Webislam
  • No están permitidos comentarios discriminatorios, injuriantes o contrarios a la ley
  • Céntrate en el tema, escribe correctamente y no escribas todo en mayúsculas
  • Eliminaremos los comentarios fuera de tema, inapropiados o ilegibles

play
play
play
play

Hazreti Mariam

14/01/2008 | Sheikh Muzaffer Ozak al Yerrahi al Halveti

Jesús y María en el Islam

02/09/2014 | Dr. Armando Bukele Kattan
play

El Instituto Halal apuesta por la eficiencia energética

02/09/2014 | Noticias en Halal

¿Se puede vivir sin ilusión?

02/09/2014 | Montse Arboix

El caos de Libia retumba en África

02/09/2014 | Redacción Guinguibali

Mujeres visibles: Granada acogerá el I Congreso Internacional de Mentes Femeninas

02/09/2014 | Redacción El Diario Andalucía

Conocimientos ancestrales de montaña

01/09/2014 | Óscar Guerrero Bojorquez

El trato del profeta Muhammad (saws) con la gente

01/09/2014 | Sheij Muhammad Al Ruwaili

Balcanizar medio oriente

01/09/2014 | Pablo Jofré Leal

La manipulación de las masas en las democracias occidentales

01/09/2014 | Germán Gorraiz López

Fatwa británica condena y califica de “hereje” al Estado Islámico (IS)

01/09/2014 | Redacción
Colabora


diseño y programación
Development and programming, professional translation services, positioning, servers, e-commerce, SEO, user support, mobile apps, video productions, print layout design and marketing.
grupo de comunicación

Junta Islámica - Avda. Trassierra, 52 - 14011 - Córdoba - España - Teléfono: (+34) 957 634 071

Certificados de calidad: XHTML, CSS, RSS, 508, TABLELESS, WCAG TAW

 

Junta Islámica
http://www.webislam.com/articulos/25665-estudio_tipologico_de_la_cultura_islamica.html