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Hombre y Naturaleza

La reivindicación de la Metafísica como pilar de toda Ética, choca con los postulados de la filosofía materialista

15/06/1996 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Verde islam 4
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Si miramos a nuestro alrededor con ojos atentos, veremos en toda su crudeza, el reflejo de una actitud equivocada.

Hace poco más de un mes, a principios de Junio, la ONU hizo un llamamiento mundial para que las naciones y organismos intergubernamentales de todo el planeta se comprometan a incluir en sus planes, proyectos y medidas de protección medioambiental. Por primera vez, este organismo reconoce la gravedad y dimensiones de un problema que, a corto plazo y de no tomarse medidas, califica de irreversible.

Ante la creciente situación de degradación cuyos signos se evidencian con mayor fuerza cada día, existen variadas respuestas que van desde la militancia política más radical hasta el escepticismo. Unos esgrimen un discurso catastrofista y apocalíptico que trata de culpar del problema a la sociedad industrial o al Capitalismo. Otros dicen que no está claro que antes no existieran esas situaciones, que ahora surgen porque hay intereses en ello; lo cierto es que, en los últimos veinte años, la discusión sobre el medio ambiente ocupa y preocupa al hombre de la calle y a los especialistas.

No me cabe la menor duda de que el problema existe y es de unas dimensiones hasta el momento desconocidas. Simplemente observando en nuestro entorno podemos detectar cambios profundos en el medio que nos rodea. Densos bosques que hace no más de veinticinco años eran recorridos por ríos y arroyos y estaban poblados de animales, son hoy yermas montañas que se transforman en desierto a velocidad vertiginosa. Especies que convivían con nosotros, han emigrado a otro lugar o simplemente han desaparecido. Pueblos que no pueden beber de sus aguas por la contaminación de sus acuíferos derivada del uso abusivo de agroquímicos. Si hacemos caso de los datos que nos suministran los medios de comunicación, la dimensión del problema se acentúa: destrucción de la capa protectora de ozono, cambio climático, peligrosa contaminación de la atmósfera y de los mares, accidentes nucleares de consecuencias dantescas y un incremento alarmante de enfermedades degenerativas y otras de origen desconocido.

Piensan algunos que hablar del tema, planteándolo de forma cruda y directa, no implica su solución sino, en todo caso, un incremento del miedo y de la alarma social. A fin de cuentas puede mirarse el mundo de otra manera, con unos ojos más positivos, como si aquello que no se ve en primer término, aunque se estén padeciendo sus consecuencias, no tuviese realidad.

Precisamente esa actitud está en la base del problema y responde a un modo de entender la vida que ha provocado una peligrosa e inmensa destrucción.

Antecedentes

Si nos remontamos a los orígenes judeocristianos de la moderna y laica sociedad industrial, comprobaremos las interminables disputas y discusiones sobre la naturaleza de la ley. Prácticamente desde los primeros siglos del Cristianismo, las sociedades que estaban bajo su influencia vivieron una profunda contradicción entre los distintos ámbitos de aplicación de las normas. Ha sido fenómeno común la coexistencia, en una misma sociedad, de distintos criterios para establecer las leyes en ámbitos diferentes. Por un lado, una Ley Positiva que fija los límites del comportamiento social, dibujando el marco de relaciones interpersonales de los ciudadanos. Es el caso de los Códigos Civiles inspirados básicamente en el Derecho Romano. Por otro, una Ley Administrativa, que regula las relaciones de propiedad e intercambio de bienes, y que ha ido adaptando sus pautas a la evolución de las estructuras de poder. También una Ley Natural, inspirada en la concepción científica del momento, y una Ley Divina reducida al ámbito de la privacidad y de la experiencia personal de los individuos, en permanente situación de adaptación a los tiempos, de aggiornamiento. En algunas épocas y lugares hubo una mayor coincidencia entre los códigos, pero la contradicción ha sido una constante histórica. Muchas veces hemos oído el término “doble moral” referido a comportamientos difícilmente sostenibles en ámbitos distintos.

Pensadores e incluso teólogos cristianos tan significativos como San Agustín, consideraron a la naturaleza como no redimida, es decir, partícipe del mal y del pecado. A aquellos filósofos cristianos que, siguiendo la Tradición, se negaron a considerar este oscuro aspecto y hablaron en términos metafísicos, se les acusó de panteísmo.

