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Fanatismo y religión

El Islam ante el fanatismo

15/09/1997 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Verde Islam 7
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Hashim
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FANÁTICO: “Que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento, creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas. Preocupado o entusiasmado ciegamente por una cosa.”

A la vista de la definición del término, éste no habría de comportar las connotaciones negativas con que se encuentra teñido en nuestros días. Tenacidad y pasión incluso pueden ser consideradas como virtudes en un mundo que tiende a la homogeneidad y a la monocromía. Sin embargo, todos convenimos en otorgarle otro sentido a esta palabra que ha llegado a sernos tan habitual en nuestro discurso cotidiano. Cargamos las tintas en ese elemento de desmesura, de exageración y, sobre todo, en la dimensión negadora del otro, del diferente, que muy a menudo percibimos en la actuación del fanático.

En primer lugar hemos de buscar las razones que nos mueven hoy a analizar las relaciones que pueden existir entre religión y fanatismo y el interés creciente por este tema, reflejado a diario en unos medios de comunicación que expresan —y al mismo tiempo actualizan— el repertorio del imaginario colectivo, sus miedos y carencias, sus anhelos y sus preocupaciones, sus figuras y contrafiguras.

Hoy no tiene tanto interés analizar las relaciones entre fanatismo e ideología, o entre fanatismo y poder, a pesar de que podrían tratarse de forma parecida.

La sociedad posmoderna se nos aparece como fragmentación abocada a una inevitable globalidad urgida por las exigencias de un mercado cada vez más necesario y voraz, que tiene su cabal expresión en las nuevas tecnologías, sobre todo en las redes de comunicación e información que atraviesan ya todas las culturas trascendiendo el concepto territorial de los pueblos. En este proceso, el pensamiento necesita redefinir sus paradigmas, los lenguajes cambian ostensiblemente y con ellos también las actitudes.

Revitalización

Pocos discuten ya sobre el modelo de sociedad que se ha de construir. La legitimidad no reside ahora en los grandes relatos ni en el consenso sino en la performatividad del sistema, en la capacidad que éste tiene para mejorar su eficiencia.

Pero la resistencia de los pueblos a asumir el nuevo modelo aparece vestida con antiguos ropajes. El de las ideologías ilustradas poco vende ya, su pérdida de legitimidad es demasiado reciente como para ofrecer una resistencia apreciable.

Por el contrario, el manto de la religión, sacado del baúl del abuelo, tiene una pátina que nos devuelve —aunque sea momentánea y superficialmente—a la sensación de tener una historia. Es un terciopelo antiguo que no está hilado en la urdimbre de un cuerpo teórico racional. Implica un compromiso y una actitud consecuente que, en ciertos casos, afectan al ser humano en su relación con el mundo de una manera integral.

En ese contexto —en el de la necesidad que siente el individuo posmoderno de sentirse inmerso en una historia— asistimos a la revitalización del hecho religioso, en sus más variadas manifestaciones: el misticismo científico producido por la divulgación de las últimas teorías de la Mecánica Cuántica, la proliferación de sectas y grupos milenaristas o agrupaciones esotéricas y la búsqueda de referencias en otras tradiciones de pensamiento —el interés por el budismo, el hinduísmo o el Islam— que con frecuencia desemboca en el fenómeno de la conversión religiosa.

Así resurgen hoy cuestiones que hasta hace poco se consideraban superadas por la modernidad, paradigmas históricos que eran incompatibles con el darvinismo social, con la idea evolucionista de progreso: la pérdida de legitimidad de esta misma idea abre el baúl donde se doblaron aquellas realidades que estaban en contradicción con ella.

El creciente fenómeno de la vuelta a las religiones y, más concretamente, el de la conversión, se enmarcan en el contexto de la búsqueda generalizada de respuestas trascendentes, sobre todo en aquellas sociedades que asumieron más intensamente los valores de la modernidad y que, en su lucha por un progreso basado casi exclusivamente en los aspectos materiales de la existencia, se desacralizaron.

