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La Psicología Espiritual del Islam

15/12/1995 - Autor: Shahidullah Faridi - Fuente: Verde Islam 3
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En nuestros días, la palabra “psicología” designa de modo vago la ciencia de la mente, y su significado suele variar en función de las distintas teorías que tratan del funcionamiento de ésta. La palabra griega “psique”, de la que se deriva el término “psicología”, quiere decir “alma” en un sentido amplio. He usado la expresión “psicología espiritual del Islam” para distinguir a esa psicología que sólo se cuestiona ciertas funciones de la mente de la que abarca el vasto dominio del espíritu humano, cuyas fronteras son casi ilimitadas. La ciencia de la mente tiene por objeto el examen de los instrumentos mentales con los que está equipado el hombre, mientras que la ciencia del espíritu estudia y trata de definir, fundamentalmente, las fuerzas directrices que manipulan esos instrumentos, los encauzan en un determinado curso, y conducen al ser humano hacia su destino final. Esta psicología espiritual ha sido estudiada con esclarecedora visión y riguroso detalle por los grandes doctores del alma islámicos.

Fases del alma

Dichos doctores dividen el alma en tres partes principales. Aquí, el término “parte” no debe tomarse en el sentido de unidad que esté separada y aislada de otras unidades, sino más bien como fase coexistente con otras fases del alma o “centros de energía”, cada uno de los cuales se entrecruza e interactúa con el otro en cierta medida. Estos tres centros son, en primer lugar, el nafs, que es el yo egoísta o concupiscente, en segundo lugar, el qalb, el corazón o yo inteligente y en tercer lugar, el ruh, el yo espiritual e intuitivo.

Nafs

El nafs, el yo concupiscente y egoísta, es la fuerza que nos liga a la existencia física. Es esa atracción hacia abajo que, por así decirlo, mantiene nuestros pies en el suelo. Tiene dos campos de actividad, uno en el plano físico, otro en el mental. Su actividad en el plano físico radica en el deseo de satisfacer nuestras necesidades corporales, tales como alimento, bebida, descanso y bienestar, sueño y apetito sexual. Conforma nuestro impulso de autoconservación y el deseo de perpetuarnos, y se manifiesta en el espíritu adquisitivo, rostro predador que expresa una celosa protección. Genera los sentimientos de avaricia por las cosas de este mundo, la falta de piedad, la combatividad, la crueldad, la defensa de los parientes próximos y de la tribu, y el ansia de poder y dominio. En suma, comprende las compulsiones que tenemos en común con los animales y por esta razón algunos lo han denominado “alma animal”. Pero a causa del refinamiento de la mente humana frente al ciego instinto del animal, incluso el nafs tiene su lado elevado, que se manifiesta como evolucionado “amor” por la especie humana, y que produce en él tan extraordinario deseo de mandar sobre otros, de adulación y de mimo, de fama y buenas referencias, que esta motivación más sutil a menudo sobrepasa a la más grosera. Así, vemos cómo algunas personas abandonan todas las comodidades de la vida en su pasión por la gloria y el dominio mundanos. El yo concupiscente es la montura que estamos obligados a conducir para completar la travesía vital en la tierra. La comparación con un caballo es pertinente. Un animal sin domar es una fuerza salvaje e incontrolada: queda a su arbitrio dirigirse a donde le plazca y hacer lo que quiera, causando desorden y destrucción; si el jinete no puede controlarlo se precipita con él lejos de su meta y tal vez ambos se vean abocados a la ruina final. Pero si el animal está domado y cuidadosamente entrenado para obedecer las órdenes de su dueño, se convierte en el vehículo gracias al cual, éste llega a su verdadero destino. Del mismo modo el nafs o yo concupiscente, si está sin domar y sin riendas, conduce al hombre a la selva de la codicia grosera, donde no encuentra descanso, terminando en el abandono y la destrucción; mientras que si se somete a un paciente ejercicio de disciplina y entrenamiento se convierte en el más fiel compañero del hombre, siendo su ayudante en el cumplimiento de su más noble destino, que es el de conocer a Dios y servir a Sus propósitos.

El nafs radica en un punto intermedio entre la mente inteligente propiamente dicha y el cuerpo, estableciendo un vínculo entre ellos y participando en cierta medida de la naturaleza de ambos. En el fuego del deseo se centran las exigencias del cuerpo y es allí donde prende la más sutil de las llamas del egoísmo. Su semejanza con el fuego no es simplemente una forma atractiva de hablar, sino que se asienta en una verdad; incluso en el habla corriente decimos “el fuego de la pasión”, “el fuego de los celos”, “el fuego de la ira”, porque instintivamente sentimos la naturaleza ígnea de estas típicas manifestaciones del yo más bajo. Aquí prende el fuego de la vida, y cuando aquel se consume es el fin de ésta, quedando entonces el cuerpo frío y yerto.