Esta falta de criterio unificado nace de la propia indefinición de la Ley Sagrada subyacente en el Cristianismo desde los primeros tiempos. La elaboración de dogmas de carácter religioso, siglos después de que el profeta Jesús, la paz sea con él, desapareciese de la tierra, puede darnos una idea de la falta de acuerdo sobre la naturaleza del mensaje que trajo a la humanidad y sobre el carácter profano de sus fines últimos.

Esta separación de ámbitos existenciales propició una alienación creciente del hombre con respecto a la naturaleza y una desacralización de ésta, considerada finalmente como un puro objeto de dominio y conquista. El individuo, aislado de su entorno, imposibilitado para vivir una existencia integral y unificada, ya no se sintió parte de la Creación, inmerso en ella, sino como un extraño viviendo en un espacio hostil y lejano.

La secularización de los saberes ha llegado a conformar un concepto inamovible sobre qué debe ser la Ciencia y cómo se ha de aplicar. En este proceso, además, se consideran el Saber y la Ciencia, como productos netamente humanos, provenientes de la razón y sin implicaciones trascendentes. Los aspectos trascendentales quedan entonces relegados a un ámbito, la Metafísica, que desde hace mucho tiempo es considerada disciplina dudosa y carente de todo interés práctico.

En una visión semejante, el universo entero, que tradicionalmente estuvo cargado de significado, se vuelve mudo para todo lo que no sea medible cuantitativamente.

Pensamiento islámico

El lugar que las ciencias y sus aplicaciones ocupan en el pensamiento y en la vida islámicos es bien distinto. Una de las clasificaciones más completas, la de Ibn Sina (Avicena), hace derivar todas las ciencias de la Filosofía Especulativa (Metafísica). En el nivel superior se sitúa la Teología, debajo la Matemática y en el nivel inferior, la Física.

Las Ciencias Teológicas, en el Islam, se ocupan de diferentes aspectos: de la naturaleza de Dios, de la Unicidad (Tawhid) y de sus consecuencias en el pensamiento. Si el objeto de todo Conocimiento y toda Ciencia es alcanzar la Verdad, como ésta se halla contenida en la Revelación, será allí donde habrá que buscar los fundamentos para cualquier quehacer, el Criterio necesario para la discriminación y el análisis. El estudio del Corán mediante el Tafsir —exégesis comparativa y, a veces, interpretativa— arroja luz sobre los aspectos más insospechados de la existencia. En sus versos incomparables aparecen descripciones de la Creación de los Universos que hacen palidecer a los físicos, imágenes de la vida embrionaria y de la naturaleza humana. En numerosas ocasiones, los científicos de la cultura laico-industrial se han sentido tentados a buscar contradicciones en los textos revelados. En aquellos textos que han sido manipulados por los seres humanos, han encontrado hipótesis fácilmente desmontables. En el caso del Corán, cuyo texto no ha sido alterado, no sólo no han podido encontrar error, sino que, en muchos casos, los ayats han sugerido la solución a problemas no resueltos.

La ciencia laica, en su afán por dar una explicación del Universo desde un punto de vista meramente material, emplea sus energías en conocer los mecanismos que hacen funcionar a las cosas, pero acaba destripando el juguete.

Reflexiones

Una de las más brillantes reflexiones sobre esta cuestión, la leí hace poco en un libro interesante escrito por Seyyed Hossein Nasr, integrado por una serie de conferencias y que aparece bajo el título de Hombre y Naturaleza.

El profesor Hossein Nasr, durante una conferencia en la Universidad de Chicago en el año 1966, abordó el problema de una forma clara y aguda:

“La perspectiva muy restrictiva que se asocia con la ciencia moderna hace que, en sentido verdadero, sea imposible conocer la cosmología dentro del molde del moderno criterio científico mundial. La cosmología es una ciencia que se ocupa de todos los órdenes de la realidad formal, de la cual el orden material es sólo un aspecto. Es una ciencia sagrada que está obligada a conectarse con la revelación y la doctrina metafísica, en cuyo vientre se vuelve significativa y eficaz... Una cosmología que se base solamente en el nivel material y corpóreo de la existencia, por lejos que se extienda en las galaxias, y que además se base en conjeturas individuales que cambien de un día a otro, no es cosmología real. Es una visión generalizada de una física y una química terrestres y, como ya lo señalaron algunos teólogos y filósofos cristianos, está realmente desprovista de todo significado teológico directo, a no ser por accidente.”