Diferencia/Disidencia

Por otra parte, en el seno de las sociedades democráticas formales, el problema de la diversidad cultural se plantea bajo la forma del derecho a la diferencia o del respeto a las minorías, aunque en el terreno del proyecto social el discurso del poder no contemple por el momento el reconocimiento de formas distintas de sociedad, de otras maneras de vivir, incluso aunque ello se decidiera democráticamente. El límite y la naturaleza de las libertades están fijados por los intereses del modelo socioeconómico imperante.

El pensamiento único, pauta general que tiene como correlato entre la clase intelectual lo que gráficamente se denomina pensamiento débil, se extiende paralelamente a los mercados y se asienta en los nuevos lenguajes informáticos, discurre por las autopistas de la información, componiendo el discurso que sustenta lo que Roger Garaudy denomina Monoteísmo del Mercado. Una de sus características es la sutil eliminación de la diversidad —que ahora, además, implica disidencia— no mediante la represión, sino por medio de las nuevas herramientas, de las nuevas tecnologías, mediante el control de la información y la consecuente manipulación de las conciencias, de la opinión de los ciudadanos, de la opinión pública.

Monocromía y pasión

En un contexto así, la atonía y la sumisión a ese pensamiento único, han de ser la norma. Quien ose defender con demasiada tenacidad alguna idea o alguna postura contraria a los intereses del paradigma, fácilmente aparecerá como estridencia en medio de la homogénea interpretación general y será entonces señalado como fanático.

Si, además, los medios de comunicación e información sirven a los intereses del poder —no a los intereses de los distintos grupos, partidos o confesiones— resulta fácil a aquél abortar cualquier propuesta que atente contra dichos intereses, por diferentes vías: la descalificación, la tendenciosidad o la tergiversación.

Fanatismos

Es evidente que ninguna mente sensata defendería el fanatismo como actitud propia del ser humano civilizado. Identificamos el fanatismo con la ceguera intelectual, con la incapacidad de valorar y sopesar los variados aspectos de la realidad.

El fanático no escucha, no razona, no produce diálogo. La mayoría de los cristianos no viven como fanáticos. Ni la mayoría de los musulmanes tampoco, ni la de los herederos de las ideologías históricas de occidente.

A pesar de ello, la historia ha escrito muchos de sus renglones con palabras tintadas de fanatismo, adjetivadas de manera diversa: religiosa, ideológica, bélica, económica. Momentos, lugares y grupos en los que la pasión y el exceso han hecho mella, enturbiando la transparencia de las ideas y de los vínculos, de los sentimientos y las creencias.

Casi siempre se ha optado por relacionar el fanatismo con estas realidades en lugar de buscar sus raíces allí donde se hunden: en la ignorancia, en la explotación, en la incultura y el desarraigo. En lugar de remediar las causas que lo producen, se ha optado por instrumentalizarlo en favor de determinadas opciones políticas, religiosas o estratégicas.

En esa lectura interesada del problema nos encontramos hoy, cuando asistimos al desarrollo de una peligrosa visión del fanatismo religioso, atribuida al Islam por los medios de comunicación de masas, incluso con el apoyo de algunos intelectuales e instituciones académicas internacionales.

La imagen dominante en los medios de comunicación es muy tendenciosa en todo aquello que se refiere al Islam y a los musulmanes, provocando en la mayoría de los casos una asociación inmediata entre fanatismo e Islam. Estos mismos medios presentan al Islam como enemigo de la democracia, sin preocuparse en diferenciar las formas políticas de gobierno en los países de mayoría musulmana de lo que son estrictamente principios islámicos.

Se confunden las prácticas culturales con las prescripciones del Corán y de la Tradición, de la Sunnah.

Todas estas ideas y tópicos, procedentes de la cantera orientalista, nutren la visión que los medios de comunicación nos ofrecen de manera cada vez más convincente y realista.