Hasta aquí he bosquejado a grandes rasgos el yo concupiscente; sin embargo, considero interesante completar este cuadro con más detalle. Ya hemos dicho que las dos motivaciones principales del nafs son, por una parte, el deseo de satisfacer las exigencias del cuerpo físico y acumular posesiones materiales y, por otra, el deseo de autoengrandecimiento. En relación con el primero, los requerimientos primarios del cuerpo son: hambre y sed, descanso y bienestar, sueño y apetito sexual. Entre las compulsiones básicas del ser humano, así como de los animales, están las de apacigüar estas ansias primarias. Sin embargo, debido al alcance inmensamente amplio de la actividad humana, el hombre extiende estas primarias exigencias a otras derivadas que proporcionan los medios para satisfacer a aquellas, y que terminan siendo deseadas por sí mismas. Estos son los deseos de riqueza, posesiones, lujo y disfrute del sexo. Es significativo señalar que el animal, al satisfacer sus necesidades primarias, se limita a lo que su cuerpo requiere realmente y ahí se detiene; pero el humano, a causa del regalo que Allah le ha hecho, en forma de libre albedrío y responsabilidad, tiene que elegir lo que es beneficioso para él. Si falla, su nafs le llevará al exceso bajo la forma de glotonería, pereza, somnolencia o lujuria. Esto se define en el Corán como asfala safilin (lo más bajo de lo bajo) y en la expresión kal amin bal hum adall (como ganado, pero más desviado).

Con vistas a capacitarle para satisfacer sus requerimientos primarios y secundarios, Allah ha situado en el yo concupiscente del hombre ciertas cualidades básicas, que podemos resumir de este modo:

Codicia o avaricia: impulso fundamental para obtener lo que le satisface.

Agresividad: disposición a atacar e incluso destruir para conseguir su fin. Incluye la crueldad y falta de remordimiento al herir o matar a otros.

Astucia: uso de trampas y engaños.

Defensa: determinación de preservar a cualquier precio lo que se considera propio; esto puede manifestarse en forma de agresión, resistencia o precaución.

Pertenencia al clan: lo que en su forma más elemental consiste en incluir en el propio deseo el de la pareja y los de la descendencia, unidad fundamental del grupo, pudiéndose extender al clan, a la tribu o al pueblo. Es de naturaleza esencialmente limitada y excluyente.

Las cualidades generales que he enumerado existen de forma implícita en los animales, de modo que dejan poco espacio para las diferencias individuales; por ejemplo, encontramos que todos los leones son bravos porque la bravura es un corolario de la “agresión” y de la “defensa” que el animal emplea para conseguir lo que necesita o para defenderse. Rara vez se oye hablar de un león cobarde. De la misma manera, los zorros son astutos sin excepción; existiendo sólo distinciones de grado entre ellos. Pero el hombre, aunque también posee estas cualidades, muestra un espectro casi infinito de diferencias que van desde el exceso hasta una ausencia casi completa. Puede ser bravo hasta la temeridad o tan tímido como para merecer el nombre de cobarde. Puede ser astuto hasta el punto de ser falaz y mentiroso, o puede carecer de esta cualidad llegando a ser estúpido y crédulo. Puede sentir su pertenencia al grupo como prejuicio fanático o estar desposeído de estos sentimientos mostrándose desconfiado y desleal. Por doquier encontramos que al ser humano se le ha otorgado una vasta escala de potencialidad, tanto positiva como negativa.

La interacción del nafs y el cuerpo produce los requerimientos físicos básicos, pero cuando la llama del nafs actúa sobre el qalb, el yo inteligente, aparece la necesidad más mental del amor propio. Así como los deseos del nafs tienen la función de velar por las necesidades del cuerpo, del mismo modo, a través de la exigencia fundamental de amor propio que impulsa a sobresalir y superarse, el yo egoísta proporciona la motivación básica para el desarrollo de la mente y del conjunto de la personalidad. La avaricia del cuerpo consiste en querer reunir el mayor número de objetos susceptibles de satisfacer a los sentidos, mientras que la avaricia de la mente consiste en el deseo de alcanzar superioridad por cualquier medio. Esta cualidad del yo concupiscente toma diversas formas que podemos resumir así:

Amor propio y arrogancia que se acompañan de desdén hacia los demás.

Deseo de dominar e imponer la propia voluntad sobre los compañeros.

Deseo de alabanza y adulación.

Deseo de fama, de ser reconocido por alguna particularidad por el mayor número de personas y por el mayor tiempo posible. Conduce a intentos de autoperpetuación.

Celos, deseos de destruir la superioridad de los demás sobre uno.

Odio a quienes se interponen a su voluntad de cualquier modo.

Estas demandas primarias originan los sentimientos derivados, que tratan de proporcionar los medios para su satisfacción:

La alabanza propia y la exaltación de uno mismo y de la tribu como una clase superior de seres.

La búsqueda de puestos de poder y dignidad.

La reunión de un círculo de gente aduladora y servil.

La ostentación y autopropaganda, la pompa, la ceremonia y la erección de monumentos a uno mismo.

La calumnia y la difamación.

La búsqueda de venganza contra los oponentes por pura malicia, no por deseo de justicia o por autopreservación.

 Si el fuego del nafs es fuerte, estas características serán más poderosas, pero si quema débilmente, su carencia constituirá un defecto similar a su exceso. En lugar de manifestar amor propio, será ignominiosamente humilde, el lugar del deseo de tiranía lo ocupará la esclavitud, la aquiescencia dejará paso al servilismo, el ansia de fama se cambiará por insensibilidad a las opiniones y el gusto por la alabanza se tornará en vergüenza.

