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Eurocentrismo

25/12/1997 - Autor: M. Á. Bastenier - Fuente: El País
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La civilización europea es la única que ha salido fuera de sí para conocer, conquistar, explotar, y otras cosas peores, el mundo circundante; Europa ha creado un sistema mundial de pesos y medidas intelectual, político, y moral; es el maître à penser de gran parte de la humanidad.

El Viejo Continente se ha proyectado al exterior, básicamente, de dos maneras: tratando de reproducirse a sí mismo, como ha hecho en América, norte y sur, y en los establecimientos posbritánicos de Oceanía; y a través del colonialismo, en el resto del planeta. Como consecuencia de ello, aun los que se consideran sistemas alternativos al occidental, notablemente, el Islam y un difuso y emergente neoconfucianismo en Asia, deben utilizar en su diálogo con Occidente sus propios términos de referencia, y se ven obligados incluso a definirse a sí mismos de acuerdo con una escala conceptual que les es ajena.

En ese movimiento, Europa ha dibujado la geometría del mundo desde su propia realidad, ha contado lo otro como si sólo fuera la diferencia consigo misma. Y toda la literatura, desde las novelas imperiales de la Gran Bretaña decimonónica a la historia, con la saga del orientalismo que tan brillantemente ha desconstruido Edward W. Said, pasando por la política, con el modelo constitucional-parlamentario, están concebidas desde la atalaya de esa diferencia.

A eso podemos llamarlo eurocentrismo , una visión interiorizada, casi biológica, que permea nuestra forma de hablar, de juzgar, de relacionarnos con los mundos exteriores. El lenguaje es el primer vehículo de una contaminación. Europa, continente fuertemente descristianizado, considera que toda fusión de religión y política es intrínsecamente mala, y por ello, cuando ha de adjetivar una marea musulmana que mitologiza el pasado de Mahoma y los cuatro califas fundadores, recurre, dentro de lo anglosajón, al término fundamentalismo, protestantismo de prédica apocalíptica, o al de integrismo, si se trata de la línea católica del fanatismo; todo ello en la gama que va de Elmer Gantry al obispo Lefebvre.

Europa, gravemente culpable de la pasión activa del nazismo en la perpetración del holocausto durante la II Guerra, y del dejar hacer que entrañaba la discriminación en que ha tenido secularmente al pueblo judío, quiso reparar esa deuda pagando con una letra librada contra el prójimo -otomano, árabe, palestino-, al tiempo que, de propina, extendía un manto de comprensión universal a todo lo que hiciera el pueblo hebreo.

En ocasiones, ni siquiera es preciso buscar un nuevo término para designar el error ajeno unido al terror propio, sino que la misma palabra adquiere toda la carga que alude a lo oscuro, lo sucio, lo inconveniente: es el caso de inmigrante, en una tierra que fue tan de emigrantes como Europa, y que se ha fundido con la imagen de un rostro atezado y diferente, unos hábitos que perturban nuestra paz, y unos ritos que mejor habrían hecho en dejar atrás sus titulares, porque apestan a ciénaga de delincuentes, reflejan aceros alevosos y ponen fisonomía al pavor de verse un día con una faz distinta en el espejo.

Después de predicar la democracia, producto difícilmente repetible de la evolución del mundo occidental, que parte del feudalismo para llegar, según parece de forma inexorable, al neoliberalismo, lo que más irrita es que aquélla sirva a propósitos para los que no había sido inventada. A saber, para que cuando los integrismos ganen las elecciones, por ejemplo, en Argelia, lo hagan con la indudable intención de acabar con esa misma democracia. Grandes expertos en la teoría del mal menor, los Gobiernos europeos actúan como si creyeran que la junta institucionalizada de Argel hace las veces de aquel pelotón de soldados que, Spengler mediante, tenía que salvar siempre in extremis a la civilización occidental.

Eurocentrismo es caricatura del vecino y entronización de la diferencia, adjetivos cajón de sastre, demonización de lo que no queremos comprender.

Y no se trata aquí de decir aquello tan clásico de que todo es relativo, aunque seguramente lo es; ni tampoco de negar que la democracia occidental es el sistema más adecuado para expresar la justicia, el respeto, el mejor desarrollo del ser humano, puesto que, seguramente, es así; sino que los pueblos han de tener derecho a hallar su camino sin imposición ni dictadura del bien, por muy bien que se lo dicten. La idea de un solo mundo globalizador puede convertir, por ello, a intenciones tan beneméritas como el derecho de injerencia humanitaria en el largo brazo de la geopolítica de Occidente.

No en vano eurocentrismo ha significado, sobre todo en este siglo, con permiso de la efímera irrupción del enemigo marxista, la reconstrucción a nuestra imagen y desemejanza del mundo islámico, porque, especialmente, ahora, tras la muerte de aquella ilusión que ha contado Furet, es el único sistema totalizador que queda, la única contraofensiva ante el fin de la historia, que tiene, por más inri, la desfachatez de vivir a nuestras puertas.

Eurocentrismo es empeñarse en la republicana Francia en que el chador es un signo de adscripción religiosa, razón por la cual hay que prohibirlo, cuando, con plena naturalidad, no debería verse más que como una prenda de vestir, al margen de cómo lo entiendan sus portadoras. Pensar por los demás, sin querer pensar como ellos, es el signo de esa construcción deliberada del otro.

Y todo lo anterior resulta particularmente relevante cuando nos hallamos a vueltas con la construcción que más nos interesa: la de Europa. ¿Ha de hacerse como una fortaleza, con España, además, como cancerbera? Los amurallados son los que, justamente, eurocentran más su pensamiento, los que viven de no ser aquello que ven en el otro.

Si Europa tiene alguna posibilidad de convertirse en una entidad políticamente coordinada, capaz de asumir objetivos comunes, bien sea por la vía de la confederación de patrias, del melting pot de regiones, o de la amalgama de soberanías incorruptibles, va a resultar cosa muy distinta por la vía del eurocentrismo o por lo que podríamos llamar del europeísmo. Este último puede ser la mano tendida en el respeto, aunque no por fuerza convertido en coincidencia de opiniones, y siempre la mano que limita la intervención en casa ajena a predicar con el ejemplo; por el contrario, el primero es el puño cerrado en la almena del castillo. El europeísmo tendría una política para el sur, y el eurocentrismo, un ejército.

El eurocentrismo se halla en la raíz misma, no ya de la empresa colonial, etapa de la historia que es inútil y tedioso lamentar todavía, sino en la pervivencia de la supuesta ciencia antropológica que destila. Todo comienza por un mapamundi, ya de varios siglos viejo, en el que en sus meridianos centrales aparece Europa, con una escueta línea vertical en el medio llena de descubridores, colonos, y conquistadores: Inglaterra, Francia y Portugal-España. Pero hoy ya deberíamos saber que cada uno dispone de su propio mapamundi.

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