Bástenos otro ejemplo para mostrar la contradicción. En la propaganda que suele hacerse del gran Legado Cultural Andalusí, se enfatiza el carácter universalista del Islam, que hizo posible la convivencia de las distintas religiones. Bajo el paraguas benefactor de la Sharíah Islámica pudieron coexistir judíos, cristianos y musulmanes durante varios siglos. El Islam aparece entonces como sistema por excelencia de la tolerancia y el reconocimiento, facilitando y promoviendo el mayor florecimiento de las ciencias y de las artes en el mundo entonces conocido.

En un mismo diario podemos encontrar, junto a la propaganda cultural de la Toledo o de la Córdoba de las tres Culturas, artículos de opinión en los que se relaciona al Islam con el fanatismo, el anacronismo y la intolerancia.

Por fuerza ha de existir error en algún sitio. O tal vez la realidad sea que “cultura, poder e información” actúan solidarios haciendo más que difícil un análisis desapasionado, una lectura no fanática del hecho religioso y, en el caso que ahora nos interesa, del hecho islámico y su actitud ante el fanatismo.

Sería útil para nuestro análisis, poder separar lo que son actitudes humanas, reprobables o no, del marco de referencias que proponen las diferentes ideologías o creencias. El fanatismo, como la irracionalidad, ha estado presente de forma habitual en casi todas las culturas y épocas de la humanidad.

En nuestros días existe un fanatismo de los medios, de la tecnología, que aboca a muchos individuos al aislamiento y a la comunicación virtual. No nos interesa ese tipo de fanatismo porque es silencioso y no produce alarma social. El individuo con el síndrome Internet sólo resulta interesante al sicólogo clínico o al sociólogo. Para el ciudadano medio no deja de ser una anécdota, un mal menor que además aparece revestido con los signos propios de la cultura en la que vive. No es exótico, no ayuda a mantener la ilusión de la diferencia, no genera —en apariencia— la necesaria identidad, de la que tanto carece.

Por el contrario, la imagen de unos hombres vestidos con túnicas oscuras rompiendo televisores en un escenario escatológico, y que además responden al enigmático nombre de talibanes, puede proporcionar una cierta dosis de identidad, un necesario sentimiento de superioridad cultural, contribuyendo a legitimar la forma de vida que se practica en los países desarrollados, perpetuando la sensación de que la historia continúa, de que aún existen seres “lejos del progreso”. Es fácil concluir, ante tal visión, que los musulmanes son fanáticos y atrasados. Como la imagen se repite, es asimismo probable que lleguemos a la conclusión de que todo eso es así a causa de la religión, de que el Islam favorece el fanatismo. No son noticia, no interesan entonces las actitudes islámicas mayoritarias que están más que alejadas de cualquier radicalismo, de la excesiva pasión.

No vendería el discurso mayoritario de los musulmanes, porque rechaza los métodos violentos o las posturas radicales y expresa ante todo equidad y mesura.

Actitudes religiosas

La experiencia religiosa del ser humano, dependiendo del ámbito en que se la contemple, produce resultados diversos. Tiene una dimensión interna, individual, que afecta a la evolución personal y cuya experiencia resulta muchas veces difícilmente evaluable y expresable. Es la vía interior del misticismo, de la superación de las limitaciones y del crecimiento espiritual. En esa esfera, pueden producirse actitudes apasionadas, como la del místico inflamado del Amor Divino, que se aleja y no reconoce la realidad cotidiana ordinaria.

También está el mundo exterior, el ámbito de las relaciones humanas, de la vida social. Es el mundo de las formas y de la Ley, donde se articulan los códigos de conducta necesarios que hacen posible la vida comunitaria.

Ambas esferas, que en principio habrían de ser continuación la una de la otra, aparecen a menudo separadas y enfrentadas. Entre las experiencias personales de Juan de la Cruz y la de los teólogos canónicos de la Iglesia Católica, media un abismo difícilmente superable. Lo mismo ocurre entre algunos eruditos de la jurisprudencia islámica e Ibn ‘Arabi.