Se desprende de este examen del yo concupiscente y egoísta, el nafs, que éste no es algo totalmente malo y que deba ser destruido, sino que es el necesario vehículo de nuestra existencia corpórea. Sin los deseos carnales que llevan al hombre a satisfacer las necesidades del cuerpo, su supervivencia en este mundo sería imposible. Sin amor propio y deseo de superioridad, no tendría lugar el desarrollo de múltiples potencialidades que están dentro de él. El nafs es el enlace invisible que le une a la tierra o, para usar otra metáfora, el lastre que mantiene en el suelo la pelota llena de un gas más ligero que el aire. Sin el peso de alguna sustancia sólida la pelota desaparecería en los cielos a causa de la fuerza ascendente del gas de su interior; del mismo modo, sin el ancla a tierra del nafs, el alma volaría a los cielos dejando atrás su habitáculo corporal. Pero esta metáfora es incompleta porque el yo egoísta no es un simple cuerpo muerto sino una violenta energía que, sin control, puede arrasar y destrozar el mundo. Convenientemente dirigida puede ser el ligero y obediente corcel que nos lleve a la Morada de la Paz. Si no se lo domina puede ser una bestia salvaje que ataca y destroza todo cuanto es bueno y noble. Acerca de esto, Allah ha dicho:

"El ánimo es propenso a la codicia..."

(4:128)

"Quienes están a salvo de la codicia de su nafs serán los que tendrán éxito."

(39:9)

A esto se refiere el famoso versículo:

"El alma exige el mal... (ammaratum bis-su)."

(12:53)

Esta incitación al mal ha de corregirse con el yo inteligente y el yo intuitivo, el qalb y el ruh.

Ruh

De estos dos centros internos del ser humano tomaré primero el ruh, puesto que es en todos los aspectos exactamente lo opuesto al nafs. Si el yo egoísta del hombre le atrae siempre hacia la tierra, el yo espiritual, el ruh, continuamente intenta elevarlo a los cielos. Es característico del ruh que, estando cerca de Dios, siempre busca mayor cercanía y mayor intimidad con Él. La base de esta aspiración es su intenso amor por Él, lo que no es una adquisición del ruh sino su verdadera esencia; deriva de esa afinidad con lo Divino a la que alude el Corán con estas palabras:

"...formado armoniosamente e infundido en él de mi Espíritu."

(15:29)

Este amor del yo espiritual por Allah tiene tres aspectos. Uno es el sentimiento de su absoluta dependencia de Él, lo que da origen a una extrema humildad respecto a Él y a la aceptación de Su voluntad, inclinándole a cantar Sus alabanzas y a adorarle solicitando Su favor y bondad. El segundo es el deseo de agradarle, entregarse a Sus propósitos y sacrificarlo todo por Él en cumplimiento de Su voluntad. El tercero, que es la aspiración más alta del espíritu, es alcanzar la unión con Él, ser el espejo de Su Luz abandonando la propia imperfección y convirtiéndose en reflejo de Su Perfección.

A causa del amor intrínseco del yo espiritual por Allah, éste ama también todos los atributos divinos. Por consiguiente el ruh guía al hombre hacia la pureza, hacia el refinamiento, hacia la belleza, la luz y la armonía y es totalmente contrario a la corrupción, la grosería y la obscenidad, a la fealdad, la oscuridad y la discordia. Siente una fuerte aversión e ira por estos atributos que son contrarios a su propia naturaleza y desea apartarlos de su camino y destruirlos. Sin embargo, este yo espiritual no está vuelto por entero a Allah sino también a los espíritus semejantes de otros hombres. Puesto que el ruh es por naturaleza un reflector de las cualidades Divinas y sede del takhalluq-bi-akhlaq (asimilación de los modales de Dios), su actitud básica hacia las otras almas es la de simpatía y bondad, en consonancia con la proclama Divina: "Mi misericordia sobrepasa Mi ira". De aquí brotan las cualidades de desprendimiento, sinceridad y generosidad que, en su sentido espiritual, son consecuencia del amor y, cuando el ruh está iluminado, de la luz espiritual. El ruh da a otras almas y también absorbe de ellas luz y fuerza, de modo que cada una contribuye al desarrollo y florecimiento de las otras. Al mismo tiempo, el espíritu humano siente aversión hacia aquellos semejantes que se han cubierto de obscuridad y de mal, estableciéndose como enemigos de Allah, y dicha aversión puede derivar en rabia violenta. Pero incluso disgustada y encolerizada, hay una misericordia oculta que desea la transformación de sus malas cualidades en buenas, esperando su eventual salvación, ya que la naturaleza del espíritu está hecha a semejanza del mayor de los espíritus y que es "Misericordia para todos los mundos".