Toda Teoría es un modelo cerrado, un paradigma. Por mucho que se empeñen algunos científicos en negar las implicaciones filosóficas que producen o se derivan de una Teoría, éstas aparecen inevitablemente. Así, el hecho de considerar el Universo como un vasto conjunto meramente material y autocreado, negando la posibilidad de una Realidad Creadora y Trascendente, independiente de él, hace que no exista hoy en día una Filosofía Natural, que sería la herramienta para comprender el papel del hombre en el universo, su función dentro de la Creación, su relación con las otras especies, etc. La desaparición de la Metafísica del panorama de las ciencias y la consecuente ausencia de una Filosofía Natural (que secularmente han estado contenidas en la Revelación y en otros casos en la Tradición) imposibilita un desarrollo unificado de las distintas ciencias y sus aplicaciones.

Para el sabio musulmán —Alim— la Metafísica es, ante todo, la Ciencia de la Realidad, que procura un conocimiento paulatino de lo Absoluto, Allah, al Wahid, y por medio de Su Luz llega al conocimiento de las cosas, de lo relativo y contingente. Trata, sin conseguirlo nunca del todo, de conocer a Dios a través de Su Palabra y, siguiendo Su Mandato, vuelve sus ojos a la Creación donde:

“Entre Sus signos están la creación de los cielos y de la tierra, la diversidad de vuestras lenguas y de vuestros colores. Ciertamente hay en ello signos para los que saben.”

(Corán, 30-22)

Sin embargo en la filosofía occidental ya desde Aristóteles, empieza a considerarse a la Metafísica como una rama de la Filosofía para terminar como ciencia marginal y sin ningún interés.

La progresiva desacralización del pensamiento ha sido paralela al desarrollo de la vida profana, desvinculada de los aspectos trascendentes de la existencia, sólo preocupada por los aspectos materiales de la vida sobre la tierra.

Este empobrecimiento intelectual obligó posteriormente a la Teología Cristiana a suplir esta laguna del pensamiento por medio de la Voluntad y el Amor.

Dice Hossein Nasr que la pérdida del conocimiento metafísico es responsable de la pérdida de la armonía entre el hombre y la naturaleza y del papel de las ciencias de la naturaleza en el esquema total del conocimiento.

En el Islam existe, por el contrario, una visión armónica de la Creación en la que está incluida el ser humano. El conocimiento se estructura por el principio de Unidad —Tawhid— que atraviesa tanto a los distintos modos de conocer como al ser que conoce. En la sociedad islámica ha existido siempre una estrecha conexión entre la Metafísica proveniente de la Revelación y el desarrollo de las Ciencias Naturales. El puente de unión entre el hombre y la naturaleza, la clave que revela la relación entre ambos, se halla contenida en el Corán, que es, en este caso el Logos o Palabra Divina. Es tanto el Corán documentado (Al Qur’án al tadwini) como el Corán de la Creación (Al Qur’án al takwini) donde se contienen los signos y arquetipos de todas las cosas. No es casual que el término que se usa para designar sus versos (ayats) signifique también, según subraya Hossein Nasr, los acontecimientos que ocurren dentro de las almas de los hombres y los fenómenos en el mundo de la naturaleza.

La Revelación que Dios hace a los hombres por medio de Su Palabra contenida en un texto recitado, es inseparable de la Revelación Cósmica que, como dice el propio Corán:

“Sí, es un Corán glorioso, en una Tabla bien guardada.”

(Corán , 85-21.22)

“Está en la Escritura Matriz que Nosotros tenemos, sublime, sabio.”

(Corán, 43-4)

“Es, en verdad, un Corán noble, contenido en una Escritura escondida, que sólo tocan los purificados.”