En cualquier sistema, ya sea éste fruto de la religión o de la ideología, los doctores de la Ley —teólogos e ideólogos según el caso— han asumido la misión de cuidar los límites terminológicos, la letra, la literalidad, la convención, acotando el mundo de las formas en el que se produce el hecho lingüísticosocial.

El místico, el que asume y realiza en su propia persona el fin último de la religión, que es la unión con Dios, ha sido casi siempre objeto de crítica y persecución por parte de los que trabajan en el codificado espacio de la Ley, y se ha servido de la poesía como vehículo expresivo de sus estados.

El equilibrio entre las distintas esferas de experiencia rara vez se produce de forma completa. Normalmente una se hipertrofia en detrimento de la otra y viceversa, dificultándose en un caso la vida espiritual y en el otro el orden social. El exagerado desarrollo del aparato formal, de la terminología, produce una suerte de burocracia espiritual que dificulta la experiencia religiosa, que aparece entonces codificada en términos vacíos de contenido. Esa idolatría de los dogmas, que suele producirse en períodos de decadencia espiritual, es, indudablemente, fermento de actitudes dogmáticas y suele desembocar en fanatismos diversos.

Pero por otra parte han existido comunidades históricas de los musulmanes con un grado de equilibrio más que aceptable, que se han constituido en modelo social, que han favorecido la convivencia de las diversas opciones existenciales y el crecimiento espiritual de los individuos, los cuales han vivido lejos de cualquier atisbo de fanatismo.

La defensa apasionada y exagerada —fanática— de una interpretación concreta de la Ley, de una postura determinada, deviene en actitud condenable cuando conlleva una imposición, cuando pretende la supresión de la libertad de conciencia y rechaza abiertamente la racionalidad. La condena de dichas actitudes forma parte del talante y del espíritu islámicos, lo que no evita —como ocurre en otros casos— el que determinadas personas o grupos no la asuman.

Ambivalencias

Cuando, por diversas razones, al pensamiento occidental le ha interesado resaltar la actitud científica de los musulmanes, su papel culturizador en la oscura Edad Media Europea, se ha dicho que el Islam es un camino de paz, tolerancia y respeto.

Sin embargo, al mismo tiempo y en otros contextos, se presenta al Islam como un sistema intolerante y agresivo.

Éste no es ni mucho menos un fenómeno reciente, pero en orden a la claridad, y para evitar posibilidades de desarrollo de determinados fanatismos en nuestro tiempo, sería necesario y deseable que temas tan delicados como son el terrorismo o la realidad política de muchos países árabes, se tratasen con imparcialidad y sin tendenciosidad, pues esta última no hace sino fomentar actitudes radicales e irracionales.

El mismo espíritu crítico que se aplica al análisis de otras cuestiones, debería aplicarse también en este caso, porque cuando alguien se siente injustamente tratado, sin posibilidad de defensa, se ve forzado a buscar ésta de la forma que sea. Y habría de existir esa misma justicia e imparcialidad en el tratamiento de la información y en el derecho a la opinión y a la palabra.

Por eso pienso que sería un gran paso adelante, aunque sea a todas luces insuficiente, el que diarios y medios de comunicación importantes, dieran creciente cabida a la opinión de los musulmanes. ¿Qué piensan los propios musulmanes de muchos de los hechos que se atribuyen al Islam? ¿Qué piensan la mayoría de ellos?

Centrándonos en el tema del fanatismo, sería útil saber qué dicen las fuentes Islámicas —el Corán y la Sunnah— sobre la cuestión.

El Islam ante el fanatismo

Con relación a la forma en que los creyentes han de vivir la religión, el Corán nos dice:
“No cabe coacción en asuntos de fe. Ahora la guía recta se distingue claramente del extravío.”

