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La Golondrina y el Cautivo

Cultura - 15/06/2003 0:00 - Autor: Muhámmad Amin Alzueta - Fuente: Verde Islam 20
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La Golondrina y el Cautivo
La Golondrina y el Cautivo
“Mi corazón se ha hecho capaz de cualquier forma.”
Ibn ‘Arabi de Murcia
Se despertó con el cuerpo entumido por la humedad y, apartando la tosca capa de arpillera, se desperezó y se irguió. Los miembros le dolían y tenía los riñones desarreglados y molidos. La temprana luz alcanzaba ya los postigos y sonrosaba los muros de la celda. Era una habitación circular, casi desnuda, con techo alto y abovedado. Un catre, una mesa y una silla componían el exiguo mobiliario. Sobre la mesa, de roble se apilaban unos cuantos libros y papeles. El torreón estaba iluminado por cuatro ventanucos, abiertos a unos tres metros del suelo, equidistantes dos a dos y protegidos por una reja. Bajo uno de ellos, el muro presentaba un sillar saliente que le servía de apoyo al prisionero cuando quería asomarse al exterior.
Y eso fue lo que hizo esa mañana. El páramo, veteado aún por los primeros rayos del sol, se extendía, desnudo y solitario. Adonde alcanzaba la vista, el prisionero tan sólo acertaba a ver aquella infinitud terrestre y parda, en la que lo temprano de la hora abolía los matices de color. Tan sólo en primer término, al otro lado del foso del castillo, aleteaba la espesura. Era el margen de un soto de fresnos y de álamos, junto al que fluía un riachuelo —fuera de la vista de la prisión— que surtía de agua a la comarca. Al prisionero le gustaba contemplar cómo la brisa agitaba las hojas del bosquecillo, plateando el verde claro de los chopos. Conocía cada matiz de luz y de sombra, y descifraba la variable intensidad de los vientos por el temblor que despertaban en el follaje. La cautividad aguza los sentidos, pues son tan parcas las sensaciones que se reciben que cada acontecer, por minúsculo que sea en apariencia, se llena de detalle y maravilla.
Lo mismo ocurría con las aves. El prisionero había aprendido a reconocer hasta diez voces distintas, correspondientes a otras tantas especies —cada una con su escala de cantos y de frases. No siempre estaba seguro de qué especie se trataba: la música era, por lo común, incorpórea y ascendía desde el soto o desde el páramo, mientras los estrechos límites del ventanuco vedaban la visión de su fuente. En ocasiones, sin embargo, eran las aves perfectamente visibles, pero mudas: el planear ondulante del milano negro, la peregrinación de la cigüeña o el vuelo cernido del gavilán, acontecían a la altura visual del prisionero. Sólo en la golondrina, visitadora del suelo y de las torres, se aunaban el sonido y la presencia. Esto, y su proximidad, hacían de ella la especie favorita de este extraño ornitólogo.
Aquella mañana, una pareja ofrecía una de sus maravillosas exhibiciones acrobáticas, cazando insectos al vuelo, lanzándose al vacío, ascendiendo como frágiles cohetes. El azul rojizo de las pecheras relumbraba, tornasolado, con la luz matinal, mientras la elegante curva de las alas y la horquilla asaeteaban el aire como filos de sombra. Su nido debía esconderse bajo la cornisa de las almenas de la torre, a unos cuantos metros del ventanuco-observatorio.
El hecho de que su suerte de habitar aquella celda fuese compartido —aún en el exterior— por las golondrinas, le unía a ellas de una manera misteriosa. Pero aquel afecto estaba teñido de pesadumbre: al llegar el frío, las aves iniciarían su largo viaje al sur, mientras el quedaría solo, contemplando la llanura de nieve.
Se llamaba ‘Ibn Said y había nacido en Córdoba. Su abuelo había sido un gran guerrero, alférez de la guardia del Califa, y él había seguido sus pasos. A esta profesión se unía una pasión: la música —como compositor y tañedor de laúd. Cuando la guerra le permitía regresar a Córdoba, solía tocar en palacio y en las casas de los nobles de la ciudad. Todavía en su juventud, había logrado una gran fama como renovador del estilo tradicional de la nuba. Era entonces un joven enérgico y arrogante, que, admirado por todos, unía al valor del soldado el refinamiento y sutileza del artista.
Precisamente en aquella época tuvo lugar un encuentro que ‘Ibn Said habría de recordar muchas veces en prisión. Su tío era un hombre devoto que pertenecía a una de las numerosas cofradías sufíes de la ciudad. Una mañana en la que ambos se dirigían a resolver unos cuantos asuntos en el zoco, su tío le pidió que le acompañase a la zagüía o lugar de reunión de su cofradía de derviches.