(Corán, 56-77,79)

Ta´awil

Así pues, el viaje hacia el conocimiento de la naturaleza ha de recorrer necesariamente el Texto Revelado. El sabio penetra en el significado profundo de la Revelación mediante el Ta’awil o discernimiento intuitivo —que no por serlo, ha de ser irracional— que procura sobre todo sentido y significado.

Sigue reflexionando Hossein Nasr, que la paulatina desacralización de la vida humana hizo que “al quedarse sólo con el significado externo de la Sagrada Escritura, los teólogos cristianos posteriores no pudieron encontrar otro refugio que un fundamentalismo cuyo vuelo patético antes de la ciencia del siglo XIX, está aún fresco en la memoria”.

El Islam, en cambio, mantiene una visión unitaria e integral del hombre y la naturaleza, viendo en la armonía cósmica, en su orden mismo, la expresión de la Gracia Divina, de la Barakah contenida en la Creación. El musulmán busca esta Gracia en la naturaleza, no vive contra una naturaleza profana, desprovista de contenido trascendente, pues no existe nada que no haya sido creado por Allah, Subhana wa Ta’ala, que no tenga en su raíz y en su existencia el sello de Su Poder.

Así pues, el musulmán puede conocer su papel y sentido en esta vida, que no es otro que el de llegar al conocimiento total de las cosas, llegando a ser finalmente Hombre Universal (Al insan al kamil), que habrá de reflejar en toda Su Gloria, los Nombres y las Cualidades Divinas como un espejo que ha sido bruñido hasta la reflexión completa.

Allah enseñó a Adam, la paz sea con él, “los nombres de todas las cosas”, dándole así a todo el género humano una preeminencia sobre las demás criaturas. Pero sólo es posible ésta condición, si el hombre es el Jalifa de Allah sobre la tierra, su vicario y representante, instrumento consciente de Su Poder. Este poder y preeminencia, como bien sabemos los musulmanes, cesa y se convierte en esclavitud cuando, embriagado con el regalo del intelecto (aql), el hombre se rebela contra su Creador y se coloca a sí mismo como referencia.

Cuando el hombre se vuelve hacia la Luz del Creador, inmediatamente ésta se refleja en su entorno, que se ve beneficiado con ello. Cuando su ser interno se vuelca hacia la oscuridad, la naturaleza que le rodea se oscurece. Ahí reside la gran responsabilidad del ser humano. Al ser el espejo más capaz de reflejar la Luz y la Sombra, su estado tiene las más profundas repercusiones en los otros seres. Es la única criatura en la que Allah ha querido reflejar Su Libertad, lo cual conlleva responsabilidad, juicio y resultados. Jardín o Fuego en la Otra Vida, que se anticipan en ésta, y cuyos signos pueden verse en la naturaleza que nos rodea por dentro y por fuera, ya que somos parte y somos criatura.

Algunas veces hemos reflexionado sobre la naturaleza de la Ciencia y sobre las consecuencias éticas y morales de sus aplicaciones.

Cuando leemos o vemos en la televisión algunos ejemplos perturbadores nos hemos preguntado si esta o aquella investigación hubiera sido posible en otro contexto. A más de un profesional he oído decir que la Ciencia no tiene color, que su objeto es universal e independiente de la creencia o de la ideología de quienes la desarrollan. Nunca lo he creído así. A menudo pregunto a científicos musulmanes si, a su juicio, creen que el actual desarrollo de las ciencias, con sus secuelas de degradación y sus peligrosos efectos secundarios, hubiera sido concebible en el seno de una sociedad islámica con la capacidad suficiente para producirlo. No he tenido hasta ahora una respuesta satisfactoria, pero pienso que no es casual que la ciencia contemporánea haya llegado a ser como es hoy, precisamente en Occidente. Difícilmente hubiera podido desarrollarse en una sociedad islámica, ni incluso en otros pueblos orientales basados en una Tradición, porque en ambos casos hubiera sido difícil llegar a considerar la naturaleza como algo profano.