El conocimiento del ruh es puramente intuitivo y por consiguiente cierto. Es de la misma naturaleza que la visión, la cual se presenta de modo inmediato como experiencia directa. Las reacciones que mueven al ruh tienen la misma cualidad intuitiva y son como afectos espirituales que le penetran uno tras otro. Un ejemplo de este afecto espiritual es cuando, a veces, conocemos a una persona por primera vez y nos inspira un gran respeto, aunque su apariencia no sea de las que infunden respeto e incluso aunque no sepamos nada de ella que nos permita tener ideas preconcebidas. Lo que ocurre es que el yo intuitivo percibe cierta cualidad espiritual en ella; no podemos explicar tal percepción racionalmente o adscribirla a cierta causa física pero, por otro lado, no podemos evitar que se nos imponga. La percepción del ruh es cualitativa y sintética, en contraste con los procesos analíticos y racionales de la mente. El ruh o yo espiritual alumbra continuamente al qalb con su luz, tratando de atraer su atención hacia arriba.

Qalb

Tras delinear los dos polos opuestos de la psique humana, el yo concupiscente en el que habita el impulso hacia la autopreservación en esta existencia terrena, y el yo espiritual en el que mora su aspiración a los atributos divinos, ahora me dirijo a su centro, el yo inteligente y discernidor, que se sitúa entre ellos. El qalb o corazón, por supuesto, no se refiere al órgano físico del mismo nombre sino al núcleo del alma cuya posición central corresponde a la del corazón en el cuerpo humano. Los principales instrumentos del qalb son las facultades mentales, las que habitualmente analizan los psicólogos, tales como la razón, la imaginación, la memoria y todo cuanto se incluye en el dominio del pensamiento. Pero el qalb no se identifica con ellos, sino que es su dueño y director. De hecho es el amo de todo el ser con sus diversas facetas, cualidades y energías, el líder al que han de seguir, tanto si les guía por el camino hacia el cielo como al precipicio del infierno. Las dos fuerzas opuestas del nafs y del ruh le atraen ora hacia arriba ora hacia abajo, teniendo que sopesar y fijar sus sugerencias, distinguir entre ellas, decidir y reforzar su decisión con la voluntad. Así pues, el qalb es la sede de la responsabilidad humana porque a este yo inteligente se le ha dado la libertad de elección y tendrá que responder en presencia del Supremo Juez el Día de la Decisión Final. A la luz de lo descrito del nafs y del ruh, al qalb podemos compararlo con el dirigente de una nación que tiene dos consejeros: El que está a su derecha es un hombre santo y ascético que le exhorta siempre a recordar a Dios e intentar aproximarse a Él, a mantener la religión y la moralidad y a ser piadoso y justo con sus criaturas. El que está a su izquierda es el ministro al que se le ha encargado mantener el país bien abastecido, ampliando su territorio y su honor y defendiéndolo contra sus vecinos. Por naturaleza es egoísta, orgulloso y astuto, dedicado por entero a la consecución de sus fines.

Si el gobernante se abandona permanentemente al santo, terminará tan absorto en la contemplación de Dios que carecerá del deseo de mantener en orden los asuntos de su reino; pero si quiere estar bien guiado en el cumplimiento de su gran función, debe estar recibiendo continuamente conocimiento y luz de su mentor e inspirarse en él cuando trate de las complejas tareas de gobierno. Puede incluso confiarse enteramente al santo durante cierto tiempo para después volver a ocupar sus purificados talentos en su hereditaria obligación. Su relación con el santo le proporcionará los principios universales de verdad, bondad y servicio a Dios que habrá de aplicar a las variadas situaciones a las que se enfrente durante la administración de sus asuntos. Por otro lado, no puede ignorar al artero y voraz ministro a través del cual se ejecutan las órdenes en el reino. Pero si el egoísmo, la combatividad y la falta de escrúpulos de su naturaleza se desvían de los preceptos de justicia y benevolencia que el rey ha recibido del santo, el ministro le llevará a ser un cruel tirano, llenando los reinos vecinos de terror y aversión, violando la santidad de sus posesiones y de su honor. Sin embargo, cuando está bien disciplinado y controlado, la energía, capacidad y sabiduría mundana del ministro son valiosos instrumentos para la aplicación de medidas justas y beneficiosas. El gobernante, que es el qalb, el yo discernidor situado entre el yo concupiscente y el yo espiritual, es árbitro y moderador de conflictos y armonizador de sus discordias. Una de sus cualidades más importantes es la justicia y el equilibrio, dando a cada cual lo suyo, pesando los opuestos en la balanza y tomando la decisión correcta. El qalb tiene que elegir y sobre él recae la responsabilidad de la elección, donde se desencadena todo el drama de la responsabilidad humana por sus acciones. El qalb es receptivo a la influencia del ruh y del nafs y tiene la libertad de aceptar la influencia que quiera en cualquier proporción, conformando su propósito y poniéndolo en acción.