Debía visitar a su maestro para pedirle consejo sobre un problema urgente. ‘Ibn Said le siguió por el laberinto de callejas, hasta llegar a un pequeño portón desvencijado. La sala interior estaba prácticamente vacía. Tan sólo un anciano, vestido con una reluciente túnica blanca, se recostaba sobre la alfombra, con el Corán abierto, enfrascado en algún tipo de recitación. El tío de ‘Ibn Said se acercó, inclinó la cabeza y se sentó respetuosamente junto a él. Luego comenzaron a hablar en voz baja —a pesar de que allí no había nadie más— e ‘Ibn Said pensó que debía retirarse un poco. Al fondo de la sala, una puerta conducía a un patio interior. ‘Ibn Said salió fuera y aspiró con deleite el perfume de los jazmines y el limonero. En los muros encalados, sobre los arriates de adelfas rojas y blancas, colgaban unas siete u ocho jaulas de madera, habitadas de pájaros cantarines. Cada uno era de distinto pelaje y tocaba una partitura diferente, pero el conjunto resultaba tan armonioso que bien parecía que hubiesen estado ensayando durante semanas.
El joven músico se sintió arrobado e incluso deseó haber traído su laúd para unirse a la orquesta. Pero, pasado el asombro, le asaltó la noción de que era un poco triste mantener en clausura a seres que Dios había creado para la libertad del vuelo. En ese instante, sintió que una mano se posaba sobre su hombro.
Se volvió: era un hombre joven, de unos treinta y cinco años, de tez cetrina y ojos penetrantes y juguetones. Parecía intensamente divertido por el desconcierto de ‘Ibn Said, pero su expresión era acogedora y cariñosa.
—“¿Te gustan los pájaros ?” dijo. ‘Ibn Said asintió. “Parece que están encerrados pero en realidad son libres: su dicha es cantar en esta zagüía. En cambio, aunque la mayoría de los hombres se creen libres, viven confinados en una prisión. ¿Quieres tú salir de ella?”
‘Ibn Said no entendía muy bien lo que podían significar aquellas palabras, pero le parecieron bastante pretenciosas. Su expresión de confundido despecho debió de resultar harto cómica, porque fue recibida con una estruendosa carcajada. Poco después llegó su tío y, tras saludar respetuosamente, besó la mano del hombre misterioso. Era el maestro.  
Diez años después de aquella curiosa mañana, ‘Ibn Said fue capturado en la batalla de Toledo. Era uno de los jefes de las tropas musulmanas, así que se le confinó en el castillo de un noble cristiano a la espera del rescate. Le trataron con dignidad: comía aceptablemente, sin tener que sufrir el cerdo, y la torre era infinitamente mejor que cualquier mazmorra subterránea. Su mayor tristeza era que, en la confusión de la derrota, se habían perdido algunos de sus enseres, incluyendo el laúd, que siempre llevaba consigo. Resignado, pues, a no producir música, tuvo que consolase con las melodía y sonidos de los pájaros. “¡Qué extraña, paradoja! —pensaba con frecuencia ‘Ibn Said— ahora soy yo quien vive en una jaula, mientras las aves gozan de libertad.”
Pasaron los meses y el rescate seguía sin aparecer. Se estaba aproximando el final del estío y la escarcha ya cubría el alba de los páramos. Pronto las golondrinas migrarían hacia las costas del Magreb, siguiendo su ruta magnética. Columbrarían el cuerpo esmaltado de los ríos, los pliegues y elevación de las cordilleras, el salpicado diagrama de los pueblos. Su camino, tal ves, les conduciría a Córdoba —y podrían ver los naranjos y los alminares y escuchar la voz de los muecines. Pero él continuaría en su prisión de atalaya.
!Si pudiese enviar con ellas su voz, un mensaje para su esposa y sus hijos! Era la más improbable de las esperanzas, pero ¿acaso había algo imposible para Dios? ¿No había trasmitido la abubilla los mensajes del Rey Salomón, el Profeta? Tras las plegarias y recitaciones nocturnas, rogó a Allah que las golondrinas que le habían acompañado en la torre trasmitiesen su amor en la ciudad lejana. Aquella noche tuvo un sueño.
Estaba asomado al ventanuco, contemplando la llanura, cuando escuchó un diálogo que parecía venir de muy cerca. Atónito, ‘Ibn Said miró a su alrededor en la medida en que se lo permitieron los límites del vano. Por fin, cayó en la cuenta de que las voces brotaban de las golondrinas del alero del torreón.
Conversaban acerca de su inminente marcha hacia el Sur y de las buenas condiciones en que dejaban el nido, al que retornarían la primavera siguiente.