De acuerdo con Hossein Nasr en que “Ni el burocratismo oriental de Needham, ni ninguna otra explicación social y económica, bastan para explicar por qué la revolución científica, como se la ve en Occidente, no se desarrolló en otra parte. La razón más básica es que ni en el Islam, ni en la India, ni en el Lejano Oriente, la sustancia y la materia de la naturaleza estaban tan vacías de un carácter sacramental y espiritual, ni la dimensión intelectual de estas tradiciones estaba tan debilitada como para permitir que una ciencia puramente secular se desarrollara fuera de la matriz de la ortodoxia intelectual tradicional...el hecho de que la ciencia moderna no se desarrollase en el seno del Islam, no es señal de decadencia como lo afirmaran algunos, sino del rechazo de éste a considerar cualquier forma de conocimiento como puramente secular y divorciada de lo que considera como la meta última de la existencia humana.”

En definitiva, la desacralización del medio natural en que el hombre vive, lo hace susceptible de cualquier agresión y degradación. Para el creyente, el mundo no es sólo una suma de materiales codificables, sino un espacio donde conviven energías de distinto tipo. En la mayoría de las tradiciones se considera el carácter no profano de la naturaleza. Tanto en el naturalismo indoeuropeo —con su Naturgeist o Espíritu de la Naturaleza— como en la Angelología de los pueblos semitas, existe la posibilidad de que el ser humano tenga una experiencia teofánica, una visión de lo trascendente. Ya hemos visto cómo Dios dice en el Corán que en los fenómenos naturales —la sucesión del día y la noche, la lluvia, el trueno o las estaciones— hay signos para los dotados de intelecto, que en ellos se guarda significado, sentido, conocimiento.

Para el ser humano, la pérdida de esta posibilidad supone no sólo un grave empobrecimiento intelectual, sino la desaparición del sentido, del significado trascendente de la vida terrenal.

Desacralización

En este proceso, los ángeles, los genios y los demonios, que son la manifestación visible en este mundo de otras tantas cualidades espirituales, desaparecen de la escena, dificultando la posibilidad de una experiencia teofánica.

No debe resultarnos extraño que en un mundo desacralizado las gentes se vuelvan hacia el esoterismo, el ocultismo y las sectas. No hay en la visión del mundo en el que viven, espacio para lo sagrado sino como concepto o abstracción. En un entorno semejante es muy fácil ser presa de mistificaciones y sincretismos. No es ni mucho menos una paradoja que la más racionalista y desacralizada de las sociedades sea al mismo tiempo la que más favorece la superchería. Astrólogos pret a porter, nigromantes de fin de semana y curanderos televisivos tratan de ocupar el espacio vacío que se abre en el corazón humano. El hombre de la sociedad laico-industrial sabe, intuye, que tras la apariencia visible de las cosas, detrás de su mente mecanicista, debe haber otras realidades. Y no se equivoca, porque en la naturaleza humana -fitrah- existe la capacidad de sentir al Creador a través de la Manifestación de Sus Cualidades.

No se trata de Cantidad sino de Cualidad, no es un problema de Cálculo, sino de Significado. Pero al no disponer de Criterio, de una visión unificada, la consecuencia más probable es que desemboque en la magia y en la superstición, siendo fácil presa del miedo y la neurosis.

Si miramos a nuestro alrededor con ojos atentos, veremos en toda su crudeza, el reflejo de una actitud equivocada, el fruto de una rebeldía estúpida y, a fin de cuentas, poco inteligente.

La visión de una tierra contaminada y esquilmada, no nos habla bien de su administrador. Poco nos dice en favor de su inteligencia y su capacidad. Puede resultar paradójico el hecho de que la responsabilidad de un error semejante recaiga sobre la más dotada de las criaturas, la que ha sido dotada de intelecto.

La imaginación creadora

Sin embargo, el Intelecto -Aql- a que se refiere Allah en el Corán, no es la sola razón práctica que definieron los franceses ilustrados, sino también el “órgano de la imaginación creadora” que, sirviéndose de la lógica para aprehender humanamente el orden de las cosas, llega a percibir, además, detrás de los fenómenos visibles, su Significado. El sabio siempre consideró a los fenómenos de la naturaleza, a la propia materia, no como una realidad sólida e inmutable --hecho éste que incluso hoy admite la ciencia laico-industrial de vanguardia-- sino como Símbolo, imagen de una Realidad que se manifiesta por todos sitios.

Dice el Corán:

“Les mostraremos Nuestros signos fuera y dentro de sí mismos, hasta que vean claramente qué es la Verdad. ¿Es que no basta que tu Señor sea testigo de todo?”