(Corán: 2-256)

Incluso en un ámbito tan proclive a la irracionalidad como el de la guerra, existen numerosas referencias morales sobre la manera en que ha de hacerse ésta.

El Corán nos dice:
“Oh vosotros que habéis llegado a creer, cuando salgáis a combatir por la causa de Dios, usad vuestro discernimiento y no digáis a quien os ofrece el saludo de paz: ‘Tú no eres creyente’, —movidos por el deseo de beneficios de esta vida: pues junto a Dios hay grandes botines. También vosotros erais antes de su condición—pero Dios os ha favorecido. Usad, pues, vuestro discernimiento: ciertamente, Dios está siempre bien informado de lo que hacéis.”

(Corán: 4-94)

También en este sentido nos ilustra la crónica que José María Mendiluce hace en su libro “El amor armado”, en el que describe su experiencia de la guerra en Bosnia, y en el que nos habla sobre las actitudes de los soldados musulmanes ante unos enemigos que, en este caso, y como sabemos, son hoy juzgados por crímenes contra la humanidad. Sin embargo, no ha existido demasiado interés en relacionar los crímenes y los excesos servios con el fanatismo religioso, sino étnico.

En dicho conflicto, los medios no han podido encontrar material informativo alguno que pudiera inducir a establecer una relación entre el Islam y el fanatismo.

Hadices

En la Sunnah —tradición islámica que recoge los dichos de nuestro profeta Muhammad, que la paz sea con él— nos han llegado numerosas indicaciones sobre el tema. Una de ellas, transmitida por Abu Huraira, recoge la siguiente frase del Profeta, repetida tres veces, a propósito del celo exagerado en la religión:
“perezcan los extremistas”

En innumerables hadices se exhorta a los creyentes a la moderación en la observancia de los preceptos religiosos, recomendándose siempre las actitudes intermedias.

Por su pertinencia en el tema que nos ocupa, quiero también traer a colación, a pesar de que ya fue publicada en nuestra revista en la sección Foro de los Lectores, la carta de Shahib Zougari, imam de la mezquita de Sevilla, publicada en el diario EL PAÍS en Mayo del pasado año. En dicha carta se cita un conocido Edicto del Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, que dice así:
“He escrito este edicto bajo la forma de una orden para mi comunidad y para todos aquellos musulmanes que viven dentro de la cristiandad, en el Este y en el Oeste, cerca o lejos, jóvenes y viejos, conocidos y desconocidos. Quien no respete el edicto y no siga mis órdenes obra contra la voluntad de Allah y merece ser maldito, sea quien sea, sultán o simple musulmán. Cuando un sacerdote o un ermitaño se retira a una montaña o a una gruta, o se establece en la llanura, el desierto, la ciudad, la aldea, la iglesia, estoy con él en persona, junto con mi ejército y mis súbditos, y lo defiendo contra todo enemigo. Me abstendré de hacerle ningún daño. Está prohibido arrojar a un obispo de su obispado, a un sacerdote de su iglesia, a un ermitaño de su ermita. No se ha de quitar ningún objeto de una iglesia para utilizarlo en la construcción de una mezquita o de casas de musulmanes. Cuando una cristiana tiene relaciones con un musulmán, éste debe tratarla bien y permitirle orar en su iglesia, sin poner obstáculo entre ella y su religión. Si alguien hace lo contrario, será considerado como enemigo de Allah y su Profeta. Los musulmanes deben acatar estas órdenes hasta el final del mundo”.

Refiriéndose al caso concreto de Argelia, Shahib Zougari expresa tras su cita, “el profundo dolor por estos santos que han muerto por amor a Dios, del Dios que es el mismo para cristianos y musulmanes”.

Pocos días después, el 6 de Junio, en el mismo diario, apareció un artículo firmado por Carlos Colón, quien dejó bien clara la postura de los musulmanes ante el fenómeno terrorista. Colón dice, tras exponer la carta de Zougari, que “le ha emocionado profundamente leer ese texto valiente que deplora las muertes de los religiosos católicos en Argelia, al tiempo que las separa nítida y limpiamente de la comunidad islámica en general”.

