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Palabras para la Paz

15/03/2000 - Autor: Muhámmad Chakor - Fuente: Verde islam 13
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En nuestro mundo injusto, violento, caótico, la paz es una utopía. A lo largo de más de tres milenios de historia apenas hemos conocido trescientos años de paz. Hemos sufrido casi quince mil guerras, que arrojan el escalofriante balance de 3.640 millones de muertos. E1 siglo XX ha sido el más mortífero, a causa de las atrocidades cometidas por los diversos integrismos laicos: fascismo, nazismo, estalinismo, nacionalismos...

Ninguna religión está exenta de crímenes y genocidios cometidos en el nombre de Dios. Aún no se vislumbra el final de las guerras fratricidas que se desarrollan en el seno de la gran familia abrahámica. Dos tercios del medio centenar de contiendas que actualmente tienen lugar en nuestro castigado planeta se producen entre judíos, cristianos y musulmanes. Desde hace catorce siglos, el Corán nos exhorta a la convivencia pacífica: “Di a los judíos y a los cristianos: ‘Terminemos nuestras diferencias. Sólo adoramos a un Dios’.” (Sura 3, ayat 64) Y aún así, hemos llegado al año 2000 sin que se haya asimilado, o al menos captado, el mensaje coránico. 

Nuestras orgías de violencia y sangre no se detienen frente a nada; antes bien, parecen incrementarse. Los rebrotes de tribalismo, fanatismo, neo-nazismo, racismo, xenofobia y de prejuicios de toda índole deberían hacernos reflexionar. Dios es misericordioso, pero sus criaturas distan mucho de serlo. La cultura de la violencia se dispara. Religión y etnicidad figuran entre sus detonantes.

Algunos politólogos eurocentristas estiman que la tercera guerra mundial aún no ha comenzado. A pesar de ello, el Tercer Mundo padece desde hace décadas cruentas conflagraciones, cuyo pavoroso balance supera con creces el de las dos guerras mundiales y en las cuales se hallan implicados Oriente Próximo, Corea, Indochina, Argelia, África Subsahariana, Cuerno de África, Sudamérica, Afganistán, los Balcanes, etc. 

Respecto a esto, dice John Paul Lederach: “La Guerra Fría fue, en su mayor parte, sólo fría en Europa y Norteamérica. En muchos lugares del mundo en vías de desarrollo fue, de hecho, muy caliente. ... En primer lugar, la guerra ha sido y continúa siendo útil para la industria armamentista. Esta industria es económicamente beneficiosa para los países productores de armamento y para los mercaderes de armas. 

En segundo lugar, existne una industria y un mercado de armas casi autónomo, multinacional y muy lucrativo, que mueve desde armas de pequeño calibre hasta grandes sistemas, desde mercados primarios a secundarios y terciarios. Las armas han sido y siguen siendo asequibles para cualquier grupo que disponga de fondos y las busque. 

Esto nos lleva a la tercera observación, la de que los países y regiones en guerra durante la era de la Guerra Fría, como el Cuerno de África, han sido inundados de armas procedentes de ambas superpotencias. Dicho de forma más cruda: en la Guerra Fría las armas, los préstamos necesarios para financiar la adquisición de las mismas y la ideología, procedían del Norte; el Sur aportó su medio ambiente, su población y sus economías nacionales.1

El negocio de las armas

La doble moral de ciertos estados, que se jactan de defender los derechos humanos, tiene mucho en común con las mafiocracias. Las superpotencias están por encima de la ley. El progreso material contrasta con nuestro retraso moral. Precisamos de una educación que no sólo nos suministre conocimiento, sino también cualidades éticas.

¿Podemos considerar una victoria que el hombre haya adquirido la capacidad técnica necesaria para autodestruirse? La mayor amenaza para nuestra supervivencia radica en el progreso científico aplicado a la destrucción. Los que mueven los hilos del mundo se enorgullecen de su bomba biológica, denominada cínicamente ‘limpia’. Y lo es, porque acaba sólamente con la vida, dejando intactos los bienes y los intereses del Fondo Monetario Internacional, de la banca mundial y de las multinacionales.