—“¿Me entenderán como yo las entiendo a ellas?” se preguntó ‘Ibn Said.
—“Pósate en la ventana; quiero hablar contigo,” dijo en voz fuerte y nítida. Inmediatamente, uno de los pájaros descendió hasta el alféizar:
—“¿Qué quieres, prisionero?” “¿Sabes quién soy?”, preguntó ‘Ibn Said.
—“Has vivido en esa celda durante todo el verano. ¿Cómo no voy a saber quién eres?”, contestó la golondrina. “He oído que muy pronto partiréis hacia África”, añadió ‘Ibn Said, “y quiero pedirte un gran favor. ¿Podrías llevarle un mensaje a mi familia, que vive en la gran ciudad de Córdoba?” “ ¿Por qué no vienes con nosotros y les hablas tú mismo?” respondió el ave. “Pero ¿Cómo podría ir? No puedo salir de esta celda y, además, no soy un pájaro” —protestó el cautivo.
—“Simplemente, ven”.
En un instante, ‘Ibn Said se vio trasmutado en golondrina y comenzó a volar con las otras, en maravillosa formación. No era necesario realizar ningún esfuerzo consciente: el vuelo ocurría por sí sólo, como si las aves discurriesen por una órbita trazada en lo invisible.
Desde el cielo, el mundo aparecía enteramente distinto: lo que en tierra resultaba tan importante y premioso no era ahora más que un interminable álbum de miniaturas, cuya asombrosa belleza fluía como las aguas de un río.
En sólo unos minutos, la corriente les había llevado a Córdoba. ‘Ibn Said divisó el esbelto alminar de su barrio y, descendiendo por misteriosos pasadizos de aire, se posó en la azotea de la vieja casa familiar. Sorteando las ramas del olivo, buscó la entrada al patio y a las habitaciones. Todo estaba en silencio. Ni mujeres, ni niños alborotando el aire. Junto al aljibe, un hombre, envuelto en una chilaba blanca, hacía correr su rosario.
‘Ibn Said descendió hasta el brocal y le miró en el rostro. La barba y las arrugas no le impidieron reconocer al maestro de su tío, el misterioso habitante de la zagüía. El sufí volvió los ojos hacia el pájaro y, sonriendo, dijo:
—“ ‘Ibn Said, mi mano es la prisión del amor”.
La luz del alba despertó lentamente al prisionero. Los muros, la alta bóveda, le confesaron que aún se hallaba en la torre. Entristecido, se calzó sus sandalias y se sentó en la esquina del catre. “Acaso mi destino sea morir aquí,” pensó. “Una cárcel dentro de otra cárcel”. De una extraña manera, el sueño había iluminado el sentido de las palabras del maestro, diez años atrás, en el patio de la zagüía. Pero ahora era demasiado tarde. Los días siguientes transcurrieron en una dolorosa meditación e ‘Ibn Said apenas probó bocado. Ya no podía verse ninguna golondrina y era obvio que habían comenzado su migración de invierno. Los álamos, enrojecidos, desnudaban el soto y la llanura se empapaba de llovizna.
Una tarde, cinco días después del extraño sueño, mientras ‘Ibn Said dormitaba inclinado en la mesa, una golondrina apareció en el alféizar del ventanillo. El prisionero se frotó los ojos, sin poder darles crédito. ¿Cómo era posible que hubiera quedado atrás? Con un súbito arranque, el pájaro se introdujo en la celda y ascendió a la circunferencia de la lámpara.
Transcurridas varias horas, ‘Ibn Said intentó hacerla bajar, agitando los brazos, para obligarla a salir al exterior. Si se demoraba, podría perder definitivamente la ruta hacia el Sur. Más aún: moriría. Pero la golondrina permanecía impasible en su alcándara flotante. Esa misma noche se recibió el rescate exigido e ‘Ibn Said fue puesto en libertad. Al salir de la celda, el prisionero se volvió hacia lo alto y contempló por última vez a la golondrina. Como despidiéndose, el ave describió un largo giro bajo la bóveda y volvió a posarse en la anilla de hierro.
Tras un difícil viaje de retorno, ‘Ibn Said besó la tierra de Córdoba. Sus hijos habían cambiado, pero también él. Abandonando la música cortesana, empezó a tocar con los derviches y se convirtió en discípulo del maestro de su tío. Además del laúd, el sheij le encomendó el cuidado de los pájaros de la zagüía.
Cada tarde, ‘Ibn Said limpiaba sus jaulas y les daba de comer y beber, envuelto en la alegría de sus trinos. Mientras, en los aleros, las golondrinas danzaban al compás de aquella rara música.



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