En este punto tal vez se os venga a la mente una cuestión vital; ¿es posible que el yo inteligente esté rectamente guiado, bajo la influencia del yo intuitivo con su naturaleza divina, sin una guía especial exterior? Para poder contestar a esto, en primer lugar hay que comprender que inicialmente la influencia del nafs es fuerte e inmediata como puede apreciarse en los niños, mientras que la influencia del ruh es de entrada débil y distante. Si sus rayos inciden sobre el qalb en ocasiones producen tan sólo un vago y obscuro anhelo por lo sublime y último; el qalb no puede captar su propósito y no encuentra a dónde volverse para saciar su misteriosa sed. En este estadio todavía es uno de los vagabundos, que ha de recibir la guía de Allah:

"Recordadle...cómo os ha dirigido... cuando erais de los extraviados"

(2:198)

Solamente cuando Allah le revela los fundamentos de la existencia, a través de Su Mensaje iluminador, conoce su origen y su originador, los medios para desarrollar las virtudes latentes en él que le llevarán al puerto final del Placer Divino e interminable felicidad. Todo esto lo escucha el yo inteligente, pero también lo percibe el ruh intuitivamente; el ruh entonces tiembla con la música de la verdad tan próxima a su esencia y habla al oído del qalb, al que convence la sensatez de lo que ha escuchado, pero todavía vacila: “¡Es verdad, es verdad, acéptalo!" En este clímax, el corazón acepta dentro de sí la luz de la fe que brilla sobre él desde su yo espiritual, que se ha avivado en el yo espiritual gracias a los ecos de la Palabra Divina. Lo que era potencialidad se ha actualizado, la semilla oculta ha germinado en un brote visible, el débil movimiento sentimental se ha convertido en convicción consciente. Entonces el qalb, sujeto a dos influencias opuestas, habitualmente anda extraviado hasta que se sitúa firmemente en su camino por la dirección de Allah. Y dado que el yo inteligente es el centro de la conciencia humana, la Advertencia Divina se dirige a él primariamente:

"Hay en ello, sí, una amonestación para quien tiene entendimiento, para quien aguza el oído y es testigo."

(50:37)

En cuanto al ruh, aunque es el mentor natural del qalb y su iluminador con la luz del conocimiento y la pureza, no está sometido al proceso de crecimiento; sólo alcanza su completo desenvolvimiento cuando el qalb le presta su propia fuerza para empeñarse en los logros, después de escucharle y seguirle. Entonces empiezan a interactuar, uno proporcionando guía, el otro fuerza y resolución, caminando mano a mano hacia su destino. Pero si después de haber oído el Mensaje de Allah y Su Profeta, el qalb está obscurecido por la influencia del nafs y con convicciones pervertidas de tal modo que ni siquiera siente la llamada del espíritu o, si lo percibe vagamente, lo aparta y rechaza, se convierte en uno de los "desagradecidos" (Kuffar) que se desvían de las exigencias de su propia naturaleza y se colocan en el camino de la ruina.

"Dios abre al islam el pecho de aquél a quien Él quiere dirigir. Y estrecha y oprime el pecho de aquél a quien Él quiere extraviar, como si se elevara en el aire."

(6:125)

El hombre ideal es aquel cuyo yo concupiscente está al servicio del yo inteligente del mismo modo que un fuerte y confiado corcel lo está al de su amo, y cuyo yo inteligente está inspirado y dirigido por el yo intuitivo al igual que un dirigente piadoso por su guía espiritual. Pero, ¿qué forma adopta este dominio de la inteligencia sobre la concupiscencia y cómo se doma la energía bruta del más bajo yo para orientarlo hacia buenos propósitos? La primera verdad que hay que comprender bien es que, a pesar de la pura fuerza animal del nafs, a la fuerza de voluntad y al empeño del qalb se le han dado poder sobre ella, porque si no ¿dónde radicaría la responsabilidad del hombre si su poder de elección fuera más débil que las atracciones que siente?

"Dios no es injusto, en absoluto, con Sus siervos."

(3:182)

El hombre posee la habilidad de reinar sobre sus deseos egoístas o prestar toda su energía para satisfacerlos, así como es capaz de convertirse en receptáculo de las emanaciones del espíritu o estorbar su camino y ser impenetrable a ellas. Por supuesto hay una diferencia en el uso de este poder en relación al nafs y al ruh; con el nafs, ha de ejercitarse para convertirse en su comandante, mientras que con el ruh tiene que hacerse su discípulo, pero en cualquier caso el poder está allí. La noción de que el hombre es una víctima indefensa del yo concupiscente sin fuerzas para resistirse, postulado por algunas escuelas de psicología moderna, es una falacia satánica en conflicto directo con las enseñanzas del Corán.

"Dios no es nada injusto con los hombres, sino que son los hombres los injustos consigo mismos."

(10:44)

El Bien Supremo para el hombre es acceder a la perfección de su naturaleza, a la que ha aludido Allah con estas palabras:

"Hemos creado al hombre dándole la mejor complexión."

(95:5)

Su verdadera naturaleza es alcanzar la más estrecha relación con Allah y a través de ella irradiar paz, armonía, justicia y felicidad en el mundo. Cuando el qalb se ilumina con la Palabra Divina ayudado por el ruh, se dispone a disciplinar al nafs para su propósito superior. He enumerado los requerimientos primarios del yo concupiscente: hambre y sed, descanso y bienestar, sueño y deseo sexual, con los secundarios de deseos de riqueza, posesiones, lujo y diversidad de mujeres y concubinas. Ahora el yo inteligente limita y reorienta tales requerimientos. Permite al yo inferior apaciguar su hambre y su sed, pero a la luz del excelente ejemplo del Noble Profeta, no se permite comer en demasía, para poder mantenerse saludable y alerta para la adoración y las buenas obras. Recuerda a Allah, que le proporciona sustento, al comenzar y terminar su comida, santificando de este modo el acto, sin reducirlo simplemente a ser un modo de satisfacer una necesidad corporal, sino convirtiéndolo en una manera de alabar al Sustentador. La enseñanza divina le impulsa a la cualidad de la benevolencia universal, que está incluida dentro de la naturaleza esencial de su yo espiritual, sacrificando así su propia necesidad por el beneficio de otros:

"Por mucho amor que tuvieran al alimento, se lo daban al pobre, al huérfano, al cautivo: ‘Os damos de comer sólo por agradar a Dios, no porque queramos de vosotros recompensa ni gratitud’."