Con gran lucidez, el filósofo británico Bertrand Russell, paladín de la paz, en una declaración hecha en 1951 a Romney Wheeler para WISDOM-NBC sentenciaba, de una forma que podríamos considerar premonitoria: “Si la guerra no es imposible, todo avance científico y técnico se convierte en un adelanto en la tecnología del asesinato en masa y es, por tanto, indeseable. Pero si se alcanzara la paz mundial, ocurriría exactamente lo contrario.”

Una economía de paz nos ahorraría los exorbitantes gastos militares que son causa de la ruina de los países. África, continente subdesarrollado, dedica el 3,5 % del PIB a gastos militares, un porcentaje que se considera el más elevado del mundo. El primer mes de la Guerra del Golfo (desde el 17 de enero al 17 de Febrero de 1991) costó 286.000 millones de dólares, de los que 200.000 corresponden a Irak y 86.000 a los aliados. Esta suma equivale al total del presupuesto militar de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, que duró seis años (de 1939 a 1945). 

Para mantener sus privilegios, la industria armamentista —los mercaderes de la guerra y las organizaciones bélicas como la OTAN y otras— necesita imperiosamente un enemigo, aunque sea imaginario, y si éste no existe, se crea. Los estrategas de nuevo cuño aducen que el peligro, que antes era rojo y amarillo, es ahora verde, del color del Islam. Pero la verdadera amenaza no son el “integrismo islámico” o el “islamismo militante”, sino el subdesarrollo atroz que flagela a 1.500 millones de hombres y mujeres y del que nadie está a salvo: Ni siquiera los ciudadanos de los petro-estados gozan de un nivel de vida digno.

Perenne injusticia

Únicamente los que detentan el poder como profesión lucrativa disfrutan de las rentas del consabido maná. Los gobernantes de los países árabes productores de petróleo tienen depositados 700.000 millones de dólares en bancos occidentales, mientras que sus compatriotas y correligionarios viven en la miseria. E1 profeta Muhámmad dijo: “No puede ser considerado creyente aquel que come a sus ancha, mientras su vecino se muere de hambre”. Hemos pasado de la Guerra Fría a una paz ‘caliente’ y salpicada de sangrientos conflictos interestatales como el del Cáucaso.

¿Puede haber paz sin justicia? La cultura de la opulencia, isla de bienestar en medio de un océano de miseria y dolor, es moralmente insostenible. Tarde o temprano la sociedad de la pobreza pedirá cuentas a la del despilfarro. El hambre, causante cada año de la muerte de 18 millones de seres humanos, podría atenuarse con solidaridad y generosidad, con un reparto equitativo de los bienes a escala mundial.

En 1998, el 75% de la producción mundial fue consumido por el 20% de la población privilegiada. En palabras de Ryszard Kapuscinki 2: “Se calcula que en el mundo hay unos 800 millones de personas condenadas al hambre crónica, mientras que la miseria afecta a las dos terceras partes de la humanidad, es decir, a casi 4.000 millones de personas”. Resulta chocante que 225 personas, las más ricas del mundo, posean una riqueza valorada en un trillón de dólares USA, suma equivalente a los ingresos globales de todos los indigentes del planeta.

En su libro La force du bouddhisme, Jean Claude Carriére 3 escribe: “A finales del siglo XVII, los países ricos y los países pobres se hallaban en una proporción de desigualdad de 1 a 5. Esa cifra ha pasado a ser, en 1970, de 1 a 800. Y en este final de siglo, la desigualdad es de 2 a 4.000. Es obvio que la desigualdad entre el Norte y el Sur se acentuó en los siglos XIX y XX, período que coincide con la última expansión colonial que empobreció al Tercer Mundo. La renta per cápita anual de un marroquí es de 1.100 dólares, o sea, 22 veces menor que la de un ciudadano francés. La de un ruandés, 200 dólares, es cien veces menor.” 