(Corán, 41-53)


Sobre ello, Abu Bakr Siraj Ed-Din ha escrito, en su Libro de la Certeza que:

“...el hecho principal y más cierto sobre toda forma, es que es un símbolo, de modo que cuando contempla algo a fin de acordarse de sus realidades superiores, el viajero está considerando esa cosa en su aspecto universal, que es el único que explica su existencia.”

Así, mirando a nuestro alrededor la huella de fealdad impresa por el humano laico-industrial, veremos el reflejo de la oscuridad que habita en su interior.

La grave confusión que implica considerar a la Naturaleza como eterna e ilimitada ha podido ser también causa de su degradación.

El musulmán sabe que todos los mundos perecerán, que la Creación tiene un principio y un final, que solo Allah, Subhana wa Ta’ala es el Eterno. Por eso entiende que los límites de la naturaleza no pueden extenderse indefinidamente y por eso mismo también es especialmente consciente del peligro que conlleva una actitud de depredación incontrolada.

Alguna vez hemos recibido la crítica de quienes consideran que el Islam “no debe mezclarse con la Ecología, que son términos incomparables que no pueden situarse al mismo nivel”. Incluso ha habido alguien que, a propósito de algunos artículos aparecidos en esta revista, ha creído ver un cierto oportunismo. Decididamente, quienes así opinan no han entendido en absoluto la cuestión.

Alternativas

Vivimos en un mundo cada vez más interconectado. Las acciones que se producen en cualquier sitio, afectan cada vez de forma más evidente, a todo el conjunto. Los musulmanes vivimos en esta tierra y compartimos con el resto de la humanidad los efectos de un problema que ha creado una determinada forma de entender la vida y el mundo que no es precisamente la nuestra. El problema está ahí y los musulmanes estamos obligados, si es cierto que tenemos responsabilidad, que hemos de ser jalifas de Allah en este mundo, a tratar de ofrecer soluciones encaminadas a restablecer un equilibrio, una armonía en el mundo de las criaturas que Allah nos entregó.

Esa es la razón y no otra, que hace que muchos musulmanes seamos sensibles al problema, aunque tengamos conciencia de la manipulación que se ejerce desde el propio sistema sobre los llamados movimientos ecologistas o los partidos verdes.
La diferencia entre lo que el islam propone y muchos de los postulados conservacionistas que surgen en el seno de la sociedad laico-industrial, radica en que para nosotros no se trata de invocar una actitud naturalista, o de reivindicar un cierto naturismo, sino de situarnos en el lugar que Allah nos ha asignado dentro de Su Creación. Los musulmanes no somos herederos de ningún romanticismo ni panteísmo. Sabemos que la cuestión no radica, como decía Schuon, en proyectar un individualismo desilusionado dentro de una naturaleza desacralizada, sino en encontrar la Sustancia Divina inherente a toda la Creación y que, sin embargo, no se puede confundir con ella. No en vano nos dice el Generoso Corán que:

“De Dios son el Oriente y el Occidente. Adonde quiera que os volváis, allí está la faz de Dios. Dios es Inmenso, Omnisciente.”

(Corán, 2-115).

Así pues, que nadie se llame a engaño. Nuestra preocupación no responde a otras afinidades ideológicas que las derivadas de nuestra creencia de forma coherente y consecuente. Nos molesta la fealdad y la insensatez porque anhelamos Su Belleza. Nos desagrada la intolerancia y la injusticia porque esperamos, inshaAllah encontrarnos algún día con Al Rahmán, y confiamos recibir el bálsamo definitivo de Su Misericordia. No tenemos más Señor que Él, y fuera de Su Soberanía no aceptamos otra obediencia.

Resulta poco comprensible la extrañeza de quien, a propósito de un artículo aparecido en nuestra revista, calificó de oportunista la definición de ética medioambiental islámica. La ingenuidad de sus argumentos resulta digna de ser señalada. ¿Cómo —se preguntaba nuestro crítico— puede una religión de hace quince siglos disponer de respuestas a un problema que es tan reciente y característico de nuestro tiempo?