(76:8-9)

Se permite descansar y estar cómodo, lo que incluye distracción y juego, pero limitándolo para que no obstaculice el cumplimiento de sus obligaciones más serias, no permitiéndose la indolencia, la frivolidad ni la jocosidad. Duerme, pero observa las horas de la oración:

"Se alzan del lecho para invocar a Su Señor con temor y vivo deseo."

(32:16)

Permite el desahogo de la exigencias sexuales del cuerpo, pero sólo dentro de los límites establecidos por Allah. Su deseo de riqueza y posesiones está restringido por la advertencia:

"¡Sabed que la vida de acá es juego, distracción y ornato vano, rivalidad en jactancia, afán de más hacienda, de más hijos!"

(57:20)

La sencillez de la vida que llevó el Profeta de Allah y la prohibición de usar seda y oro refrena su propensión al lujo. Sobre todo, la orientación de todos sus pensamientos y actividades para conseguir la satisfacción divina aparta su atención y no se detiene en esas satisfacciones físicas por su propio beneficio, sino que las embrida y las pone al servicio de Allah, pasando entonces de ser bestias salvajes que le atacan a convertirse en útil y robusta compañía en el camino de la vida. Purifica y canaliza en dirección al Éxito Supremo las cualidades básicas que subyacen en el yo concupiscente. El apetito desordenado del nafs se transforma en el deseo de poner muy alto el listón de Allah y de adquirir materiales que pueden ayudarle en el servicio a aquellos a los que Allah ha dado derecho sobre él, tales como parientes necesitados, huérfanos y enfermos, lo que puede facilitarle el participar en los asuntos públicos de la Umma. Su agresividad se desvía para extender el bien y suprimir el mal y se hace uno de esos que:

"...son severos con los infieles y cariñosos entre sí."     

(48:29)

La falta de escrúpulos de su yo inferior ahora está cualificada con contrición y cuando necesita severidad la atempera con humanidad. Las estratagemas y trampas de la guerra se condonan, pero no la violación de los acuerdos solemnes, a cuyo cumplimiento se obliga en el Corán en palabras terminantes. La lucha, aunque sea en la vía de Allah -no se permite otro tipo de lucha en Islam- se pone en la cima del sacrificio en jihad. El elemento brutal de la guerra absorbe necesariamente la característica de la astucia que hay en el nafs, pero es de destacar que si el engaño es un ingrediente inevitable de la guerra, diseñado para destruir el poder de las fuerzas del mal en el mundo, está absolutamente prohibido en el comercio y en otra clase de contratos, porque éstos son medios de conseguir paz y bienestar entre todos los hombres sin distinción y un reflejo de la Misericordia Divina más que de la Justicia Divina. Si la defensa de los legítimos derechos es recomendable, no debe llevar a la mezquindad y al egoísmo; tales vicios los ha denunciado Allah en Su palabra:

"Dios no ama al presumido, al jactancioso, a los avaros y a los que empujan a otros a ser avaros, a los que disimulan el favor que Dios les ha dispensado."

(4:37-38)

Si primeramente es responsable del bienestar de su propia familia y su comunidad, los límites de su clan se han roto y sus lealtades incluyen a toda la Hermandad Musulmana, por último a toda la humanidad, excepto a aquellos que abiertamente desafían la supremacía de Allah y Su Mensaje.

Tras disciplinar las necesidades del cuerpo, se vuelve hacia las manifestaciones del amor propio, que son avaricia de la mente. Mientras esté siempre dispuesto a resistir la injusticia y el ultraje, toma como principio general de su conducta la recomendación de Allah a Su Profeta:

"¡Sé benévolo con los creyentes!."

(15:88)

Su deseo innato de superioridad lo transmuta en competir por la excelencia en el terreno moral y espiritual, cambiando arrogancia y desdén por benevolencia y simpatía. Sólo desea poder para que prevalezca la palabra de Dios y quiere ser alabado tan sólo por aquellos cuya alabanza es valiosa, por virtudes que realmente posee y además, en este caso, no considera suyo el mérito:

"Yo no pretendo ser inocente. El alma exige el mal a menos que mi Señor use de Su misericordia."