Con todo esto, no pretendemos decir que no existan actitudes fanáticas entre los musulmanes, o que el Islam sea un modo de vivir que hace imposible el fanatismo.

No. El fanatismo, la pasión exagerada y la irracionalidad, son actitudes humanas que pueden surgir en cualquier tiempo y lugar. Evidentemente, existen visiones diferentes del mundo, distintas ideologías y cosmogonías, y unas pueden ser más proclives que otras a favorecerlas. En el caso que nos interesa aquí, existen innumerables ejemplos que pueden llevarnos a la conclusión de que el Islam condena el fanatismo. Y sin embargo siguen asociándose ambas realidades en la imaginería de nuestro tiempo.

Confusiones

Se nos hablaba, a propósito de la Guerra del Golfo, del fanatismo de los soldados iraquíes, incapaces de ver el despotismo de su líder, Saddam Hussein, el cual aparecía prosternándose y haciendo la oración en los noticiarios televisivos, enarbolando el Corán. Precisamente Saddam, líder del partido Baas, que propugna la división de poderes al estilo occidental. No es el Islam, entonces, el que en este caso promueve el fanatismo, sino la instrumentalización política de la creencia y el uso tendencioso de una terminología, de unas palabras. No es en este caso el Corán el que propone la adhesión ciega al líder, sino que es la mano de éste la que aparece revestida con la legitimidad de un texto que, para el creyente, es Criterio de Verdad.

Existen momentos en la historia de los musulmanes en los que el fanatismo ha hecho su aparición en las comunidades. Unas veces por la utilización que se hacía de la religión con una finalidad política extraislámica, otras por las condiciones de vida en que se encontraban determinados grupos humanos.

Héroes, mártires y terroristas

En ese sentido sorprende el hecho de que, durante los procesos revolucionarios acaecidos en América Latina hasta hace una década, no se haya hablado de fanatismo a la hora de evaluar las apasionadas actitudes políticas que se produjeron en dichos procesos. Da la impresión de que la ideología actuaba entonces como legitimadora de determinados excesos.

No ocurre lo mismo ahora, cuando lo que se trata de valorar son las consecuencias de otros procesos en los que interviene el hecho religioso y en donde se emplean frecuentemente los términos “integrismo”, “fanatismo”, “fundamentalismo”, “terrorismo”, “extremismo” o “intolerancia”.

En unos casos, el discurso occidental habla de revolucionarios —mártires de la ideología— y en otros nos presenta a terroristas y fanáticos. En unos tiempos y lugares son héroes de la revolución, en otros, simples delincuentes.

Sin embargo, el adoctrinamiento intelectual opera hoy con herramientas más sutiles, menos apreciables incluso para quien piensa y analiza.

El uso repetido de una terminología y unos estereotipos, acaban otorgando a éstos la cualidad de referencia verdadera e inconmovible. Lo que se denomina “pensamiento de época” o “espíritu de los tiempos” integra en su imprecisa realidad, todo un mundo de ideas hechas —idées reçues, como nos decía Edward Said— aceptadas y consensuadas por el uso, no legitimadas por una argumentación razonada o por una voluntad científica de conocimiento. Es el mundo del sentido común mal entendido.

¿Qué sabe el hombre de la calle del ser de los musulmanes contemporáneos? ¿Cuáles son sus fuentes de información?

Si realmente se apuesta por el reconocimiento, por la convivencia pacífica y por la libertad de conciencia, habremos de actuar de igual a igual, no desde el esquema binario tradicional de “conocedores y conocidos”, “definidores y definidos”, aprender tal vez del otro que, a pesar de las diferencias, pertenece tanto como uno a la Humanidad como conjunto.

Ese puede ser el principio básico que nos ayude a conjurar los fanatismos, objetivo que la mayoría de los pueblos han expresado como deseable de una u otra forma.


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