De todos es sabido que las Gentes del Libro han sido depositarias durante siglos de un Criterio, con una moral consecuentemente derivada de él. Existe lo lícito y lo prohibido, lo halal y lo haram, lo bueno y lo malo, por mucho que la dimensión moral del ser humano haya sido reducida progresivamente en el ámbito del individualismo laico- industrial.

Por otro lado, la relación del hombre con la naturaleza ha sido y será inevitable mientras exista la vida humana sobre la tierra.

El famoso hadiz

Cuando Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, recomendó no cortar árboles frutales, no diseminar las abejas, no incendiar los campos, no envenenar los pozos, ni siquiera los de los enemigos, estaba expresando en términos prácticos la conciencia ética que el musulmán tiene sobre su relación con la naturaleza, principios de índole moral defendibles desde cualquier argumentación razonable, estaba expresando con ello una conciencia previsora que no tiene en cuenta el resultado inmediato, a corto plazo, sino las consecuencias que, a la larga, se derivan para el conjunto de toda la comunidad. Envenenar un pozo puede, en efecto, ser un arma bélica que asegure el triunfo sobre unos determinados enemigos, pero, una vez conquistado su territorio, es un recurso perdido incluso para los vencedores. No se trataba entonces de un ecologista que velase por la conservación de una naturaleza amenazada, sino de un hombre consciente de las consecuencias que determinadas acciones podían acarrear, sin importar la dimensión del problema. En este caso da igual cuántos hectómetros cúbicos estén contaminados. No es un problema de cantidad sino de calidad. El hecho de envenenar el agua es reprobable, aunque sea el contenido de un solo pozo, porque el agua de toda la tierra es una sola y, aparte de ser sustento de la vida orgánica, entraña un significado:

“...en el agua que Dios hace bajar del cielo, vivificando con ella la tierra después de muerta, diseminando por ella toda clase de bestias, en la variación de los vientos, en las nubes sujetas entre el cielo y la tierra hay, ciertamente, signos para los que razonan.”

(Corán 2-164)


Sería un error pensar que, a remolque de los acontecimientos, el islam se camufla de verde. Siempre fue este color especialmente amado de los musulmanes. El propio Enviado de Dios, que Allah le colme de paz y de bendiciones, gustaba de ponerse un turbante de ese color en las ocasiones especiales. Lo verde ha sido durante siglos y en muchos lugares, por evidente analogía, sinónimo de vida y esperanza. No ha existido en nuestro entorno geográfico y cultural otro pueblo que haya usado más frecuentemente ese color que los miembros de la Ummah.

Referencia

Como un argumento más en favor de la actitud de respeto hacia el medio ambiente que implica el hecho de ser musulmán, bastaría señalar alguna de las condiciones que ha de tener el peregrino —muhrim— cuando realiza su periplo por los Lugares Santos. Metáfora del viaje por este mundo en busca del encuentro con el Creador, la Peregrinación Mayor o Hayy ha de realizarse según determinadas condiciones externas e internas. El peregrino se sacraliza en un estado de inviolabilidad. Pierde esta condición si, dentro del recinto sagrado, altera en lo más mínimo la Creación de Allah. Agredir a un semejante, generar una riña violenta, cortar un árbol o tan siquiera una simple hoja, matar un animal aunque se trate de un insecto, provocan la cesación de su estado y su peregrinación de nada le sirve. ¿No resulta suficientemente significativo este hecho para quien sepa leerlo correctamente?

¿No es la del peregrino la condición más cierta del ser humano en la tierra? ¿No son por cierto la tierra y el universo entero la expresión de Su Majestad y de Su Gloria?

Dicho todo esto, podemos situarnos en el contexto que nos ha tocado vivir, con una conciencia plena del papel que los musulmanes hemos de jugar en ese mundo interconectado y que afecta de manera creciente a todo el género humano. Fuera de cualquier idolatría hacia el progreso, ajenos a la divinización de las máquinas, pero favoreciendo una Ciencia y una Tecnología no destructivas, no lesivas contra la casa en la que hemos de vivir temporalmente. Manteniendo una relación creativa y humilde con nuestro entorno, viendo en los hechos que se producen en la naturaleza la manifestación de Su Poder y Su Sabiduría, siendo capaces de ver en ella los signos —ayats— de ese Corán Celeste que no para de celebrar Sus Alabanzas.



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