(12:53)

 Sólo busca la fama por la causa de Allah y, si es por él, únicamente en lo que pueda influir para que otros sigan el camino recto. En lugar de envidia, sustituye ese espíritu de emulación por una advertencia que no conlleva rencor, desplaza al odio para dejar sitio a la paciencia y al perdón. No se adorna por vanidad sino por un sentido de limpieza y armonía, por alabar al que es Belleza Absoluta y a quien gusta lo hermoso. Si busca oficio es para tener la oportunidad de beneficiar a la humanidad y si se permite alguna ostentación es por la prevalencia del Islam, así como el Profeta iba a la oración del Id en procesión llevando un manto fino. En lugar de aduladores se rodea de quienes sienten la misma devoción por la causa de Allah y alaban lo bueno pero no vacilan en oponerse al mal. En lugar de calumniar por el placer destructivo que encierra, se limita a prevenir a los que puedan estar en peligro de sufrir un daño por parte de una persona de mal carácter y si no hay tal peligro, señalará alguna buena cualidad de un hombre del que se ha hablado mal o al menos permanecerá callado y ocultará sus faltas. Esta transmutación del plomo del nafs en el oro de la excelencia moral ejemplificada por el Profeta de Allah es una ardua labor que comprende numerosos grados y fases y no se consigue sin una constante lucha interna; es el necesario preludio a la elevación del alma a Dios, que constituye la más alta experiencia espiritual.

Así pues el hombre, que es el regente del pequeño reino, tiene que elegir entre las advertencias del alma espiritual supraterrena y la exigencias del yo concupiscente, ha de encontrar el camino justo en el que se mantienen los derechos de ambos. La elección conduce a una resolución y ésta a la acción. Cada acción revierte como un eco en el corazón donde se ha originado y deja su señal allí. La señal es más o menos brillante según la cualidad de la acción y , gradualmente, por acumulación de tales señales se va formando una imagen cualitativa del hombre interno que será hermosa y luminosa o sombría y repulsiva, proporcionalmente a la conformidad con su verdadera naturaleza elevada o con su perversión. Esta imagen, el momento del juicio final, iluminada con la antorcha de la fe u obscurecida por las sombras de la idolatría y la incredulidad, aparecerá ante él mostrándole lo que ha conseguido:

"Ese día, ya se le informará al hombre de lo que hizo y de lo que dejó de hacer."

(75:13)

A pesar de que depende por completo de la gracia de Allah por su guía y únicamente el Poder de Allah puede premiarle o castigarle, no obstante el hombre es responsable de su propio destino. Su situación se describe sucintamente en el Corán:

"¡Por el alma y Quien le ha dado forma armoniosa, instruyéndola sobre su propensión al pecado y su temor de Dios! ¡Bienaventurado quien la purifique! ¡Decepcionado, empero, quien la corrompa!."

(91:7-10)

Hasta aquí hemos expuesto el funcionamiento normal de las "tres fases del alma", el nafs, el ruh y el qalb. Esto es particularmente aplicable a la vida de los Abrar (obedientes) y de los salihin (puros o rectos), cuyo objetivo es que en ellos prevalezca lo noble sobre lo innoble, lo lícito sobre lo ilícito, lo puro sobre lo bajo. Con su devoción a Allah y a Su profeta (paz y bendiciones sobre él) mezclan un apego a las cosas buenas de este mundo, que desean confinar dentro de las distinciones establecidas por la Shariah, entre lo que se aprueba y lo que no. Pero quienes siguen el camino espiritual (tariqat) y emprenden su viaje hacia Allah (suluk il-Allah) ponen su meta más alta, tan alta que su sublimidad no tiene límites porque es su reunión con Allah. Para alcanzar este fin aparentemente inalcanzable los medios que usan no son distintos de los usados por los puros, pero difieren mucho en intensidad, porque el salik (viajero) tiene total devoción y un completo abandono en su propósito, y desviar la atención incluso hacia indulgencias permitidas es para él shirk (asociar "otro" con Allah). Aparta sin consideración cualquier cosa que pueda ser un impedimento en su camino y se lleva como provisión sólo lo que puede ayudarle a ganar su destino con más facilidad. Por esta razón se dice que las virtudes de los obedientes son los vicios de los que han alcanzado la "proximidad" o aspiran a alcanzarla, porque aquí no hay compromiso ni dos visiones.

"No se desvió la mirada. Y no erró."

(53:17)

Al principio tuvimos la precaución de indicar que estas fases del alma no son secciones cerradas y separadas sino funciones altamente interactivas e interpenetradas, como las funciones de un organismo que, aunque sean diferentes, básicamente están unificadas. La energía del alma humana se derrama desde el corazón espiritual, llamado así porque, al igual que el corazón físico, da vida a todo el cuerpo del alma. El corazón es el núcleo de la personalidad, la sede de sus peculiares cualidades y el centro de radiación de su fuerza. Si presta su fuerza a las atracciones del yo inferior (nafs), éste lo absorbe hasta tal punto que prácticamente el corazón se convierte en el yo inferior y las otras cualidades y atracciones se anulan mientras se mantenga esta absorción. Este es el significado del dicho del Profeta de Allah "cuando un hombre...". Del mismo modo, un corazón fortalecido por el dikr (recuerdo) y la adherencia a Su Camino es capaz de absorber al yo inferior y abatirlo hasta el punto de que sus tendencias a la rebelión estén bastante controladas y reducidas a los límites dictados por el corazón. Aquí el nafs deviene en qalb y asume las características del qalb en lugar de las suyas.

Las prácticas distintivas de los seguidores del camino (Tariqat), utilizadas para el fortalecimiento y desarrollo del alma espiritual, son simples órdenes de Allah y Su Profeta que se suman a las prácticas más generales de rezo y ayuno derivadas de su llamada:

"¡Invoca el nombre de tu Señor y conságrate totalmente a Él!."