Esto explica el drama de las pateras en el Estrecho de Gibraltar, que engulle diariamente a inmigrantes magrebíes y africanos subsaharianos que intentan dejar atrás su poco envidiable situación. E1 desequilibrio entre las dos orillas de nuestra cuna común que es el Mediterráneo no hace presagiar un futuro risueño. La Unión Europea (UE) —de difícil acceso para la única potencia islámica candidata, Turquía— presta ahora más atención a la Europa del Este, en detrimento de África y América Latina.

Palabras y utopías

El admirable André Chouraqui4, sabio judío de origen magrebí que tradujo magistralmente al francés la Biblia y el Corán, sugiere metafóricamente a los hijos de Abraham: “Alrededor de Jerusalén, nuestras murallas deberían caer, como las de Berlín, como las del Kremlin, y nacer alrededor del Mediterráneo, como antaño en España, una civilización nueva, enraizada en las Escrituras fundadoras y portadoras para la humanidad de las flores y de los frutos prometidos por los profetas y los apóstoles.”

El nuevo orden mundial y la globalización implantarán la hegemonía politica y económica de los grandes y la mercantilización de todas las cosas. Alegar que se va a extender la calidad de vida de los países industrializados al resto de la humanidad es una falacia. Dice Mayor Zaragoza5 en un artículo aparecido en EL PAÍS: “Según un estudio canadiense, harían falta tres planetas como el nuestro para albergar a toda la población de la Tierra si todos siguiéramos el ritmo de consumo que prevalece hoy en Norteamérica. Los modelos actuales de desarrollo, basados en la explotación desenfrenada de recursos no renovables, amenazan con poner irremediablemente en peligro el desarrollo de las generaciones venidera.

La cultura del consumismo frenético no puede ser nuestra máxima aspiración. Vincular la democracia al mercado es explotar y manipular los instintos hedonistas de los ciudadanos, induciéndolos al consumismo más feroz. “La economía islámica, en su principio coránico, no apunta al crecimiento sino al equilibrio”, dice Roger Garaudy6. Es la filosofía del igualitarismo, que se contradice con la realidad contemporánea.

La legislación de los países en vías de desarrollo reconoce el derecho al trabajo, pero la creación de empleo requiere cuantiosas inversiones de las que carecen. Respecto a esto añade Kapuscinki7 en otro párrafo de su libro: “Hoy día hay menos capital en el mercado mundial del que sería indispensable para satisfacer las necesidades de todo el planeta. En esas condiciones, el capital funciona de acuerdo con su naturaleza, que es acudir al lugar donde puede conseguir beneficios de manera inmediata. Cuanto más pobre es un país, menos beneficios puede garantizar a las inversiones; y de ahí que los pobres, en la práctica, estén condenados a ser pobres para siempre.”

 

NOTAS.
1. LEDERACH, John paul. Construyendo la paz. Reconciliación sostenible en sociedades divididas. Gernika Gogoratuz. Bilbao 1998. Págs. 28 y 29.
2. KAPUSCINKI, Ryszard. La cultura de la pobreza en el mundo. Revista Claves nº 80. Madrid, Marzo 1998, pág. 2.
3. DIAZ Prieto, Manuel. Otros mundos. Magazine dominical del diario alicantino Información. Alicante, 19/12/99, págs. 204 y 205.
4. CHOURAQUI, André. Lhistoire des fils dAbraham est celle dune longue guerre fràticide. Revista francesa París Match, nº 2.171. París 3/1/91, pág. 74.
5. MAYOR Zaragoza, Federico, y BINDÉ, Jerome. Siglo XXI: ¿Un mundo mejor o ‘Un Mundo Feliz’ Diario madrileño El País, Madrid 22/10/99, pág. 15 Opinión.
6. GARAUDY, Roger. Promesses de l’slam. Éditions du Seuil. París VI. 1981, pág. 64.
7. KAPUSCINKI, Ryszard. La cultura de la pobreza en el mundo. Revista Claves nº 80. Madrid, Marzo 1998, pág. 4.

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