(73:8)

El objetivo del dhikr es dirigir la energía del corazón para que se sitúe bajo la influencia del ruh, para que por fin el ruh lo absorba y oblitere de tal modo que el qalb deje de ser él mismo para convertirse en ruh, borrando sus cualidades y afirmando las de su superior. La cualidad especial del ruh es que su campo no es el del pensamiento discursivo sino el de las emociones o afectos puramente "sentidos" que, cuando se hacen dominantes, impregnan toda la personalidad anegando todo lo demás. Esto es lo que los sufis llaman "hal" o estado del espíritu. No hay nada que se parezca a una lista exhaustiva de tales estados, que son tan diversos como los rostros de los hombres, ninguno de los cuales se parece exactamente al de los demás. Para facilitar la comprensión se pueden establecer ciertas categorías, que pueden ser válidas porque la multiplicidad emerge de la unidad. Por citar algunos ejemplos, una clase de "estado" es el de completo haibat, que sobreviene a la revelación de la Magnificencia de Allah y la sensación de total debilidad e impotencia del hombre ante Él. En esta condición siente como si estuviera en presencia de Allah, pulverizado como la montaña.

Otra clase de "estado" o emoción espiritual es el de extrema calma y paz ante Allah:

"Él es quien ha hecho descender la sakina en los corazones de los creyentes para incrementar su fe."

(48:4)

La desarmonía producida por los conflictos entre opuestos se disuelve en la armonía que emana del Ser en Quien todo contraste se unifica y toda discordancia desaparece, y que es Paz. Pero el "hal" más importante es el del amor (mahabbat), en su forma más intensa extremado amor (ishq), que es la fuerza motriz que impulsa al hombre por el camino de Allah, ya que no sólo el espíritu ama a Allah, sino que Allah ama al espíritu. Puede decirse de este amor que es "madre" de todos los estados y fundamento de la satisfacción (rida):

"Dios está satisfecho de ellos y ellos lo están de Él"

(98:8).

En uno de estos estados el ruh domina al qalb y al nafs de tal manera que no pueden distinguirse. Sin embargo, se dice que el hal es temporal, va y viene. Y no siempre deja su marca en el pensamiento y en la acción de la persona que lo ha experimentado de forma tan intensa que ahora estén influidos por él de modo permanente haciendo que la persona piense, decida y actúe en concordancia con él. Sólo cuando el hal se hace poderoso y persistente por la continua experiencia, el qalb y el nafs son permeables a él. Así, aunque el ruh no esté en un estado de sobrecogimiento y ellos estén completamente conscientes de sí mismos ejerciendo sus funciones, siguen el dictado del hal y lo aplican en sus respectivos campos, convirtiéndose en una de sus cualidades permanentes. Entonces el hal se transforma en maqam (posición establecida) y lo que era efímero se hace duradero, y lo que antes coloreaba una parte de la personalidad ahora lo colorea todo. El hal es entonces como un rayo ininterrumpido sobre el qalb, que incorpora su influencia a su naturaleza, transmitiéndola al nafs ya obediente.

Cuando la vista del estado abre el ojo interno del viajero, se dice que ha alcanzado el "mundo angélico" (alam ul-malakut). Además del aumento de intimidad en la relación del aspirante con Allah por medio del estado y de las posiciones establecidas, ahora también está abierto a la influencia de otros espíritus superiores que están en ese mundo. El primer espíritu que le influye es el de su Murshid (director) que aunque aparentemente vive en la arena física se centra en el reino del espíritu. Desde el principio esta influencia es constante, pero cuando el ruh se hace más fuerte y puro como resultado del constante dhikr (recuerdo), la acción del espíritu superior se parece al del hal, de manera que el ruh del director se sobrepone al del discípulo hasta el punto de anularlo, dejando sólo en evidencia el ruh superior. Como en el caso del hal, inicialmente esta condición puede ser de naturaleza temporal, pero según va madurando el qalb y el nafs son más permeables y el resplandor se va extendiendo por la personalidad dando lugar a sorprendentes unanimidades entre el sheij y el murid (buscador resoluto).

Este proceso se extiende desde el maestro inmediato hasta los santos primigenios del árbol genealógico espiritual, porque en el mundo del espíritu no cuentan las limitaciones de tiempo y espacio. En ocasiones, cuando Allah quiere, el viajero del camino se ennoblece con una comunión directa con el Espíritu de los espíritus, es decir el espíritu de Muhammad, Profeta de Allah (paz y bendiciones sobre él). Aquí también aparece el mismo proceso de predominancia, comparable al de los brillantes rayos del sol borrando el débil brillo de las estrellas, aunque en este caso el resultado del predominio del ruh y sus posteriores efectos en el qalb y en el nafs son de tan alto grado y extensión, como la inconmensurable e insuperable elevación de la mayor de todas las almas. Todos los espíritus están hechos del mismo material del espíritu de Muhammad, como se indica en el dicho del Profeta: "La primera cosa hecha por Allah fue la Luz de vuestro profeta (Muhammad)". Hemos llegado ahora al punto de unión entre unidad y multiplicidad, al gran mediador entre Allah y Su creación, uno de cuyos rostros mira a los muchos y el otro al Único.


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